Capítulo 4 Las ruinas del amor
POV Cassandra
Cruzo el umbral de mi casa y el aire se detiene de golpe en mis pulmones.
Santos está en el vestíbulo. Lo detecto antes de que él advierta mi presencia. Camina de un lado a otro con la camisa desabrochada, el cabello revuelto y una copa vacía en la mano. Puedo oler su furia desde la entrada, mezclada con ese tufo a alcohol caro que se ha convertido en el perfume oficial de mis peores noches. Sus ojos, inyectados en sangre, se clavan en mí en cuanto el pesado portón de roble se cierra a mis espaldas.
—¡Cassandra! —Su grito no es una llamada; es un latigazo seco que retumba en el mármol. ¿Dónde cojones has estado?
Doy un paso atrás por puro instinto de supervivencia. Intento mantener la barbilla alta, aunque por dentro me esté desmoronando como un castillo de naipes bajo un vendaval. Siento cada músculo de mi cuerpo tensarse, esperando el impacto inevitable.
—He estado tomando algo con Bea al salir de la firma —respondo, luchando para que la voz no me flaquee. Me niego a ser la primera en parpadear.
—¿Con Bea? ¿Otra vez esa mujer? —Su risa es un ladrido seco, cargado de un veneno insoportable. Avanza hacia mí invadiendo mi espacio, asfixiándome con su sola presencia—. ¿Tan poca cosa eres que necesitas a una solterona resentida para sentirte alguien?
Antes de que pueda procesar el insulto, sus manos se cierran sobre mis brazos. No es un abrazo. Sus dedos son tenazas de hierro que se hunden en mi piel, buscando el hueso. Me sacude con una violencia súbita que me corta la respiración.
—Una mujer decente vuelve a su casa en cuanto termina su jornada. ¡Tienes una hija arriba! —me escupe las palabras a escasos centímetros del rostro, golpeándome los sentidos con su aliento rancio—. ¿O es que ya se te olvidó que eres madre, Cassandra? ¿O es que tu egoísmo ya no tiene ningún límite?
—Santos, suéltame... me estás haciendo daño —susurro. Mi voz sale rota, pequeña, reducida a la nada.
Intento zafarme, pero su agarre se intensifica con rabia. El pánico empieza a subir por mi garganta como hiel amarga.
De repente, la atmósfera del recibidor cambia. Una presencia altera por completo la gravedad de la estancia. Kael emerge desde la penumbra del pasillo, moviéndose con una agilidad silenciosa y precisa. No se queda en la periferia; se planta a nuestro lado como una barrera infranqueable.
—Señor Beltrán, suéltela —la voz de Kael suena baja, gélida, cargada de una amenaza tan contenida que me eriza el vello de la nuca.
No es una petición. Es una orden.
Puedo ver el perfil de Kael. Tiene la mandíbula tan apretada que los músculos parecen a punto de estallar. Sus puños se cierran a los costados con los nudillos completamente blancos. Hay una furia sorda en él, la impotencia destructiva de un hombre que tiene prohibido triturar al monstruo que me está demoliendo solo porque es quien le paga el sueldo. Es un duelo invisible en mitad del vestíbulo: el deber contra el instinto.
—¡Tú no te metas, Kael! —ruge Santos, girando la cabeza hacia él sin soltarme, como un animal rabioso que protege una presa podrida—. ¡Esto es un asunto exclusivo entre mi esposa y yo! ¡Vuelve a tu puesto exterior y cierra la puta boca!
—Solo estaba tomando una copa con Bea, Santos —logro decir, con el pecho agitado. Las lágrimas me escuecen en las pestañas, pero me niego en redondo a que me vea llorar. No voy a regalarle ese triunfo—. No he hecho nada malo.
—¿Nada malo? —Santos me suelta con un empujón tan brusco que tropiezo hacia atrás. Se detiene a medio metro y me recorre de arriba abajo. Su mirada es un escalpelo diseñado para desollarme viva—. ¡Mírate! Estás marchita, Cassandra. Estás gorda, vieja y acabada. No esperes que te trate como a una reina cuando ya no eres más que un estorbo insoportable en mis reuniones.
El golpe de sus palabras me duele mil veces más que la presión de sus manos. Siento cómo la sangre abandona violentamente mis mejillas. Me hago pequeña, intentando volverme invisible bajo su escrutinio de verdugo. Me miro las manos, me toco el rostro, preguntándome si el espejo me ha estado mintiendo todos estos años.
—Deberías besar el suelo por el que piso solo por seguir casado contigo —continúa, alimentándose vilmente de mi silencio—. Cada vez que te miro solo veo arrugas y decadencia. ¿Quién demonios va a querer a una mujer como tú si te dejo? Estás muerta por dentro, Cassandra. Acéptalo de una vez.
Su risa áspera, borracha de poder, es el sonido más aterrador que he escuchado en mi vida. Me siento desnuda y humillada frente al hombre que me custodia, el único testigo de mi demolición pieza a pieza.
—Ya basta, señor —Kael da un paso al frente. Esta vez rompe cualquier distancia de seguridad y se interpone físicamente entre los dos, bloqueándole la visión a mi marido.
La espalda de Kael es ancha, un escudo firme de carne y hueso. En esta casa, él es el único que parece recordar que soy un ser humano.
—Este no es el camino. Váyase al despacho antes de que diga algo de lo que no pueda volver —la voz de Kael vibra con un peligro volcánico.
—¿Arrepentirme? —Santos se tambalea, rodeando a Kael para volver a señalarme con un dedo tembloroso—. ¡Si tú quieres metérsela, Kael, adelante! Quédatela toda para ti. Pero ten cuidado, que está seca... ya no sirve para nada.
—¡SANTOS, PARA YA! —El grito me sale del fondo del alma, desgarrado, queriendo romper el techo.
El silencio que sigue es sepulcral. Se nos mete por los poros, asfixiándonos a los tres. Santos se queda ahí, jadeando, con una satisfacción enferma brillar en sus ojos. Ha ganado. Ha conseguido que vuelva a sentirme nada. ¿En qué momento el hombre del que me enamoré se convirtió en este monstruo?
Kael permanece rígido. No puedo verle el rostro desde mi posición, pero noto cómo sus puños se abren y se cierran, un tic de violencia salvaje contenida que me corta el aliento. Santos suelta una última risita burlona, da media vuelta y camina hacia el despacho. El portazo al cerrarse suena como el mazo de un juez dictando sentencia sobre mi vida.
Me quedo en el centro del recibidor, temblando, con la mirada perdida en el suelo. «Vieja», «acabada», «seca». Las palabras rebotan en mi mente como una tortura constante.
Levanto despacio la cabeza y me encuentro de lleno con los ojos de Kael. Ya no queda ni un solo rastro de la frialdad del guardaespaldas profesional. Hay una chispa de dolor salvaje y de algo peligrosamente oscuro que me hace estremecer.
Da un paso lento hacia mí. Rompe los metros que nos separan hasta quedar a tan solo un palmo de mi cuerpo. Me mira el cuello marcado por los dedos de Santos y, por primera vez, alza la mano sin pedir permiso.
Sus dedos, cálidos y firmes, se posan sobre el lugar donde la piel me arde.
—Dígame que me da la orden, Cassandra —susurra Kael con una voz rasposa que me eriza cada poro de la piel, mientras su pulgar acaricia la línea de mi mandíbula—. Pídame que entre en ese despacho y lo destruya. Pídamelo ahora y le juro por mi vida que no volverá a tocarla jamás.
