Capítulo 4 La Sangre que No Miente

El claro de la tregua olía a muerte inminente. Los pinos altos formaban un círculo natural, como testigos silenciosos de la traición que se cocinaba bajo la luz moribunda del atardecer. Elara permanecía al lado de Darius, el cuerpo tenso como una cuerda a punto de romperse. Los dos betas de Shadowfang flanqueaban al futuro alfa, pero ella sentía que eran meros espectadores. El verdadero peso recaía sobre sus hombros.

El líder de los Colmillos de Sangre, un macho llamado Ragnar, era una bestia de pelaje rojizo y cicatrices que contaban historias de masacres. Sus ojos amarillos se clavaron en Elara con burla descarada.

—Así que esta es la famosa perra que calienta tu cama, Blackthorn —dijo Ragnar con voz ronca, escupiendo al suelo—. Bonita. Débil, pero bonita. ¿La usas de escudo o de carnada?

Darius dio un paso adelante, el gruñido vibrando en su pecho. Su mano rozó la de Elara en un gesto que pretendía ser protector, pero ella sintió la rigidez en sus dedos.

—Cuidado con tu lengua, Ragnar. Estamos aquí por una tregua, no por insultos. Di lo que viniste a decir o terminemos esto con sangre.

Ragnar rio, un sonido gutural que erizó el vello de Elara. Sus tres acompañantes, lobos enormes en forma humana, se movieron con inquietud, listos para cambiar.

—La tregua es simple —continuó el enemigo—. Entregadnos el territorio del norte y a la hembra Voss. Sabemos que no es de sangre pura. Y sabemos... —sus ojos brillaron— que no es la única que te calienta, Darius. Hay susurros en el viento. Una hermanastra más ambiciosa. Más digna de un verdadero alfa.

Elara sintió que el mundo se inclinaba. Miró a Darius, buscando negación. Él no la miró. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía tallada en piedra.

—Eso son mentiras —respondió Darius con frialdad—. Elara es mía. Mi pareja. Mi luna. Si queréis guerra, la tendréis.

Uno de los betas enemigos soltó una carcajada.

—¿Pareja? ¿La que usas para distraer mientras proteges a la otra? Patético.

El aire se cargó de electricidad. Elara sintió a su loba arañando bajo la piel, exigiendo salir y desgarrar gargantas. Pero el miedo era más fuerte. Miedo a la verdad que se filtraba como veneno.

—Darius —susurró ella, tirando de su brazo—. ¿Qué está diciendo?

Él se giró por fin, y en sus ojos ámbar había una tormenta.

—Después. Ahora no es el momento.

La pelea estalló sin más advertencia. Ragnar cambió primero, un lobo monstruoso que se lanzó directo hacia Darius. Los gruñidos y el choque de cuerpos llenaron el claro. Elara cambió también, el dolor del hueso rompiéndose fue bienvenido. Su loba negra y plateada saltó sobre uno de los enemigos, clavando colmillos en el hombro. La sangre caliente le llenó la boca, cruda y metálica.

—¡Por Shadowfang! —rugió uno de sus betas antes de ser derribado.

Darius luchaba como un demonio, desgarrando el flanco de Ragnar. Pero los Colmillos eran más. Uno se acercó por detrás a Elara, mordiendo su pata trasera. El dolor fue cegador. Ella aulló, girándose y arrancando un trozo de oreja al atacante.

En medio del caos, vio a Darius retroceder hacia los árboles, no por cobardía, sino... ¿protegiendo algo? Un movimiento en las sombras. Una figura familiar.

Selene.

No tuvo tiempo de procesarlo. Un golpe la lanzó contra un tronco. El mundo se volvió borroso. Cuando recuperó la forma humana, sangrando por múltiples heridas, Darius la cargaba ya de vuelta hacia la aldea. Los betas supervivientes —solo uno— los seguían cojeando.

—Quédate conmigo, Elara —gruñó él, presionando una mano sobre una herida profunda en su abdomen—. No te atrevas a dejarme.

Ella tosía sangre, pero el dolor físico no era nada comparado con el que le atravesaba el alma.

—Dime la verdad... —susurró mientras los árboles pasaban borrosos—. ¿Selene? ¿Es ella?

Darius no respondió hasta que llegaron a las afueras de la aldea. La dejó en el suelo con cuidado, arrodillándose a su lado. Sus manos temblaban mientras intentaba detener la hemorragia.

