Capítulo 2 Cicatrices que Mienten
El amanecer tiñó el bosque de un rojo sangriento, como si el cielo mismo supiera lo que acababa de ocurrir. Elara sostenía a Darius mientras regresaban tambaleándose a la aldea de los Shadowfang. La herida en el flanco de él se había cerrado casi por completo, pero la sangre seca manchaba su piel y la de ella. Sus cuerpos desnudos después del cambio brillaban con sudor y restos de la batalla. El olor a hierro y adrenalina aún flotaba entre ellos.
—No deberías haberte metido —gruñó Darius, pero su mano apretaba la cintura de Elara con posesión, no con rechazo. Cada paso le arrancaba una mueca de dolor que intentaba ocultar.
—Y tú no deberías jugar al héroe solo —replicó ella, con la voz ronca por el cambio y las lágrimas contenidas—. Casi te matan. Si no hubiera estado allí...
Se detuvieron junto a un arroyo para lavarse. El agua helada mordía la piel como dientes enemigos. Elara pasó las manos por el torso de Darius, limpiando la sangre con reverencia. Sus dedos trazaron la nueva cicatriz que se formaba, rosada y furiosa. Debajo de ella latía el corazón que ella amaba más que el suyo propio.
—Mírame —susurró Darius, levantándole la barbilla con dos dedos. Sus ojos ámbar, aún con rastros del lobo, se clavaron en los de ella—. No voy a morir. No mientras tú estés a mi lado. Eres mi fuerza, Elara. Mi puta debilidad y mi mayor poder al mismo tiempo.
Las palabras crudas la golpearon como un latigazo de placer y dolor. Nadie más le hablaba así. En la manada, era la adoptada, la que tenía que probar su valía cada luna llena. Pero con él, era deseada. Necesaria.
—Lo daría todo por ti —confesó ella, presionando su frente contra el pecho de él. El agua corría entre sus cuerpos, llevándose la evidencia de la pelea pero no el peso en su alma—. Mi sangre, mi loba, mi vida. Dime qué necesitas y lo haré.
Darius la besó entonces, profundo y salvaje, empujándola contra una roca húmeda. Sus manos bajaron por la espalda de ella, clavándose en sus caderas con fuerza suficiente para dejar moretones. Elara jadeó contra su boca, respondiendo con la misma hambre. El frío del arroyo contrastaba con el fuego que ardía entre sus piernas. Él la levantó sin esfuerzo, entrando en ella con un solo movimiento brusco que la hizo gritar de placer y dolor mezclado.
—Darius... —gimió ella, clavando las uñas en sus hombros mientras se movían juntos, desesperados, como si el bosque pudiera tragárselos en cualquier momento.
—Eres mía —gruñó él contra su cuello, mordiendo la marca que le había dejado la noche anterior—. Solo mía. Recuérdalo cuando las voces de la manada intenten envenenarte.
El clímax los golpeó casi al mismo tiempo, crudo y liberador. Se quedaron unidos un largo rato, respiraciones agitadas, cuerpos temblando. Cuando finalmente se separaron, Darius la miró con algo que parecía vulnerabilidad. Pero Elara estaba demasiado ebria de él para notar la sombra.
De vuelta en la aldea, las cabañas de madera y piedra humeaban con los fuegos del desayuno. Los lobos de la manada los observaban con respeto y envidia. Darius era el sucesor claro del alfa actual, un líder nato cuya fuerza había salvado al clan más de una vez. Elara, a su lado, caminaba con la cabeza alta a pesar de las miradas.
Pero en la casa principal, el infierno esperaba.
Su padrastro, Viktor Voss, un lobo grisáceo y brutal, los recibió en la puerta con los brazos cruzados. A su lado estaba Selene, impecable incluso a esa hora, con un vestido rojo que acentuaba sus curvas y un brillo calculador en los ojos.
—¿Otra vez saliste de noche, mocosa? —escupió Viktor, mirando a Elara como si fuera escoria—. Mientras tú juegas a la puta del futuro alfa, los Colmillos de Sangre mataron a dos centinelas. ¿Dónde estabas tú, Darius?
Darius se irguió, ignorando el insulto hacia Elara.
—Maté a dos de ellos. Elara salvó mi vida. Es más valiosa de lo que crees, Viktor.
Selene soltó una risa suave, melódica y falsa.
—Qué heroica, hermanita. Siempre corriendo detrás de los hombres fuertes. —Sus ojos se deslizaron por el cuerpo de Darius con una lentitud deliberada—. Algunos sabemos elegir mejor nuestras batallas.
Elara sintió la bilis subir por su garganta. Se acercó a Selene, los puños apretados.
—¿Qué insinúas, Selene? Si tienes algo que decir, dilo de una vez.
La hermanastra sonrió con dulzura venenosa.
—Solo que el amor ciega, Elara. Y los alfas como Darius necesitan más que una loba leal. Necesitan una reina.
Viktor gruñó, interrumpiendo.
—Basta. Hay una reunión del consejo al atardecer. Darius, se espera que tomes tu lugar. Y tú, Elara... intenta no avergonzarnos esta vez.
