
Luna traicionada
Eri · En curso · 77.8k Palabras
Introducción
Capítulo 1
La luna llena colgaba como una herida abierta en el cielo negro de las montañas Blackthorn. Su luz plateada bañaba el bosque antiguo, convirtiendo las hojas en cuchillas de plata y los troncos en huesos blanquecinos. Elara Voss corría descalza entre los árboles, el corazón latiéndole con una ferocidad que solo el cambio podía explicar. El lobo interior rugía bajo su piel, ansioso por liberarse, pero ella lo contenía. Esta noche no era para cazar. Era para él.
—Darius... —susurró su nombre como una plegaria, mientras saltaba un arroyo helado. Las piedras afiladas le cortaban los pies, pero el dolor era bienvenido. Le recordaba que estaba viva, que sentía.
Llegó al claro oculto donde se habían encontrado por primera vez, hace tres lunas. El lugar olía a musgo húmedo, a sangre vieja de presas y a él: un aroma a pino quemado, a poder crudo y a algo más oscuro, como hierro y promesas rotas. Darius Blackthorn ya estaba allí, de espaldas a ella, la silueta imponente recortada contra la luz lunar. Alto, de hombros anchos y músculos que se tensaban bajo la camisa negra desgarrada. Su cabello oscuro caía desordenado sobre la nuca, y cuando se giró, sus ojos ámbar brillaron con esa intensidad que hacía que Elara olvidara cómo respirar.
—Llegas tarde, mi luna —dijo él, con esa voz grave que vibraba en el pecho de ella como un trueno lejano. Una sonrisa ladeada curvó sus labios, pero no llegó a sus ojos. Nunca llegaba del todo.
Elara se detuvo a unos pasos, jadeando. Su vestido sencillo de lana estaba manchado de tierra y hojas. No era como su hermanastra Selene, que vestía sedas robadas y olía a jazmín y engaño. Elara era salvaje, imperfecta, marcada por cicatrices de peleas pasadas en la manada Shadowfang.
—Tuve que esquivar a los vigilantes de mi padre —respondió ella, acercándose. Sus manos temblaron cuando las posó en el pecho de él—. Temía que no vinieras. Después de lo de anoche...
Darius la atrajo hacia sí con fuerza, envolviéndola en sus brazos como si el mundo pudiera arrebatársela en cualquier momento. Su cuerpo ardía contra el de ella, incluso a través de la ropa. Elara hundió la cara en su cuello, inhalando ese olor que la volvía adicta. El lobo de ella aullaba de alegría, reconociendo al suyo. Mate. Lo sentía en la sangre, en los huesos. Era inevitable.
—Nada me alejaría de ti —murmuró él contra su cabello. Sus dedos se enredaron en los rizos castaños de Elara, tirando lo suficiente para que ella levantara la vista—. Eres mi ancla en esta mierda de guerra entre manadas. Los Colmillos de Sangre están acercándose. Mataron a dos de los nuestros ayer. Necesito que seas fuerte, Elara. Por nosotros.
Ella asintió, con los ojos llenos de lágrimas que no derramaría. Darius nunca hablaba de amor con palabras floridas. Lo demostraba con acciones: protegiéndola en las cacerías, cubriéndola cuando su padrastro la golpeaba por "debilidad", jurándole lealtad bajo la luna. La noche anterior, en este mismo claro, la había tomado contra un árbol, con una urgencia casi violenta. Sus mordidas en el hombro aún latían, marcas que la reclamaban.
—Te amo —susurró ella, mirándolo a los ojos. Las palabras le quemaban la garganta—. Desde el primer momento en que te vi desafiar al viejo alfa. Eres mi todo, Darius. Mi lobo, mi futuro.
Por un segundo, algo cruzó el rostro de él. ¿Duda? ¿Culpa? Desapareció tan rápido como llegó, reemplazado por esa hambre feroz. La besó con brutalidad, mordiéndole el labio inferior hasta sacar una gota de sangre. Elara gimió, correspondiendo con la misma desesperación. Sus manos bajaron por la espalda de él, clavando las uñas en la tela. El bosque parecía contener la respiración; solo se oían sus respiraciones entrecortadas y el lejano aullido de un lobo solitario.
Cuando se separaron, Darius apoyó su frente contra la de ella.
—Eres mía, Elara Voss. Nadie te tocará. Ni los enemigos, ni tu maldita familia. —Su voz bajó a un gruñido—. Especialmente no Selene con sus intrigas.
