Capítulo 1 El guardaespaldas
POV Cassandra
Creía que mi vida era un plano perfecto: líneas rectas, cimientos sólidos y un imperio corporativo que llevaba con orgullo mi propio apellido. Pero la arquitectura de mi mundo no era más que una sofisticada estafa. Mientras mi marido saqueaba mi legado a mis espaldas y me anulaba de forma metódica entre paredes de mármol frío, yo me iba convirtiendo en un fantasma elegante, diseñado para complacer.
Entonces apareció él. Kael. Una grieta deliciosa en mi rutina que prometía salvarme del abismo, para después revelarse como el verdugo más despiadado. Ahora me encuentro atrapada entre un hombre que me roba el alma cada día y otro que ha utilizado la seducción para destruirme. Pero la guerra acaba de comenzar. Si van a obligarme a arder, me aseguraré de que las llamas consuman absolutamente todo lo que ellos aman.
Esta es mi historia...
El peso del apellido Beltrán no se lleva sobre los hombros; se lleva atrancado en la garganta, como un nudo amargo que jamás me deja tragar.
Cruzo el umbral de la mansión y el eco sordo de mis propios tacones contra el suelo me devuelve una soledad aplastante que ni todo el lujo del mundo consigue camuflar. El aire dentro de esta casa siempre huele a cerrado, a decisiones tomadas por otros, a un encierro bañado en oro.
Santos está en el despacho. Por supuesto. Puedo oler la estela de su colonia cara y ese humo denso de tabaco de importación incluso antes de acercarme a la puerta. «Es el olor del éxito y del poder, Cassandra», suele repetirme con esa sonrisa autosuficiencia. Hoy, ese aroma solo me produce náuseas.
Me detengo un instante frente al gran espejo del recibidor. Las palabras de mi amiga Bea siguen retumbando en mi cabeza con un eco molesto: «Pareces mucho mayor de lo que eres, Cass. Te estás apagando». Repaso mi reflejo con frialdad: el traje de sastre gris plomo de corte recto, el cabello recogido en un moño tan tenso y pulido que me causa un dolor sordo en el cuero cabelludo, el maquillaje neutro que borra cualquier rastro de calidez en mis mejillas. Todo en mi aspecto grita respetabilidad corporativa. Todo en mí encarna a la perfección la figura de la mujer sumisa que Santos ha moldeado pacientemente durante dos décadas.
—Llegas tarde.
La voz de Santos emerge desde la penumbra del pasillo como un latigazo silencioso.
No hay gritos. Santos jamás alza la voz; no lo necesita. Su método de control es mucho más sutil y destructivo, parecido a un hilo de seda invisible que se va enroscando lentamente alrededor de tu cuello hasta que te olvidas de cómo era respirar por ti misma.
—Me entretuve un momento hablando con Bea al salir de la Constructora. Lo siento —respondo, odiando el leve tono de disculpa que se me cuela en la voz de forma automática.
Se acerca a mí con pasos pausados. Extiende la mano y deposita sus dedos en mi mejilla. Cualquiera que nos mirara desde fuera diría que es un gesto cariñoso de un esposo atento, pero yo solo puedo concentrarme en la frialdad metálica de su anillo de bodas presionando mi piel.
—Esa mujer es una distracción peligrosa, Cassandra. Tú no eres una cualquiera; eres la cara visible de la firma, mi representación —dice con esa suavidad calculada que hiela la sangre—. No quiero que te llene la cabeza con ideas absurdas sobre tratamientos de rejuvenecimiento ni cambios de imagen. Estás perfecta así. Mi perfecta y sumisa esposa.
Me planta un beso casto y distante en la frente. Ni una mirada directa a mis ojos, ni un solo roce cariñoso que baje de mi rostro. Nada. Solo la inspección de un coleccionista que comprueba que su pieza de porcelana sigue en el mismo estante.
—Espero que no se te haga costumbre retrasarte. Sabes perfectamente que detesto la falta de puntualidad.
—Lo siento. De verdad que no volverá a ocurrir —murmuro, conteniéndome en ese afecto enfermizo que aún le profeso, esa lealtad ciega que todavía no me permite ver el pozo de mierda en el que me encuentro metida.
Sin decir una sola palabra más, el implacable hombre de negocios da media vuelta y se retira a su despacho, dejándome sola en el recibidor. Como siempre.
Sintiéndome exactamente igual que un mueble de lujo que acaba de pasar una estricta inspección de calidad, salgo al jardín buscando un poco de aire limpio. Uso la excusa de ver a nuestra hija Mili, aunque sé perfectamente que a esta hora está en la planta superior, encerrada en su universo de juegos y niñeras. Necesito desesperadamente que la brisa nocturna me limpie de los pulmones el tufo a tabaco de Santos.
Y entonces lo veo.
A él... El chico que ha empezado a colarse en mis fantasías más oscuras.
Mi nuevo guardaespaldas. Kael.
POV Kael
La tengo a escasos dos pasos y el aire que nos separa vibra con una intensidad eléctrica que ella claramente no sabe cómo gestionar.
