Capítulo 2 Dos

Luego de llegar a casa toda empapada me preparé un chocolate caliente. En casa casi nunca había nadie, pues mis padres trabajaban fuera la mayor parte del tiempo y como la casa no se ensuciaba estando yo sola el personal solo trabajaba cuando mis padres estaban. El silencio de la mansión era absoluto, roto solo por el rítmico golpeteo de la lluvia contra los ventanales. El chocolate humeaba, enviando volutas de vapor que empañaban mis cristales; por un momento, el calor de la taza fue el único consuelo en mi mundo de lodo y desprecio.

En cuanto me tomé mi chocolate subí a mi habitación para quitarme la ropa y darme una ducha. Una vez seca y con mi piyama calientita puesta me dediqué a hacer todas las tareas pendientes que tenía. Cuando terminé me dejé caer en el edredón y sin meditarlo mucho caí rendida en el mundo de los sueños. Pero no fue un sueño tranquilo; fue una espiral de sombras y promesas susurradas al oído, una sensación de que algo grande y oscuro estaba reclamando un espacio en mi realidad.

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Restregué mis ojos mientras me incorporaba en la cama, solté un suspiro algo cansino al saber que me tocaba un día de perros; como siempre. Miré el reloj de la mesita de noche para saber cuánto tiempo tenía, pero al ver que eran las siete treinta me di cuenta de que me quedaba muy poco tiempo. El pánico, ese motor diario de mi existencia, se activó de inmediato. El Colegio Masterful no perdonaba la impuntualidad, y menos si venía de alguien como yo.

Lancé las sábanas fuera de mi cuerpo y corrí al baño para ducharme y cepillar mis dientes. En cuanto salí del baño llamé un taxi y después corrí al closet para buscar que ponerme. Por la rapidez opté por un pantalón jean negro que sí me quedaba ajustado y una camisa a cuadros roja que me quedaba casi a la medida. Recogí mi cabello en una coleta y salí de la habitación con mi mochila en mano. Cada movimiento era mecánico, una coreografía de supervivencia para evitar cualquier retraso que me pusiera en el centro de atención.

En cuanto bajé las escaleras corrí hasta la puerta al escuchar el taxi afuera. Tomé las llaves de camino y pegué seguro a la puerta de madera oscura de mi casa y con el mando a distancia abrí las puertas de metal de la entrada. Rápidamente me subí en el auto amarillo y le indiqué la dirección y él emprendió el camino hacia la escuela.

Mientras trataba de recobrar la respiración me di cuenta de que estaba viendo borroso, eso quería decir que había dejado mis lentes en casa ¡Maldición! El día iba de mal en peor y apenas empezaba. Sin mis gafas, el mundo se convertía en una acuarela impresionista, una masa de colores y sombras donde los peligros carecían de bordes definidos. Me sentía más vulnerable que nunca, como si me hubieran quitado la última capa de mi armadura.

El taxi se dio prisa gracias a que no había muchos vehículos transitando. Aun cuando era la hora pico, pero tal vez se había ido por las calles menos concurridas. El motor rugía suavemente, ajeno a mi ansiedad creciente. En cuanto llegó a la escuela le pagué y bajé para adentrarme al estacionamiento de la escuela. Y como siempre ahí estaba Jacke con sus amigos.

—Ya llegó nuestra diversión —se mofó. Su voz cortó el aire como un látigo. Yo tan solo suspiré e intenté seguir mi camino, pero él me sostuvo del brazo evitándolo. La presión de sus dedos era dolorosa, un recordatorio de que él era el dueño de mis mañanas.

—Creo que hoy solo seremos dientes de lata —sus amigos rieron como si fuese el chiste más grande del mundo. Realmente patético. El brillo metálico de mi aparato parecía ser un faro para su estupidez. Cuando pensé que seguiría fastidiándome un auto deportivo pasó frente a nosotros dejando embobado a Jacke. Aproveché su distracción y me solté de su agarre para luego correr al edificio. Corrí con el corazón martilleando en mis oídos, agradeciendo internamente a quienquiera que fuera el dueño de ese motor ruidoso.

Sin detenerme a pensarlo corrí hasta mi clase de biología mientras suspiraba de alivio al haberme salvado de esa. Me senté en mi lugar habitual, intentando que mi respiración no fuera tan errática. Minutos después el timbre sonó y la maestra entró al salón iniciando las clases, pero un rato después esta se vio interrumpida por unos toques en la puerta.

—Pase —ordenó la maestra y todos miramos hacia allá esperando ver al director o a la secretaria. Pero en vez de eso por la puerta entró un chico jodidamente hermoso de cabello negro y piel blanca. El aire en el aula pareció cargarse de una electricidad estática inmediata. Era una belleza agresiva, casi antinatural.

— ¿Quién es usted? —interrogué la maestra en cuanto lo vio. —Dylan Midirit —su voz era tan masculina que logró que todos los vellos de mi piel se erizaran. Era profunda, vibrante, como el eco de un trueno en una cueva lejana.

— ¿Eres el nuevo? — él asintió lentamente —bien, pásame tus notas, por favor. El chico se acercó a la maestra y le tendió una hoja la cual ella observó maravillada. —Bien, toma asiento donde quieras. —Gracias —le dijo con una sonrisa a la maestra y se adentró por completo al aula buscando un asiento en el cual sentarse.

