Capítulo 6 Cenizas de un Juramento

El amanecer llegó como una sentencia de muerte. La aldea de los Shadowfang amaneció envuelta en un silencio pesado, roto solo por los gemidos de los heridos y los preparativos frenéticos para la batalla que todos sabían inevitable. Elara permanecía sentada en el borde de su cama, mirando la marca de mordida en su hombro que Darius le había dejado la noche anterior. No era el reclamo oficial. Solo otra mentira mordida en su piel.

Su cuerpo aún dolía por la pelea y por el sexo desesperado contra la tierra, pero el verdadero dolor era interno, un vacío que amenazaba con tragársela entera. Había visto el beso. Había oído las palabras. Darius no la amaba. La usaba. Y ella, estúpida, ciega y enamorada, había permitido que le rompiera el alma pedazo a pedazo.

Darius entró en la habitación sin llamar, el rostro marcado por el cansancio y una determinación que ahora le parecía falsa.

—Elara, la manada se reúne en una hora. Necesito que estés a mi lado. Eres mi fuerza.

Ella levantó la mirada lentamente. Sus ojos, antes llenos de adoración, ahora ardían con un fuego nuevo: rabia contenida.

—¿Tu fuerza? —repitió con voz baja y peligrosa—. ¿O tu escudo conveniente? Vi lo que vi anoche, Darius. No me mientas más. No después de que te abrí las piernas y el corazón mientras tú la besabas a ella.

Darius se detuvo en seco. Por un segundo, la máscara del alfa perfecto se agrietó. Se acercó y se arrodilló frente a ella, tomando sus manos con fuerza.

—Escúchame, por favor. Lo que viste... era necesario. Selene está jugando a dos bandos con su padre. La beso para mantenerla cerca, para que no nos traicione con los Colmillos. Pero mi lobo, mi sangre, todo lo que soy te pertenece a ti.

Elara soltó una risa amarga que le rasgó la garganta. Retiró las manos como si su toque quemara.

—¿Crees que soy idiota? Te vi. La forma en que la miras. La forma en que la proteges en batalla. ¿Cuántas veces la has follado mientras yo esperaba como una perra leal? Dime la verdad, aunque me destroce. ¡Dímela!

Darius se levantó, pasándose las manos por el cabello con frustración. Su voz bajó a un gruñido ronco.

—Sí, hubo algo. Antes de ti. Y sí, mantuve contacto por la alianza. Pero te juro por la luna que te amo. Eres la única que hace que mi lobo cante. Selene es ambición. Tú eres... hogar.

Elara se puso de pie, ignorando el dolor de las heridas. Se acercó tanto que sus pechos desnudos rozaron el torso de él.

—Entonces marca mi cuello ahora. Delante de toda la manada. Hazme tu luna oficial y demuéstrame que no soy solo carne de cañón para proteger a tu verdadera amante.

El silencio que siguió fue ensordecedor. Darius bajó la mirada.

—No puedo. No todavía. Viktor lo usaría en mi contra. Selene tiene información que necesitamos para sobrevivir al ataque de hoy. Cuando sea alfa...

Elara lo empujó con todas sus fuerzas. Las lágrimas corrían libres por sus mejillas.

—¡Mentiroso! ¡Usas mi amor como arma! Me follas como si fuera el centro de tu mundo mientras planeas con ella. ¿Sabes lo que se siente? Sentir que te arrancan el alma mientras gritas de placer.

Lo besó entonces, con rabia pura. Un beso mordido, sangriento, lleno de odio y amor enfermizo. Darius respondió con la misma intensidad, empujándola contra la pared. Sus manos bajaron por el cuerpo de ella, ásperas y desesperadas.

—Siente esto —gruñó él, levantándola y penetrándola de un golpe seco—. Siente cómo te deseo. Cómo te necesito.

Elara gimió contra su boca, las piernas envolviéndolo mientras él la follaba contra la pared con embestidas brutales. Cada movimiento era castigo y súplica. Las lágrimas de ella se mezclaban con el sudor de ambos.

—Te odio... —jadeó ella entre gemidos—. Te amo... maldito seas.

El clímax llegó rápido y violento. Darius se derramó dentro de ella con un rugido ahogado, mordiendo su hombro una vez más. Cuando terminaron, la dejó en el suelo con cuidado, pero Elara lo apartó.

—Vete. La manada te espera. Yo... yo pelearé. Pero no por ti. Por mí.

Darius intentó decir algo, pero salió en silencio. Elara se derrumbó en el suelo, sollozando hasta que no quedaron lágrimas. Su loba aullaba de dolor dentro de ella.

La reunión de la manada fue tensa. Viktor daba órdenes con voz de trueno. Selene estaba al lado de su padre, lanzando miradas triunfantes hacia Elara.

—Los Colmillos atacarán al atardecer —anunció Viktor—. Darius liderará el flanco izquierdo. Elara, tú irás con él. Selene, protege el centro.

Elara sintió náuseas. Darius intentó acercarse, pero ella se mantuvo firme.

Durante los preparativos, Selene se acercó a ella en el arsenal donde afilaban armas.

—Duele, ¿verdad? —susurró Selene con falsa dulzura—. Ver cómo te usa. Yo pasé por eso. Pero aprendí. Ahora soy la que controla.

Elara la agarró por el cuello, empujándola contra una estantería.

—Te mataré si sigues. No por él. Por mí. Porque estoy harta de ser la débil.

Selene sonrió a pesar de la presión.

—Entonces únete a nosotras. O muere siendo el escudo perfecto.

La batalla llegó con la puesta de sol. Los Colmillos cargaron como una marea de furia. Elara luchó como nunca, su loba liberada por completo. Desgarró gargantas, esquivó mandíbulas, protegió a betas que ni siquiera la miraban antes. Darius luchaba cerca, pero siempre con un ojo en Selene.

En un momento crítico, un grupo enemigo rodeó a Selene. Darius corrió hacia ella, dejando expuesto el flanco donde estaba Elara.

Un lobo enorme atacó a Elara por detrás. Los colmillos se hundieron en su hombro, cerca de la columna. El dolor fue cegador. Cayó, cambiando a humana por el shock. Sangre brotaba a borbotones.

Darius apareció en el último segundo, matando al atacante. La cargó, corriendo hacia la aldea mientras la batalla rugía detrás.

—Quédate conmigo —suplicó él, con voz quebrada—. No te mueras, Elara. Te necesito.

Ella, semiinconsciente, susurró:

—Mentiroso... siempre... mentiroso...

En la casa, mientras las curanderas atendían sus heridas, Darius se quedó a su lado, sosteniendo su mano. Selene entró, fingiendo preocupación.

—Sobrevivirá —dijo Selene—. Es fuerte. Más de lo que pensábamos.

Cuando se quedaron solos, Darius besó la frente de Elara.

—Cuando despiertes, todo cambiará. Te marcaré. Te lo juro.

Pero Elara, flotando entre la conciencia y la oscuridad, tomó una decisión en las profundidades de su dolor: sobreviviría. Y cuando lo hiciera, ya no sería la loba enamorada y ciega.

Sería la que muerde de vuelta.

Fuera, los aullidos de la batalla continuaban. La g

uerra entre manadas era solo el comienzo. La guerra en el corazón de Elara acababa de empezar.

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