Me apoyo contra la carrocería del coche con una postura relajada, aparentando una calma que es pura fachada profesional, mientras mis ojos recorren despacio la línea descubierta de su cuello. Cassandra es un monumento viviente a la represión emocional; una obra maestra de la arquitectura humana que su marido ha decidido tapiar bajo toneladas de cemento gris.
—Señora —pronuncio con voz pausada.
Sé perfectamente cómo la golpea esa palabra. Sé que detesta la distancia infranqueable que impone ese título porque la obliga a recordar quién es, la posición que ocupa y, sobre todo, con qué clase de monstruo está casada.
Cuando me pide con un hilo de voz que no la llame así, detecto de inmediato el leve temblor en su tono. Es una grieta hermosa en su armadura de hielo, y a mí me apasiona encontrar grietas por las que colar el veneno.
—¿La hace sentir vieja? —lanzo el anzuelo, dibujando una sonrisa socarrona que apenas asoma en la comisura de mis labios. Sostengo su mirada sin pestañear, desafiándola a que se aparte, a que me ordene entrar, a que me despida o a que haga algo más que quedarse ahí parada, respirando de esa forma tan errática—. Yo nunca podría verla de esa manera, Cassandra.
Es la verdad, aunque solo represente una fracción de mis intenciones. Cassandra no está vieja; es un volcán en erupción dormido bajo una gruesa capa de hielo administrativo. Me permito la osadía de criticar abiertamente su vestimenta, de hacer una alusión directa a su cuerpo. Es un riesgo calculado. Veo cómo la mención de su anatomía le provoca un respingo automático, un parpadeo rápido que delata que el incendio del que hablo ya ha comenzado a lamerle las entrañas.
Cuando intenta defenderse mencionando a Santos, la mandíbula se me tensa por instinto. "Mi marido cree que estoy perfecta así". Esa frase es el triste epitafio de su libertad. Doy un paso al frente, invadiendo su espacio personal sin pedir permiso, hasta que el aroma de su perfume —algo caro, floral y elegante que desentona por completo con su actitud gélida— me llena los pulmones.
—Su marido no tiene ni la menor idea de lo que tiene entre las manos —le susurro muy cerca de la oreja, disfrutando de cómo su pulso se acelera en cuestión de segundos hasta volverse un galope desbocado en la base de su garganta—. Si usted fuera mía, no la escondería jamás bajo estas capas de gris.
"Si fuera mía". Las tres palabras quedan flotando en la humedad del jardín como una promesa peligrosa.
Ella cree que esto es solo un coqueteo prohibido, el desliz emocional e inofensivo de un guardaespaldas demasiado joven y atrevido. No tiene la menor idea de que cada frase seleccionada, cada acercamiento medido y cada roce forman parte de un plan diseñado para desmantelar, pieza por pieza, la estructura que la sostiene.
—Vete a descansar, Kael —me ordena con firmeza impostada, pero sus pies continúan clavados al césped, como si en el fondo suplicara que desobedeciera la orden.
—Como desee, señora.
Antes de dar media vuelta, dejo que las yemas de mis dedos rocen la piel tibia de su mano. Es un contacto eléctrico, breve, que parecería accidental para cualquiera que nos observara desde las ventanas de la mansión, pero destructivo para ella. Siento su calor y la forma en que sus dedos buscan instintivamente los míos antes de retraerse, asustada de su propia reacción.
Me alejo a paso lento hacia la penumbra del garaje, escuchando cómo exhala de golpe el aire que ha estado reteniendo en los pulmones. Cassandra Beltrán cree que está empezando a despertar a la vida y a la pasión. Lo que ni siquiera sospecha es que, para que yo consiga la venganza por la que he venido, su despertar debe convertirse en la ruina absoluta de todo lo que conoce. Santos la enterró en vida; yo solo estoy esperando el momento perfecto para encender la cerilla y verlos arder a los dos.
POV Cassandra
Cruzo el umbral de la casa con las piernas temblorosas y el pulso desbocado. Un sudor frío me cubre la espalda mientras subo a toda prisa las escaleras hacia la soledad de mi habitación, buscando refugio.
Me encierro en el baño y me meto bajo el chorro de agua helada de la ducha sin quitarme siquiera la ropa interior. Necesito apagar desesperadamente el fuego traicionero que abrasa mi piel. No puedo permitirme sentir este torbellino de sensaciones por un empleado, por un chico que no debería significar absolutamente nada en mi vida. Kael es una tentación oscura, una amenaza directa a la poca estabilidad que me queda, y debo mantenerlo alejado de mí antes de que sea demasiado tarde.
Me apoyo contra los azulejos fríos, tiritando bajo el agua, intentando calmar el ritmo desenfrenado de mi corazón. Es entonces cuando escucho el leve chasquido de la puerta del vestidor al abrirse.
Cierro el grifo de golpe, congelada.
Por encima del murmullo del agua que aún gotea sobre el plato de la ducha, la voz de Santos suena al otro lado de la mampara, baja y cargada de una frialdad que me hiela la sangre más que el agua helada:
—¿Te duchas con ropa, Cassandra? ¿O es que estás intentando lavarte el rastro del chico que acaba de tocarte en el jardín?
