Capítulo 3 Invisible
POV Cassandra
El tintineo repetitivo de la cucharilla contra la porcelana se me clava en los oídos como una alarma sorda. Es un sonido molesto, estúpido, pero lo prefiero mil veces antes que levantar la vista y encontrarme de frente con la lástima mal disimulada en los ojos de Bea.
Estamos en nuestra cafetería de siempre. Ese rincón exclusivo donde el lujo es tan denso que el aire parece pesar más de la cuenta, y donde la música ambiental de fondo sirve para camuflar las grietas de vidas que, desde fuera, parecen sacadas de un catálogo de alta sociedad. Hoy, ni el mejor reserva de la carta logra limpiarme el amargo sabor a ceniza que me dejó la reunión con la junta directiva y los planes de Santos y Marianela a mis espaldas.
—Me siento invisible, Bea —suelto al fin. El aire sale de mis pulmones con un silbido de pura derrota—. Y aun así… cuando llegamos a casa y Santos me rodea la cintura con el brazo, cuando me dice en voz baja que confía en mí y que soy su pilar… vuelvo a caer. Es patético. Necesito esa mísera migaja de afecto para no terminar de desmoronarme frente al espejo.
Bea niega con la cabeza, despacio. Mueve su copa con una lentitud que me altera los nervios. Ella no vive en mi cárcel; por eso le resulta tan fácil juzgar la solidez de mis barrotes.
—Cass, eso no es amor. Se llama gestión de daños —espeta con dureza—. Es control del más puro y del más rancio. Y bastante tóxico, por cierto.
—No lo entiendes —le replico, odiando notar cómo mi voz se agudiza en un intento desesperado por convencerme a mí misma—. Él me quiere. A su manera, pero sé que me quiere. Se enfrentó a mi padre en su momento y siempre ha estado pendiente de mí y de nuestra hija.
—Y ahora te apaga las luces delante de todo el mundo para que nadie más vuelva a verte —dice, dejando la copa sobre la mesa con un golpe seco que hace vibrar el cristal—. Te está dejando seca, Cass. Deberías mandarlo a la mierda y abandonarlo con efecto inmediato.
Me quedo en silencio. La distancia entre las dos en esta mesa no es tranquila; es un peso físico que me hunde los hombros. En ese rincón oscuro de mi mente que me empeño en mantener bajo llave, sé perfectamente que Bea tiene toda la razón. Pero me siento incapaz de soltar la mano del único hombre al que he amado.
—Son muchos años, Bea —insisto, buscando excusas en el fondo de mi taza como si fuera a encontrar una solución mágica a mi matrimonio—. Es normal que en la empresa quiera escuchar propuestas más novedosas. El mercado es agresivo, la arquitectura ha cambiado y quizás yo…
—¿De verdad te estás llamando a ti misma vieja? —Bea arquea una ceja, incrédula.
—No es eso. Pero ya no tengo veinte años. Tengo ojeras que ni el mejor corrector tapa y una responsabilidad encima que me agota.
—Tienes cuarenta años, Cass. Estás en tu mejor momento, pero pareces una mujer de sesenta con ese traje gris insípido y ese moño tirante que parece que te va a hacer estallar el cráneo. Ese gesto de cansancio eterno no es por la edad; es por el parásito que tienes al lado. Te está consumiendo viva y lo peor es que tú se lo permites. Tienes que dejarlo ya.
Bea es mi mejor amiga desde el instituto y conoce a Santos mejor que nadie. Ella y él fueron novios por aquella época. No le guarda buenos sentimientos, la verdad. No creo que esté siendo objetiva con todo esto.
—Santos dice que debo conservar una imagen institucional intachable —respondo, y me escucho a mí misma como si fuera un contestador automático programado—. Soy la cara visible de la constructora. No puedo ir por ahí pareciendo una…
—¿Una mujer viva? —me interrumpe sin piedad—. Porque eso es exactamente lo que te falta: sangre, ganas, fuego. Ese hombre te ha convencido de que eres un adorno corporativo. Y querida... viéndote así, claramente lo pareces.
