Capítulo 3 Susurros en la Sangre
La niebla matutina se aferraba al suelo del bosque como dedos huesudos de un muerto. Elara corría, no por placer esta vez, sino para acallar el rugido en su cabeza. Las imágenes de la noche anterior —Selene y Darius en el claro, ese toque breve pero cargado— se repetían como un eco maldito. Sus patas de loba golpeaban la tierra húmeda, levantando hojas podridas y olor a descomposición. El cambio había sido violento esa mañana; su loba interior arañaba con más fuerza, exigiendo sangre o respuestas.
Cuando volvió a forma humana cerca del río, jadeaba y sangraba por pequeños cortes en las manos. Se arrodilló en la orilla y metió la cara en el agua helada, como si pudiera lavar la duda. Pero el frío solo intensificaba el dolor en su pecho.
—¿Por qué, Darius? —susurró al vacío—. ¿Qué me estás ocultando?
Un crujido entre los arbustos la hizo girarse. Allí estaba él, en forma humana, con el torso desnudo y los pantalones bajos en las caderas. La nueva cicatriz del flanco brillaba rosada bajo la luz filtrada. Sus ojos ámbar la recorrieron con hambre y algo más... ¿preocupación?
—Te fuiste sin decir nada —dijo Darius, acercándose con pasos medidos, como si temiera que ella huyera—. La manada está nerviosa. Los Colmillos enviaron un mensajero esta madrugada. Quieren una reunión de tregua. O una rendición.
Elara se levantó, sin molestarse en cubrir su desnudez. Las curvas de su cuerpo aún mostraban moretones de sus encuentros: marcas de posesión que ahora le quemaban como acusaciones.
—¿Y tú qué les responderás? —preguntó ella, con la voz temblando de rabia contenida—. ¿Les entregarás a la manada? ¿O seguirás usándome como escudo mientras hablas en susurros con mi hermanastra?
Darius se detuvo a un paso. Su mandíbula se tensó. Por un segundo, el alfa en él pareció querer gruñir y dominarla. Pero luego suavizó la expresión, extendiendo una mano para tocarle la mejilla.
—Elara... ¿qué viste?
Ella apartó la cara, pero no lo suficiente. El contacto de sus dedos era como fuego en la piel helada.
—Los vi anoche. En nuestro claro. Ella te tocó. Y tú no la rechazaste. ¿Qué mierda es eso, Darius? ¡Dime que no es lo que estoy pensando!
Las lágrimas brotaron sin permiso. Crudas, calientes, llenas de la desesperación de quien ha puesto todo su mundo en una sola persona. Darius la atrajo con fuerza contra su pecho, envolviéndola en sus brazos como cadenas de hierro y terciopelo.
—Escúchame —gruñó él contra su oído, la voz baja y urgente—. Selene es una herramienta. Nada más. Su padre tiene influencia en el consejo. Si quiero ascender como alfa verdadero, necesito aliados. Ella me ofrece información sobre los movimientos de Viktor. Sobre posibles traidores. Pero mi corazón... —Le levantó la barbilla con rudeza, obligándola a mirarlo—. Mi corazón y mi lobo te pertenecen a ti. Solo a ti.
Elara buscó la mentira en sus ojos. Quería creerle. Necesitaba creerle. El amor que sentía era un incendio que consumía todo lo demás: orgullo, instinto, razón.
—Entonces demuéstramelo —susurró ella, desafiante—. Aquí. Ahora. Sin mentiras entre nosotros.
Darius no dudó. La empujó contra el tronco de un árbol cercano, la corteza áspera raspándole la espalda. Su beso fue brutal, casi castigador, como si quisiera marcarla por dentro y por fuera. Sus manos bajaron por el cuerpo de ella con posesión feroz: apretando los pechos, pellizcando los pezones hasta hacerla gemir de dolor y placer, bajando hasta hundir dos dedos en su calor húmedo sin preliminares.
—Esto es real —gruñó contra su cuello, mordiendo fuerte mientras sus dedos se movían con ritmo implacable—. Tu cuerpo responde solo a mí. Tu loba me reconoce. ¿Lo sientes, Elara? ¿Sientes cómo te deshaces por mí?
Ella arqueó la espalda, clavando las uñas en los hombros de él, dejando surcos sangrientos.
—Sí... joder, sí... —jadeó ella, moviéndose contra su mano—. Te amo tanto que duele. Si me mientes, Darius... si me traicionas... me moriré.
Él se bajó los pantalones y la penetró de un solo golpe profundo, arrancándole un grito que espantó a los pájaros. El sexo fue crudo, animal, lleno de gruñidos y mordidas. Darius la follaba como si quisiera enterrar sus dudas bajo capas de placer. Elara se entregó completamente, envolviendo las piernas alrededor de su cintura, recibiendo cada embestida como una penitencia y una promesa.