Elara frunció el ceño, un nudo de celos familiar apretándole el estómago. Selene, su hermanastra. La hija biológica de su padrastro, hermosa como una noche de tormenta, con cabello negro como ala de cuervo y ojos que siempre calculaban. Vivían bajo el mismo techo desde que el padre de Elara murió en una emboscada, y Selene nunca había perdido oportunidad de recordarle que ella era la "intrusa adoptada".
—¿Qué tiene que ver Selene? —preguntó Elara, apartándose un poco. El frío de la noche se coló entre ellos.
Darius se encogió de hombros, pero su mandíbula se tensó.
—Nada. Solo que es ambiciosa. Quiere poder en la manada, y tú eres... más pura. Más real. —La atrajo de nuevo, besándole la sien—. Olvídala. Esta noche es nuestra.
Pero Elara no podía olvidarla. Recordaba la mirada que Selene le había dirigido esa mañana en la cabaña comunal: una sonrisa dulce que escondía veneno.
—"Cuidado con Darius, hermanita" —le había dicho Selene mientras peinaba su cabello frente al espejo roto—. "Los alfas como él devoran a las lobas débiles. Yo lo sé bien."
Elara había ignorado el comentario, como siempre. Selene envidiaba su conexión con Darius. Eso era todo.
Se sentaron en el suelo musgoso, Darius con la espalda contra un roble centenario y Elara acurrucada entre sus piernas, la cabeza sobre su pecho. Él le acariciaba el brazo con lentitud, trazando las cicatrices antiguas de sus primeros cambios fallidos.
—Cuéntame de tu loba —pidió él en voz baja—. ¿Sigue luchando contra ti?
Elara cerró los ojos, dejando que el ritmo del corazón de Darius la calmara.
—A veces. Siento que quiere más. Más libertad. Más... sangre. Pero contigo cerca, se calma. Eres mi control, Darius.
Él rio suavemente, un sonido raro y precioso.
—Entonces no te dejaré ir nunca.
Hablaron durante horas. De la guerra que se avecinaba: los Colmillos de Sangre querían las tierras fértiles de Shadowfang, sus presas abundantes. Habló de planes, de cómo Darius ascendería como alfa y la convertiría en su luna oficial. Elara soñaba en voz alta con cachorros de ojos ámbar corriendo por el bosque, de noches eternas bajo la luna sin miedo.
Pero en medio de la conversación, un aullido lejano rompió la paz. No era de su manada. Era un desafío, cargado de odio.
Darius se tensó como un resorte, incorporándose de golpe y empujándola detrás de él.
—Quédate aquí —gruñó, los ojos brillando con el cambio inminente. Sus uñas se alargaron en garras.
—No. Vamos juntos —insistió Elara, sintiendo su propio lobo despertar. El dolor del cambio le recorrió la columna: huesos rompiéndose, piel rasgándose, pelaje brotando negro y plateado.
Darius la miró, y por un instante su expresión fue casi tierna. Casi.
—Eres valiente, mi amor. Pero esto es mío.
Antes de que ella pudiera protestar, él cambió por completo. Un lobo enorme, gris oscuro con ojos como brasas, se lanzó entre los árboles. Elara dudó solo un segundo antes de seguirlo, el cambio completándose en una agonía gloriosa. Corrió tras su rastro, el viento azotando su hocico, la sangre cantando en sus venas.
Lo encontró en el límite del territorio, enfrentando a tres lobos enemigos. La pelea fue brutal. Darius desgarró la garganta de uno con una precisión letal, pero otro lo flanqueó y clavó colmillos en su flanco. Elara saltó sin pensar, derribando al atacante con un golpe que le rompió el cuello. El tercero huyó aullando.
Sangre caliente le manchaba el pelaje. Darius volvió a forma humana, tambaleándose, con una herida profunda en el costado que ya empezaba a cerrarse gracias al poder de la luna.
—Elara... —jadeó, cayendo de rodillas. Ella cambió también, desnuda y temblando, y corrió a su lado. Presionó las manos sobre la herida, ignorando su propia sangre.
—Estás herido. Déjame llevarte de vuelta.
Él la sujetó por la muñeca, con fuerza sorprendente.
—Prométeme algo. Si algo me pasa... protege lo que amo. Cueste lo que cueste.
Las lágrimas finalmente rodaron por las mejillas de Elara.
—Te protegeré siempre. Porque te amo más que a mi propia manada. Más que a mí misma.
Darius la besó con urgencia, saboreando la sangre en sus labios. Pero mientras se perdían en el beso, en las sombras del bosque, unos ojos oscuros los observaban. Selene, en forma humana, oculta entre los arbustos, sonrió con frialdad.
La luna llena seguía brillando, indiferente a las mentiras que tejía bajo su luz.
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