Capítulo 2 El peso del silencio

POV Cassandra

El nombre de mi padre preside la sala de juntas como una cicatriz de bronce que Santos se empeña en reabrir cada vez que necesita hacer ostentación de su poder.

«César Beltrán. Fundador».

Las letras grabadas en la madera de nogal parecen juzgar el modo en que despliego mis planos sobre la mesa. El cristal de la superficie está helado; el frío me sube por las yemas de los dedos, atraviesa mis brazos y se instala en el pecho como un bloque de granito.

Este lugar fue mi refugio durante años. Aquí aprendí que la arquitectura no consiste únicamente en levantar muros de hormigón, sino en dar cobijo a la vida. Pero hoy, cada mirada esquiva de los miembros del consejo me confirma que no soy más que una intrusa en mi propia casa.

Santos ocupa la cabecera. Resulta irritante lo impecable que se ve. Su traje azul noche no muestra una sola arruga, como si hasta las leyes de la física le tuvieran miedo. Su voz es un bisturí: precisa, fría, diseñada para diseccionar mis proyectos sin que caiga una sola gota de sangre. Hubo un tiempo en el que esa aplastante seguridad me hacía sentir protegida; me enamoré del hombre que me prometió formar un equipo invencible. Ahora solo veo a un estratega despiadado que utiliza mis vulnerabilidades como munición.

—El proyecto del complejo financiero no admite vacilaciones ni sentimentalismos, Cassandra —suelta sin dignarse a mirarme. Mantiene la vista fija en la pared, justo por encima de mi hombro, como si yo fuera una mancha en la pintura que prefiere ignorar—. Necesitamos pragmatismo, no idealismo de otra época.

Siento un pinchazo amargo en el estómago. Me obligo a enderezar la espalda, aunque las costuras del traje de sastre —elegido por él para que yo "encaje en el molde"— me aprietan hasta dificultarme la respiración.

—No es idealismo, Santos —mi voz suena extrañamente firme, aunque por dentro me sienta hecha de puro cristal roto—. Es identidad corporativa. El diseño respeta la visión original de mi padre y cumple con creces cada parámetro técnico de sostenibilidad.

Él alza una mano. Un gesto mínimo, seco, que me corta la frase a la mitad. Ni siquiera gira la cabeza para mirarme. La humillación es una ola de calor sordo que me tiñe el cuello de rojo.

—Lo que hacía mi suegro hace veinte años es completamente irrelevante hoy —dice con una soberbia que arranca algunas risas complacientes entre los asociados. Siento como si le hubiera dado una bofetada a un muerto—. Marianela, danos tu enfoque.

El golpe es casi físico. Me pitan los oídos.

Marianela se endereza en su sitio. Está sentada a su derecha, en la silla que me corresponde a mí por derecho, demasiado cerca de él. Su juventud resulta insultante; esa piel que no conoce el insomnio y una eficiencia mecánica que me asfixia.

—Solo sugerí optimizar los costes —dice ella con una falsa modestia que me revuelve las entrañas—. Creemos que, eliminando las zonas verdes y el atrio central, el proyecto incrementa un doce por ciento su rentabilidad.

—Es una secretaria, Santos —logro decir, y esta vez el veneno de la traición acumulada se me escapa entre los dientes—. ¿Desde cuándo una simple asistente decide la estructura de un complejo de oficinas de treinta plantas?

Santos finalmente se gira y me clava la mirada. Sus ojos son dos canicas de vidrio opaco, sin rastro de la ternura de otros años.

—Sabe lo que la empresa necesita para no hundirse en la nostalgia, Cassandra. Ella tiene instinto para el negocio. Algo que tú, últimamente, has perdido entre tanto plano viejo.

El silencio que sigue a sus palabras es espeso, denso. Nadie menciona que esos planos me costaron semanas de vigilia mientras él llegaba de madrugada tras sus "cenas de trabajo". Nadie recuerda que soy la heredera mayoritaria, que legalmente el suelo que pisan es mío. En esta mesa, bajo el puño de Santos, solo soy "la esposa". Un accesorio elegante, pero molesto.