—Él es un buen hombre, Bea —mi voz suena casi estridente ahora, dolida—. Es un padre presente para Mili, un profesional que se pasa el día entero trabajando, preocupado por que todo marche bien.
Prefiero no hacerle caso a lo que escuché en el despacho de la mansión. Santos sería incapaz de traicionarme.
Bea se inclina hacia adelante. El espacio entre nosotras se reduce drásticamente y su mirada se vuelve un bisturí que no puedo esquivar.
—¿Y te folla, Cass? ¿Te hace sentir que tu cuerpo es algo más que un perchero para colgar ropa cara?
El calor me sube a las mejillas con la violencia de un incendio descontrolado. Noto un rubor traicionero manchándome el cuello. Esquivo su mirada y agarro su copa de gin-tonic con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos. Le doy un trago largo, sintiendo cómo el alcohol me quema la garganta, aunque el ardor no escuece tanto como la pregunta. No recuerdo la última vez que Santos me miró con verdadero hambre. Me mira como quien contempla un coche recién encerado en el garaje, pero no me desea.
—No hace falta que me contestes —suspira Bea—. Tu cara lo ha dicho todo.
Pasamos el resto de la tarde entre confesiones a medias. Cambié el té helado por varias copas bien servidas de ginebra inglesa. Por un momento, entre las risas ácidas de mi amiga, me olvido de la sombra de Marianela, de los planos que Santos me pisoteó y de la helada soledad de mi cama.
Hasta que mi teléfono vibra sobre el mantel blanco. Un espasmo seco que rompe la magia.
«Regresa a casa de inmediato. Te necesito aquí».
No hay un «por favor». No hay un «cuando puedas». Es una orden militar envuelta en papel de regalo.
—Me tengo que ir —digo, levantándome de golpe mientras busco el bolso con manos torpes.
—¿Ya? Ni siquiera hemos pedido la tercera ronda —se queja Bea.
—Santos me necesita. Dice que es algo urgente.
—Te tiene exactamente como quiere... En fin, tú sabrás.
Salgo de la cafetería casi huyendo, como si el aire fresco de la calle pudiera limpiarme la culpa de haber hablado de más. El coche oficial aguarda junto a la acera, negro, impecable y hermético como una sombra que me persigue a donde voy.
Y como siempre, allí está Kael.
Permanece de pie junto a la puerta trasera abierta, con esa postura erguida y relajada que me irrita y me fascina a partes iguales. Cuando nuestras miradas se cruzan, siento un vuelco violento en el estómago. Él no me mira con la lástima mal disimulada de Bea, ni con la indiferencia utilitaria de Santos.
Me observa como si supiera con exactitud de qué clase de asfixia vengo huyendo. Como si pudiera oler la desesperación bajo mi perfume caro.
—A la mansión, Kael —le digo, intentando impostar una autoridad que he perdido hace horas—. Y rápido. El señor me espera.
Él asiente en silencio. Pero antes de cerrar la puerta, sus ojos se clavan en los míos un segundo más de lo permitido. Un segundo donde el protocolo se rompe en mil pedazos y donde el alcohol que me quema la sangre empieza a hacer de las suyas.
—Por favor… —la súplica se me escapa de los labios antes de que pueda frenarla.
Kael se inclina despacio hacia el interior del vehículo para alcanzar el cinturón de seguridad. Su rostro queda a escasos centímetros del mío; puedo sentir el calor de su respiración y su colonia con notas de madera y cuero invadiendo todo mi espacio.
—No se preocupe, Cassandra —susurra muy cerca de mis labios, rozando apenas la tela de mi vestido mientras abrocha el anclaje—. Conmigo jamás volverá a ser invisible.
Me regala una de esas miradas oscuras capaces de derretir el mismo infierno y cierra la puerta. Mientras el coche arranca a toda velocidad, me pego al asiento con el corazón desbocado. Ya no me siento invisible; me siento brutalmente deseada. Y en este momento de mi vida, esa es la amenaza más peligrosa que podría haberme cruzado.
