Capítulo 5 El Mordisco de la Verdad
El caos estalló como una tormenta de colmillos y aullidos. Los Colmillos de Sangre irrumpieron en los límites de la aldea con una ferocidad que olía a venganza largamente planeada. Elara, aún débil por las heridas de la tregua fallida, sintió cómo su loba despertaba con un rugido de pura rabia. La ceremonia de marcaje se convirtió en una carnicería en segundos.
—¡Defended la línea central! —bramó Viktor, cambiando a su forma de lobo gris y enorme mientras corría hacia el frente.
Darius agarró la mano de Elara por un instante, sus ojos ámbar ardiendo con determinación y algo más oscuro.
—Quédate cerca de mí —gruñó—. No dejaré que te pase nada.
Pero en el momento en que cambió, lanzándose a la batalla, Elara vio cómo su mirada se desviaba por una fracción de segundo hacia las sombras donde Selene se movía con gracia letal. Esa duda fue suficiente para que el corazón de Elara sangrara de nuevo.
Ella cambió también. El dolor de los huesos rompiéndose se mezcló con el de su alma. Su loba negra y plateada se lanzó al combate, desgarrando flancos y esquivando mandíbulas. La sangre salpicaba la tierra, caliente y espesa. Un enemigo la embistió por el costado, abriendo una herida fresca sobre las que apenas habían cerrado. El dolor la hizo aullar, pero no se detuvo.
En medio de la pelea, Darius luchaba como un dios vengativo. Desgarró la garganta de uno de los Colmillos con precisión brutal. Pero Elara notó cómo protegía un flanco específico: el camino que llevaba hacia donde Selene combatía, rodeada de betas leales.
Un lobo enemigo se acercó demasiado a Selene. Darius cambió de dirección en un instante, derribándolo con furia desmedida. Elara lo vio. Todos lo vieron.
Cuando la batalla amainó —los Colmillos retrocediendo pero dejando cadáveres y heridos—, la manada se reunió en el centro de la aldea. El aire olía a muerte, humo y traición.
Elara volvió a forma humana, desnuda y sangrando, sin importarle la decencia. Caminó directamente hacia Darius, que aún respiraba agitado, con el cuerpo cubierto de sangre ajena.
—¿Por qué? —preguntó ella, la voz quebrada pero alta para que todos oyeran—. ¿Por qué la protegiste a ella primero? ¿Delante de mí? ¿Delante de tu supuesta luna?
Darius se giró, los ojos aún con rastros del lobo. La tomó por los brazos, apretando con fuerza.
—Elara, no es el momento. La manada necesita unidad ahora.
Selene se acercó cojeando ligeramente, con una herida superficial en el brazo que parecía más adorno que daño real. Su belleza contrastaba con la carnicería.
—Hermanita, estás herida. Deja que Darius te ayude. Yo puedo ocuparme de los demás.
Elara la empujó con rabia, ignorando el dolor que le atravesaba el cuerpo.
—¡No me toques! ¡No me llames hermanita como si no fueras una serpiente clavando colmillos en mi espalda!
Viktor intervino, gruñendo.
—Basta. Hay heridos que atender. La ceremonia se pospone. Darius, encárgate de las defensas.
Pero Elara no iba a callar. Agarró a Darius por la nuca y lo atrajo hacia sí, besándolo con desesperación frente a todos. Un beso crudo, sangriento, lleno de posesión y miedo.
—Muérdeme ahora —susurró contra sus labios—. Marca mi cuello aquí mismo. Demuéstrales. Demuéstrame a mí.
Darius dudó. Solo un segundo, pero fue eterno. Sus ojos buscaron los de Selene por un instante.
—No aquí —murmuró él—. En privado. Cuando estés curada.
El rechazo fue como una daga en el corazón. Elara lo soltó, retrocediendo.
—Cobarde —escupió, con lágrimas mezclándose con la sangre en su rostro—. Me usas para protegerla a ella. De la manada enemiga. De tu propia ambición. ¿Cuánto tiempo más, Darius? ¿Hasta que me sacrifiques del todo?
La manada murmuraba. Algunos betas bajaron la mirada, incómodos. Selene sonrió con falsa compasión.