Al salir a la calle, el aire fresco de Madrid me golpea el rostro. El coche oficial aguarda junto a la acera con el motor en marcha.

Y allí está él. Kael.

Se separa del vehículo con una agilidad felina. Abre la puerta trasera manteniendo la postura recta, impecable, pero sin ese artificio acartonado que rodea a mi marido. Tiene una mirada que no se aparta, una intensidad que me hace sentir desprotegida, como si pudiera leer los restos de mi naufragio interior.

—Buenas tardes, señora Beltrán.

Ese "señora" me suena hoy a derrota absoluta. Me hundo en el asiento de cuero y apoyo la frente contra el cristal frío de la ventanilla. Una lágrima traicionera se me escapa por la mejilla.

—¿Un día difícil? —pregunta Kael desde el puesto de conducción. Su voz es grave, con una vibración cálida que parece llenar todo el habitáculo.

—No es asunto tuyo. Conduce —respondo, cubriéndome el rostro con la mano.

Pero no arranca de inmediato. Sus ojos buscan los míos a través del espejo retrovisor. Veo cómo se le tensa la mandíbula. Santos me mira como a un mueble viejo que ya no combina con la oficina. Kael me mira como si yo fuera lo único real en una ciudad gris.

—No me gusta verla así —suelta de pronto, rompiendo de golpe cualquier protocolo.

—No deberías decir eso, Kael —susurro, más como un ruego que como una orden.

—Mi trabajo es cuidarla. Y me temo que no solo de lo que hay fuera de este vehículo.

Me quedo helada. Siento que este hombre ve con claridad a la mujer que agoniza bajo el apellido Beltrán.

—Acelera —murmuro, mirando hacia las calles de la capital—. Mi familia me espera en casa.

—Sí, señora.

El coche avanza con suavidad, pero la tensión se queda dentro, sentada entre nosotros. Santos me espera en una mansión que huele a museo muerto, mientras que el hombre que conduce parece ser el único capaz de notar que me estoy rompiendo en pedazos.

Llegamos a la propiedad al anochecer. Me bajo del coche intentando recomponer la postura, evitando a toda costa la mirada penetrante de Kael antes de cruzar el umbral.

El silencio de la mansión esta vez es diferente, pesado y enrarecido. Camino hacia el piso superior para buscar a mi hija Mili, pero al pasar frente a la puerta entreabierta del despacho privado de Santos, percibo el inconfundible aroma de su tabaco importado... mezclado con el perfume dulce y juvenil de Marianela.

Me detengo en seco. El aire se me congela en los pulmones.

Me acerco un paso sin hacer ruido y miro por la rendija. Marianela está de pie junto a la gran mesa de caoba, ajustándose la chaqueta del traje, mientras Santos desliza tranquilamente un sobre de papel Manila en su bolso.

—Las firmas de la transferencia a la cuenta de Panamá ya están listas, Santos —dice ella con voz baja y pausada—. Si Cassandra no revisa la auditoría del trimestre antes del viernes, la masa patrimonial de la constructora quedará totalmente a tu nombre.

—Cassandra no va a revisar nada —responde Santos con una frialdad espeluznante, dando un trago a su vaso de whisky—. No ve más allá de lo que yo le permito ver. Mañana la mantendremos entretenida con los planos del atrio.

Me pego a la pared del pasillo con el corazón latiéndome desbocado en los oídos. La bofetada en la sala de juntas no era solo un ataque a mi orgullo. Mi marido no solo me está anulando; me está robando el legado de mi padre en mis narices con la ayuda de su asistente.

Doy un paso atrás y, al girarme en la penumbra del pasillo, tropiezo contra una figura alta que aguarda en silencio a mi espalda.

Kael sostiene mi brazo con firmeza antes de que pueda caer, con la mirada fija en la puerta del despacho.

—Se lo dije, señora —susurra en mi oído, con una voz helada que me eriza la piel—. Su verdadero enemigo duerme en su misma cama. Y ha llegado la hora de que decida de qué lado va a luchar.

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