Cuando llegaron al clímax, fue explosivo. Darius rugió su nombre mientras se derramaba dentro de ella. Se quedaron unidos, temblando, respiraciones entrecortadas mezclándose.
—Nunca dudes de esto —murmuró él, besándole las lágrimas de las mejillas—. Te protegeré. De los Colmillos. De la manada. De todo.
Pero mientras regresaban a la aldea en silencio, Elara sentía un vacío nuevo. Las palabras eran perfectas. El cuerpo de él era perfecto. ¿Por qué entonces el instinto le gritaba que corriera?
En la casa principal, el caos reinaba. Viktor golpeaba la mesa del comedor con el puño, haciendo temblar los platos.
—¡Una reunión de tregua! ¡Es una trampa! —bramó—. Los Colmillos quieren debilitarnos antes del ataque real.
Selene estaba a su derecha, serena, sirviendo vino como si nada. Sus ojos se encontraron con los de Elara y, por un instante, hubo un destello de triunfo.
—Padre tiene razón —dijo Selene con voz suave—. Pero Darius podría ir como emisario. Con protección, claro. Alguien leal. —Miró directamente a Elara—. Alguien dispuesta a morir por él.
Darius se sentó al lado de Elara, colocando una mano posesiva en su muslo bajo la mesa.
—Iré. Y Elara vendrá conmigo. Nadie mejor para cubrirme las espaldas.
Viktor gruñó, pero aceptó. Selene sonrió por encima de su copa.
Más tarde, en la habitación de Elara, Selene entró sin llamar. Esta vez no había dulzura fingida.
—Estás cometiendo un error al ir con él —dijo Selene, cerrando la puerta—. Darius juega a dos bandos. Siempre lo ha hecho. Yo lo sé porque... —bajó la voz— porque he estado donde tú estás ahora.
Elara sintió que el mundo se tambaleaba.
—¿Qué quieres decir?
Selene se acercó, casi compasiva.
—Hace dos lunas, antes de que te eligiera públicamente. Me prometió lo mismo. Besos, juramentos, su cuerpo. Pero los alfas necesitan herederos fuertes, alianzas. Yo soy hija de Viktor. Tú... eres la adoptada con sangre débil. Úsame como advertencia, hermanita. O terminarás siendo el escudo que se rompe primero.
Las palabras golpearon como garras en carne viva. Elara empujó a Selene contra la pared, con fuerza sorprendente.
—¡Mientes! ¡Lo haces porque lo quieres para ti!
Selene no se resistió. Solo sonrió tristemente.
—Pregúntale por la marca en su hombro izquierdo. La que no te deja ver. Es mía.
Elara la soltó, retrocediendo como si quemara. Selene se arregló el vestido y salió, dejando el silencio como un verdugo.
Esa tarde, antes de partir hacia la reunión de tregua, Elara confrontó a Darius en el establo donde guardaban los caballos para el viaje.
—Muéstrame tu hombro izquierdo —exigió, con la voz quebrada pero firme.
Darius frunció el ceño, quitándose la camisa lentamente. Allí estaba: una marca de mordida antigua, casi desvanecida, pero inconfundible. Una marca de reclamo.
—¿Esto? —dijo él, tocándola—. Es de una pelea vieja. Antes de ti.
Elara lo miró a los ojos, buscando la verdad.
—Selene dice que es suya. Que te la dio ella. Que la usaste como me usas a mí ahora.
Por primera vez, Darius pareció perder el control. La agarró por los brazos, apretando fuerte.
—Selene es veneno. Quiere destruir lo nuestro porque no puede tenerlo. Te amo a ti, Elara. Mi loba te eligió. ¿No sientes el vínculo? ¿No lo sientes en la sangre?
Las lágrimas corrían por el rostro de ella. Lo besó con desesperación, agarrando su cara.
—Quiero creerte. Dioses, cómo quiero. Pero duele tanto...
Él la abrazó, meciéndola como a una niña.
—Ven conmigo a la tregua. Demostraré que eres mi única. Y cuando regrese como alfa, te marcaré delante de toda la manada.
Partieron al atardecer: Darius, Elara y dos betas más. El bosque parecía más oscuro, más amenazante. Mientras cabalgaban, Darius le tomó la mano.
—Después de esto, nada nos separará —prometió.
Pero en la distancia, en un claro donde esperaban los emisarios de los Colmillos, una figura familiar observaba desde las sombras: Selene, en forma de loba, con ojos llenos de planes.
La reunión comenzó con palabras tensas y miradas asesinas. El líder enemigo, un lobo enorme de pelaje rojizo, sonrió con colmillos ensangrentados.
—Trajiste a tu perra de escudo, Blackthorn. Inteligente. Pero sabemos la verdad. Sabemos a quién proteges realmente.
Elara sintió un escalofrío. Darius apretó su man
o con más fuerza.
La trampa estaba tendiéndose. Y el corazón de Elara, ya agrietado, pendía de un hilo sangriento.
