Capítulo 6 La sombra de la heredera
POV Santos
El mundo entero cree que soy un bastardo. Tienen toda la razón. Pero lo que nadie sospecha —lo que Cassandra, en su infinita, ingenua y desesperante bondad, jamás alcanzará a ver— es que cada insulto, cada desprecio y cada cadena invisible que le ato al cuello es mi único método de supervivencia.
No la desprecio a ella; desprecio de forma visceral lo que ella me recuerda que soy: un invitado de lujo en una vida que jamás me ha pertenecido. Vivo de prestado en una mansión que apesta a su linaje, respiro un aire barnizado con el apellido de su padre y firmo contratos multimillonarios en un despacho cuyo sillón de piel siempre me ha quedado grande.
La veo ahora desde la puerta, rota en mitad del vestíbulo tras nuestra última discusión, y me muerde una culpa rabiosa que solo el whisky de malta logra anestesiar por unas horas. Llevo veinte años condenado a ser "el esposo de la heredera". Cada vez que entro en esa sala de juntas y mis ojos chocan con el nombre de mi suegro, César Beltrán, grabado en letras de bronce sobre la madera de nogal, siento un nudo en la garganta que me asfixia hasta la náusea. He levantado esta empresa desde el fango de las deudas; he sudado sangre en negociaciones con las que César ni siquiera soñó, pero para los accionistas y para la rancia aristocracia de esta ciudad, sigo siendo el tipo astuto que supo meterse en la cama de la heredera.
Por eso la he humillado hoy delante de todos. No porque su diseño fuera malo. Al contrario: era brillante, perfecto, innovador... la maldita joya de la corona del Complejo Financiero. Y eso es exactamente lo que mi ego no puede soportar. Odio que sea tan Beltrán. Odio que su talento brille con una intensidad tan pura que eclipse mis esfuerzos por ser algo más que un simple administrador. Necesitaba que sintiera la presencia de Marianela. Necesitaba que entendiera que cualquier secretaria dispuesta a obedecer puede resultarme mil veces más "rentable" y necesaria que ella.
Marianela no es más que mi válvula de escape. No se trata de su cuerpo, ni siquiera de su juventud; se trata de que, cuando me mira, no ve al yerno de César Beltrán. Con ella, por primera vez en décadas, no soy el segundo plato de nadie. Con ella soy el arquitecto de mi propio destino, aunque sea un destino construido sobre mentiras corporativas y polvos rápidos en hoteles de paso.
Cuando Cassandra regresó de su tarde con Bea, el alcohol ya me nublaba el juicio, pero la furia que me quemaba por dentro no era por la hora. Era pánico. Pánico puro y duro. Bea es un veneno letal; ella y yo tuvimos nuestro propio capítulo en el pasado, una mancha que Cassandra ignora, y ahora esa mujer pretende que mi esposa "abra los ojos". Quiere que se dé cuenta de que a sus cuarenta años todavía conserva el poder de incendiar una habitación con solo poner un pie en ella.
¿Y si lo hace? ¿Y si Cassandra se mira al espejo sin el filtro de mis desprecios y ve a la mujer deslumbrante que llevo años intentando ocultar bajo esos trajes de sastre grises de monja?
Mi estrategia es tan sencilla como despiadada: si se siente una piltrafa, si cree que su belleza ha caducado y que su intelecto es prescindible, jamás se irá de mi lado. Se quedará aquí, conmigo, en nuestra jaula de oro, convencida de que ningún otro hombre querría cargar con sus restos. Es la única forma de garantizar que no me abandone y me deje a la intemperie en este palacio de sombras.
—¡¿Dónde cojones has estado toda la tarde?! —le he gritado en mitad del recibidor, pero mis cuerdas vocales querían articular algo completamente distinto.
En realidad, deseaba hincarme de rodillas y suplicarle: «No me dejes solo en esta casa que todavía huele a tu padre, no me obligues a enfrentarme al vacío de volver a ser un don nadie». Pero mis manos, torpes y posesivas, solo han sabido sacudirla. Cuando sus ojos se han llenado de lágrimas, el hombre que una vez fui —el que la amó antes de que la ambición me pudriera por dentro— ha querido pedirle perdón. Ha querido estrecharla en un abrazo y recordarle que es lo más grande que me ha pasado.
Pero entonces lo he visto a él.
Kael. Ese maldito guardaespaldas que parece una sombra pegada a sus talones.
Lo veo mirarla con una intensidad que intenta camuflar en vano tras su uniforme y su profesionalidad de cartón. Él sí la ve. Él nota el fuego sagrado que yo me paso el día intentando apagar a cubos de hielo y desprecio. Cuando se ha interpuesto entre los dos, mi primer instinto ha sido triturarle la cara a puñetazos. No por insubordinación, sino por la envidia podrida que me ha dado ver que él tiene el valor de protegerla, mientras que yo solo tengo el coraje cobarde de destruirla para que no se me escape. Me hierve la sangre al adivinar que sus ojos recorren el cuerpo de mi mujer, que imagina lo que hay bajo la seda gris mientras yo me esfuerzo por convencerla de que ya no queda nada digno de ser mirado.
—¡Si tu intención es metérsela... que sepas que está seca! —he soltado con una sonrisa retorcida.
Ha sido la mentira más asquerosa de mi vida. Me ha producido náuseas escuchar mi propia voz formulando esa frase. Cassandra no está seca; es un manantial desbordante que he decidido clausurar para que nadie más vuelva a beber de él. Necesito que se sienta indeseable. La he llamado vieja. Me he reído de sus arrugas inexistentes frente a ese muchacho, intentando marcar mi territorio como un perro rabioso, mientras mi propio pecho se hacía pedazos. Porque la verdad —la puta verdad que me llevaré a la tumba— es que sin ella no soy absolutamente nada.
Soy un fraude con un traje a medida ocupando una oficina que no gané. Soy el parásito que se alimenta de la sangre de su apellido. Si Cassandra abre los ojos y se va, el imperio Beltrán se desmoronará sobre mi cabeza y yo volveré a ser el muerto de hambre que empezó desde abajo. Por eso estoy desviando los fondos. Por eso la sociedad pantalla en Panamá está recibiendo cada céntimo que puedo rapiñar de la constructora. Es mi paracaídas. Si decide que ya ha tenido suficiente de mi veneno, al menos me llevaré el botín de guerra.
La miro una última vez antes de retirarme. La he vuelto a romper. Un día más en el que es solo mía, porque se ha convencido de que nadie más querría lo que yo he destrozado con tanta saña. Me odio a un nivel tan enfermo que necesito servirme otra copa, solo para olvidar que el hombre al que Cassandra todavía mira a veces con devoción es, en realidad, el arquitecto de su propia ruina.
Camino hasta la barra del despacho, sirvo el whisky y escucho el chocar del hielo contra el cristal. Pero al alzar la vista hacia la pantalla del monitor de seguridad que conecta con las cámaras del vestíbulo, el vaso se me congela en la mano.
En la pantalla, en mitad de la penumbra del recibidor, Kael rompe la distancia de seguridad. Su mano se alza. Sus dedos recorren la mandíbula de Cassandra con una devoción que no deja espacio a la duda.
Siento que la sangre se me vuelve veneno puro en las venas. La guerra por el imperio Beltrán acaba de dejar de ser una cuestión de dinero.