—Te amo —dijo él, con voz rota—. Te amo como nunca he amado a nadie. Pero Selene... es complicada. Es una alianza. Su sangre es fuerte. Viktor la usa para controlarme. Yo la uso para sobrevivir. Pero tú... tú eres mi corazón.

Elara lo agarró por la camisa ensangrentada, atrayéndolo cerca. Sus labios sabían a hierro y lágrimas.

—Entonces elígeme. Delante de todos. Marca mi cuello esta noche. Hazme tu luna de verdad.

Darius la besó con desesperación, profundo, como si quisiera absorber su dolor. Sus manos bajaron por el cuerpo herido de ella, tocando con reverencia las heridas que se cerraban lentamente gracias al poder de la luna.

—Esta noche —prometió contra su boca—. Después de que te cures. Te daré todo.

En la casa principal, el recibimiento fue caótico. Viktor rugía órdenes. Selene apareció como por arte de magia, con el vestido limpio y una expresión de falsa preocupación.

—Hermanita... estás herida. Déjame ayudarte.

Elara la miró con odio puro mientras la llevaban a su habitación.

—No me toques. Sé lo que vi. Sé lo que eres.

Selene se inclinó sobre ella mientras Viktor y los demás salían.

—Te lo advertí —susurró Selene al oído—. Darius necesita una reina, no una mascota leal. Yo llevo su marca desde hace semanas. La que te mostré. Pero él te usa porque eres sacrificable. La manada enemiga quiere tu cabeza para debilitarlo. Y él te entrega poco a poco.

Elara intentó levantarse, pero el dolor la clavó en la cama.

—Mentira...

Selene sonrió con tristeza fingida.

—Pregúntale por el juramento de sangre que hizo conmigo bajo la luna llena anterior. Pregúntale por qué mi olor está en su piel algunas noches.

Cuando Selene salió, Elara se quedó sola con sus demonios. Las lágrimas corrían libres. Recordaba cada beso, cada promesa, cada vez que Darius la había follado como si fuera el centro de su universo. ¿Todo era mentira? ¿O era una verdad a medias que su corazón se negaba a aceptar?

Darius entró horas después, ya limpio pero con nuevas heridas. Se acostó a su lado, abrazándola con cuidado.

—Perdóname por traerte a esto —murmuró, besándole el cabello—. Mañana marcaré tu cuello delante del consejo. Serás mía oficialmente. Nadie podrá cuestionarlo.

Elara se giró hacia él, ignorando el dolor de las costillas. Lo besó con ferocidad, montándolo a horcajadas a pesar de las heridas. Sus cuerpos se unieron en un acto desesperado, crudo y lleno de sentimiento. Ella cabalgaba sobre él con lágrimas cayendo sobre su pecho, clavando las uñas en su piel.

—Dime que me amas —exigió entre gemidos.

—Te amo —gruñó Darius, sujetándola por las caderas y embistiendo hacia arriba—. Más que a mi propia vida. Eres mi todo.

El orgasmo los golpeó como una ola destructiva. Después, exhaustos y sudados, Darius trazó con el dedo la curva de su cuello.

—Mañana —repitió.

Pero esa noche, mientras Elara fingía dormir, Darius se levantó sigilosamente. Ella lo siguió en silencio, cojeando, hasta el borde del bosque.

Allí, bajo la luna, Selene lo esperaba. No hablaron mucho. Darius la abrazó brevemente, susurrando algo que Elara no pudo oír. Selene tocó la marca en su hombro y sonrió.

Elara regresó a la cama antes de que él volviera, el corazón hecho pedazos. Cuando Darius se acostó de nuevo y la abrazó desde atrás, susurrando "te protegeré siempre", ella lloró en silencio.

El amor era una jaula de oro con colmillos. Y ella estaba dentro, sangrando voluntariamente.

Al amanecer, la manada se reunió para la ceremonia. Viktor presidía con rostro sombrío. Darius tomó la mano de Elara y la llevó al centro.

—Hoy marco a Elara Voss como mi luna —anunció con voz potente—. Ante la manada, ante la luna.

Pero mientras se inclinaba para morder su cuello, un aullido lejano rompió el momento. Los Colmillos atacaban. Y en el caos que siguió, Elara vio a Selene mirando a Darius con una poses

ión que no dejaba lugar a dudas.

La guerra había llegado. Y con ella, la hora de las verdades sangrientas.

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