—Estás delirando por el dolor, Elara. Darius te ama. Todos lo vemos.
Darius intentó abrazarla, pero Elara lo rechazó.
—Necesito la verdad. Ahora.
Lo arrastró hacia el bosque cercano, lejos de oídos curiosos. La luna creciente iluminaba apenas el sendero. Cuando estuvieron solos, Elara se derrumbó contra un árbol, el cuerpo temblando.
—Dime que Selene miente —suplicó, con la voz rota—. Dime que esa marca en tu hombro no es de ella. Dime que no la follas cuando yo no miro. Dime que no me usas solo para que los Colmillos crean que tienes una debilidad fácil de atacar.
Darius se pasó las manos por el cabello ensangrentado. Por primera vez, parecía derrotado.
—Elara... te amo. Con cada parte de mi ser. Pero Selene es... necesaria. Su padre controla recursos. Y sí, hubo algo antes. Un error. Un juramento de sangre para sellar una alianza. Pero se acabó. Tú eres mi presente. Mi futuro.
Elara rio con amargura, un sonido crudo que le desgarró la garganta.
—¿Un error? ¿La follaste mientras me prometías el mundo? ¿Mientras yo te daba mi cuerpo y mi alma sin reservas?
Se acercó y lo golpeó en el pecho con los puños, una y otra vez. Darius la dejó, absorbiendo los golpes.
—¡Te odio! —gritó ella entre sollozos—. ¡Te amo tanto que me odio a mí misma!
Él la sujetó, inmovilizándola contra su cuerpo. La besó con violencia, mordiéndole los labios hasta sacar sangre. Elara respondió con la misma furia, arañándole la espalda, mordiendo su cuello. Cayeron al suelo musgoso, cuerpos desnudos y heridos entrelazándose en un acto desesperado.
Darius entró en ella con un solo empujón brutal, gruñendo como un animal herido.
—Siente esto —jadeó mientras se movía con fuerza—. Esto es real. Tu coño apretándome. Tu loba llamando a la mía. Nadie más me hace sentir así.
Elara gimió, las uñas clavadas en su espalda, las piernas envolviéndolo.
—Entonces elígeme —suplicó entre embestidas—. Marca mi cuello. Hazme tuya de verdad.
Darius aceleró el ritmo, follándola con crudeza contra la tierra. El placer se mezclaba con el dolor de las heridas, creando una tormenta de sensaciones.
—Te marcaré —prometió él, mordiendo su hombro con fuerza, pero sin llegar al reclamo oficial—. Pronto. Te juro que pronto.
El orgasmo los sacudió a ambos, dejando a Elara vacía y llena al mismo tiempo. Después, mientras yacían entrelazados, Darius le acarició el cabello.
—Confía en mí un poco más. La guerra lo cambia todo. Cuando sea alfa, te daré el lugar que mereces.
Elara no respondió. En su mente, las piezas encajaban con dolorosa claridad. Ella era el escudo. Selene, la reina oculta.
De regreso a la aldea, encontraron a Selene atendiendo heridos con una sonrisa serena. Cuando pasó junto a Darius, sus dedos rozaron los de él deliberadamente.
Esa noche, mientras Elara fingía dormir, escuchó pasos. Darius salió. Ella lo siguió una vez más, el corazón latiéndole con agonía.
En el claro secreto, Selene lo esperaba.
—Funcionó —susurró Selene, abrazándolo—. Los Colmillos creen que Elara es tu debilidad. La atacarán a ella primero. Y mientras tanto...
Darius la besó. No fue un beso de alianza. Fue profundo, posesivo. El mismo beso que le daba a Elara.
Elara se tapó la boca para no gritar. El mundo se rompió en ese instante.
Corrió de vuelta, el alma hecha jirones. Cuando Darius regresó y se acostó a su lado, susurrando "te amo", ella permaneció inmóvil.
El amor la había destruido. Pero en las cenizas, algo nuevo nacía: rabia. Y la determinación de sobrevivir.
Al amanecer, los exploradores trajeron noticias: un ataque masivo se avecinaba. Y Elara,
por primera vez, se preguntó si valía la pena seguir protegiendo al hombre que la usaba como carne de cañón.