Dentro de la casa, el ambiente era asfixiante. Elara subió a su habitación pequeña y fría, un cuarto que compartía pared con el de Selene. Se dejó caer en la cama, el cuerpo aún sensible por el encuentro en el arroyo. Las palabras de Darius resonaban en su cabeza: Eres mi fuerza. Pero también recordaba su pedido en el bosque: Protege lo que amo.
¿Qué significaba eso realmente?
Un golpe suave en la puerta la sacó de sus pensamientos. Era Selene, sin el vestido rojo ahora, solo con una camisola que dejaba poco a la imaginación.
—¿Puedo pasar? —preguntó con voz melosa, cerrando la puerta tras de sí sin esperar respuesta.
Elara se sentó, tensa.
—¿Qué quieres?
Selene se acercó y se sentó al borde de la cama, demasiado cerca. Su perfume a jazmín invadió la habitación.
—Preocuparme por ti, hermanita. Te vi anoche... siguiendo a Darius como un cachorro perdido. La pelea fue intensa. —Bajó la voz—. Él es peligroso, Elara. Fuerte, sí. Pero los hombres como él tienen secretos. Secretos que destrozan corazones.
El corazón de Elara dio un vuelco.
—¿De qué hablas?
Selene suspiró dramáticamente, colocando una mano sobre la de ella. El contacto quemaba como ácido.
—Solo... cuídate. Yo te quiero, aunque no lo creas. Somos familia. Y si Darius alguna vez te falla, aquí estaré.
Elara retiró la mano, confundida. Por un segundo, la preocupación en los ojos de Selene parecía real. Pero luego recordó las miradas, los comentarios.
—Darius me ama. Me lo ha demostrado.
Selene se levantó con gracia felina.
—El amor de un alfa es como la luna: hermoso, pero cambia. Ten cuidado, Elara. No quiero verte rota.
Salió dejando la puerta entreabierta. Elara se quedó mirando el vacío, un nudo de ansiedad apretándole el pecho. ¿Y si tenía razón? No. Imposible. Darius la había elegido a ella.
Al atardecer, la reunión del consejo fue tensa. En el gran salón de piedra, los betas y guerreros se reunieron alrededor de la mesa larga. Viktor presidía, pero todos los ojos estaban en Darius.
—Los Colmillos están organizándose —informó un beta mayor, con cicatrices en la cara—. Quieren nuestra tierra. Dicen que nuestra sangre está diluida con... debilidades.
Miró de reojo a Elara, que estaba de pie detrás de Darius.
Este se levantó, imponente.
—No hay debilidades aquí. Elara demostró su valor anoche. Mató a uno de ellos. Propongo que la interemos más en las defensas. Como mi pareja.
Un murmullo recorrió la sala. Viktor frunció el ceño, pero no contradijo.
Selene, sentada al lado de su padre, sonrió levemente. Sus ojos se encontraron con los de Darius por un breve instante. Un segundo demasiado largo.
Después de la reunión, Darius llevó a Elara a un rincón apartado detrás del salón. La presionó contra la pared de madera, besándola con urgencia.
—Les demostré que eres mía —dijo entre besos—. Pronto serás mi luna oficial. Nadie cuestionará tu lugar.
Elara se derritió, pero las palabras de Selene seguían rondando.
—¿Hay algo que no me cuentas? —preguntó, separándose apenas.
Darius se quedó quieto. Luego rio bajo, un sonido que no llegó a sus ojos.
—Todos tenemos secretos, amor. Pero los míos te protegerán. Confía en mí.
La besó de nuevo, más fuerte, como si quisiera borrar la duda con su cuerpo. Elara se entregó, ignorando el frío que se instalaba en su vientre. Lo amaba demasiado. Lo amaba hasta el punto de la ceguera.
Esa noche, mientras la manada dormía, Elara no podía conciliar el sueño. Se levantó y salió sigilosamente. El bosque la llamaba. Siguió un rastro familiar: el de Darius.
Lo encontró en el mismo claro, pero no solo.
Selene estaba allí, de pie frente a él. No se tocaban, pero la distancia entre sus cuerpos era cargada, íntima. Hablaban en susurros.
—...no puedes seguir usándola así —decía Selene, con voz baja pero intensa—. Es peligrosa para nosotros.
Darius respondió algo que Elara no alcanzó a oír. Luego, Selene tocó brevemente el brazo de él antes de desaparecer entre los árboles.
Elara se escondió, el corazón rompiéndose en mil pedazos silenciosos. No. Tenía que ser una alianza política. Nada más.
Pero cuando Darius regresó solo al claro y la encontró esperándolo, su sonrisa fue perfecta.
—¿No podías dormir, mi luna?
Elara forzó una sonrisa, abrazándolo fuerte.
—Solo te necesitaba a ti.
Mientras se besaban bajo la luna menguante, las lágrimas de Elara se mezclaron con la saliva. El amor dolía. Dolía como garras en el alma.
Y algo en el viento traía el
aullido lejano de los Colmillos de Sangre. La guerra se acercaba. Y con ella, las verdades que nadie podría ocultar por mucho tiempo.
