Capítulo 5 La arquitecta de mi anhelo

POV Kael

Mi trabajo consiste en ser un fantasma vestido con un traje de mil euros. Soy un muro de carne y hueso diseñado para observarlo todo sin parpadear; un profesional adiestrado para proteger cuerpos mientras presencio, en primera fila, cómo se desangran las almas.

Desde el primer día que puse un pie en la propiedad de los Beltrán, mi mirada quedó anclada en ella. No fue una decisión consciente; simplemente no tuve alternativa. Cassandra era mi objetivo. Pero no me fijé en la mujer que el mundo venera —la arquitecta de prestigio, la heredera de un imperio corporativo—, sino en la mujer invisible que se marchita un milímetro cada vez que su marido respira en la misma habitación.

La observo a través del espejo retrovisor con una atención que roza lo enfermizo. Noto cómo ensaya una sonrisa de cortesía antes de bajar del vehículo, cómo se ajusta compulsivamente ese traje gris que le roba la luz, como si intentara pedir perdón por el mero hecho de ocupar espacio. Me quema la sangre. Ella no lo sabe, pero cada vez que me acerco para abrirle la puerta, el aire dentro del coche se vuelve denso, cargado de una electricidad peligrosa. Siento un anhelo que sabe a veneno... La tentación salvaje de agarrarla por los hombros, sacudirla hasta que despierte y gritarle que es puro fuego. Que cada una de esas líneas que ella llama "arrugas" y que el imbécil de su marido desprecia, para mí son los rasgos de una mujer a la que él no tiene la capacidad de comprender, y mucho menos de merecer.

Pero lo que me retuerce las entrañas con un celo primitivo no es el hecho de que Santos la toque. Es que ella todavía busca sus ojos. Es que ella, contra toda lógica y supervivencia, cree que lo ama.

Esta mañana, en la sede de la constructora, me quedé apostado junto a la puerta de la sala de juntas. No estaba cerrada del todo. Escuché perfectamente cómo Santos le arrebataba la voz para regalársela a Marianela. Ese era el plan, la estrategia limpia, pero eso no significa que fuera menos doloroso presenciarlo. Escuché el silencio sepulcral de Cassandra. Un silencio que ella confunde con elegancia institucional, pero que yo reconozco de inmediato como una rendición a cámara lenta.

Cuando salió de la reunión, llevaba los ojos nublados, como quien camina hacia su propio entierro. Tuve que clavar las uñas en las palmas de mis manos hasta hacerme sangre para no estrecharla contra mi pecho allí mismo, a la vista de todos. Quise mandarlo todo al diablo, olvidarme de la verdadera razón que me ha traído hasta esta maldita familia... Subirla al coche y no parar de conducir hasta que el apellido Beltrán fuera solo un eco borroso en el mapa.

Luego, en el coche, cuando me soltó aquel "no es asunto tuyo", sentí que me faltaba el aire. Todo lo que te duele es asunto mío, Cassandra, pensé. Cada lágrima que te tragas es un impacto que recibo en mitad del pecho. Pero mis labios, educados en el protocolo y el cinismo, solo articularon un gélido: "Sí, señora".

Supe que la noche se transformaría en un infierno en cuanto aparcamos en la mansión tras su tarde de copas con Bea. El tufo a whisky caro y a poder podrido impregnaba el recibidor antes incluso de que Santos hiciera acto de presencia. Estaba fuera de control. El alcohol no lo convierte en alguien valiente; solo saca a la luz lo pequeño, vil y cruel que es en realidad.

Verlo ponerle las manos encima fue como recibir una descarga de mil voltios en la base del cráneo. Mis músculos se tensaron al límite del desgarro. Verla así, encogida, indefensa bajo las garras de un tipo que ni siquiera sabe cómo sostener a una mujer... Me costó cada gramo de mi entrenamiento no cruzar el vestíbulo y triturarle la mandíbula de un solo puñetazo.

Me interpuse. Fui un bloque de granito entre su odio y la fragilidad de ella.

—Señor Beltrán, suéltela —dije. Mi voz salió plana, sepulcral, pero por dentro era un volcán a punto de erupcionar.

Escuchar a ese miserable escupirle que está marchita, que es vieja, que no sirve para nada... Dios, sentí unas ganas enfermas de reír y de matar al mismo tiempo. ¿Cómo puede estar tan ciega? Cassandra es perfecta en su madurez; posee una belleza magnética que hombres como Santos jamás alcanzarán a procesar. Él solo sabe dónde golpear porque sabe exactamente que ella se cree sus mentiras. La ha convencido de que no es más que un adorno desgastado.

Pero el insulto final fue lo que terminó de romperme por dentro.

"Si quieres metérsela, adelante... pero ten cuidado, que está seca".

En ese instante, la furia se mezcló con una agonía insoportable. Quise rugirle que yo la desearía aunque el mundo se estuviera reduciendo a cenizas. Que entregaría diez años de mi vida por una sola de sus miradas cargada de deseo, no de pánico. Que para mí ella es el puto paraíso y él solo un parásito que está quemando el bosque.

Sin embargo, ella no me buscó a mí. Su grito fue para él: "¡Santos, para!".

Aun humillada, aun hecha pedazos, su prioridad seguía siendo amortiguar el golpe de su verdugo. Sus ojos buscaban una rendija de piedad en el hombre que acababa de desollarla viva, no mi mano tendida en la sombra.

Santos suelta una última risa borracha y se encierra en su despacho. El impacto de la puerta retumba en el mármol, dejando un silencio asfixiante.

Y entonces me quedo a un paso de ella. Cassandra tiembla en mitad de la penumbra, ahogándose en sus propias lágrimas. La odio un poco en este momento. La odio por seguir encadenada al hombre que la está destruyendo. Y me odio a mí mismo por saber que, si esta noche me pidiera que la ayudara a hacer desaparecer el cuerpo de Santos, lo haría sin pestañear, solo por verla respirar sin miedo una sola vez.

Aunque la realidad es mucho más oscura. La verdadera razón por la que acepté estar aquí me quema en las entrañas, recordándome que yo también me he convertido en un prisionero de esta historia.

Muevo los dedos. Rompo la distancia de seguridad que nos separa hasta quedar a un palmo de su cuerpo fracturado. Observo la marca roja de los dedos de Santos en su cuello y alzo la mano. La rozó. Mi pulgar acaricia la línea de su mandíbula y siento cómo se le corta la respiración.

—Dígame que me dé la orden, Cassandra —le susurro, dejando que la sombra del hombre que realmente soy se filtre por mi voz—. Pídame que entre en ese despacho y lo destruya. Pídamelo ahora y le juro por mi vida que no volverá a tocarla jamás.

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