El chico a simple vista se veía como un badboy con su ropa negra, su sonrisa arrasadora y su cuerpo de infarto, pero eso a mí no me interesaba en lo absoluto, lo que me preocupaba en ese momento es que él no se detenía en ninguno de los asientos vacíos que estaban delante de mí, sino que pasaba de las chicas que movían sus mochilas para dejarle el asiento vacío. Había una determinación depredadora en su forma de caminar, ignorando la "perfección" que lo rodeaba.

Veía sus intenciones y eran sentarse en el que estaba al lado de mí, pero yo no quitaría mi mochila de donde la tenía y solo esperaba que él entendiera el mensaje. Aunque tal vez se iba a sentar en uno de los dos asientos vacíos delante de mí, pero mis esperanzas murieron cuando se posicionó junto a mí y tomó mi mochila para ponerla junto con la de él en los asientos de en frente y sentarse junto a mí.

Mis nervios estaban a flor de piel y más al notar que la atención no solo se centraba en el chico, sino también en mí por estar junto a él. De reojo lo observé estirarse y sacar de su mochila un cuaderno y un lápiz y se preparó para prestar atención a la clase. La profesora comenzó a escribir en la pizarra y aunque yo tenía mi lápiz y cuaderno fuera no me molesté en intentar saber qué era pues por falta de mis lentes era evidente que no lo entendería, así que preferí observar al chico recién llegado mientras me recostaba de la silla. Noté que sonrió, por lo que supuse que sabía que lo miraba.

Su cabello era negro azabache, su piel blanca y muy pálida sin ninguna imperfección y sus labios eran rellenos un poco sonrosados. Sus ojos no los había podido ver, pues yo sin lentes era un peligro andante pues, llegaban momentos en el que veía todo borroso y no identificaba que era una persona y que era un poste de luz. Aunque con lentes para mí eran la misma cosa. Pero había algo en él, un aura de poder y peligro que me resultaba extrañamente familiar, como si lo hubiera invocado bajo la lluvia.

Un pedazo de papel estrujado llegó a mi mesa sacándome de mi distracción, miré a todos lados para ver quién la había enviado y me encontré con Jacke y una sonrisa escalofriante. Volví mi vista al papel estrujado y lo abrí despacio temiendo lo que me encontraría.

Esta mañana te salvaste, dientes de lata, pero no será igual en el almuerzo, rúégale a tu Diosito para que no te encuentre.

El coraje fluyó a través de mí después de mucho tiempo y con todo el valor que poseía le devolví la nota. Una valentía suicida se apoderó de mis dedos.

Prefiero rogarle al diablo, tal vez él me dé mejores resultados. Lucia.

Firmé la nota para darle más poder, según yo y justo cuando la lanzaba sonó la campana. Rápidamente tomé mi mochila y el chico a mi lado igual por lo que nuestros brazos se rozaron en el acto. Sentí una descarga de calor en el punto de contacto, una vibración que me dejó sin aliento. Sin detenerme a pensar en ello guardé todas mis cosas y comencé a salir del salón, pero su voz me detuvo.

— ¿Me puedes ayudar a encontrar los demás salones, por favor? —lo miré algo desconfiada, pues, aunque no había dado indicios de ser como las demás personas de este lugar, se me hacía difícil creer que alguien fuese diferente. — ¿Cuál te toca? —solté finalmente. Él se rascó la nuca intentando recordar. —Historia —contestó luego de unos segundos.

— ¿Historia? a mí también, vamos —terminamos de salir del salón de clases y emprendimos el camino hasta el siguiente salón. Él me siguió a la par todo el camino y cuando llegamos al salón pensé que se sentaría en otro lugar, sin embargo, se sentó junto a mí y puso nuestras mochilas en frente como lo había hecho en la otra clase.

Pude notar que más de una chica lo observaba y no era para menos con lo bien que se veía. La maestra entró y solo pude aburrirme en la clase, odiaba historia, el solo hecho de estar pendiente de algo que pasó hace cientos de años y en algo donde yo no estuve me daba pereza.

Así paso la mañana, yo llevando a Dylan a las clases, que por casualidad nos tocaban todas juntos y Jacke con sus constantes miradas hacia mí. Esta era la última hora antes del almuerzo y no dejaría que Jacke me tocara un solo cabello.

— ¿Maestro, puedo ir al baño? —él me miró unos segundos antes de asentir. Tomé mi mochila y salí de la clase directo a los casilleros, dejé mi mochila ahí, pero antes de cerrar mi casillero alguien lo cerró por mí, temblé unos segundos y le rogué al purgatorio que no fuera Jacke. Miré hacia mi izquierda y era Dylan quien se encontraba ahí.

— ¿No que ibas al baño? —lo miré desconfiada, me había seguido —no me mires así, eres mi guía, sin ti aquí estoy más que perdido —la campana sonó y me di un zape mentalmente, Jacke me encontraría. Observé las personas que ya salían de sus salones hacia sus casilleros, la mayoría miraba con curiosidad al chico nuevo.

—Hay más personas que conocen este lugar a la perfección, pídeselo a alguien más, ahora me tengo que ir —él me sostuvo del brazo antes de que lo hiciera. — ¿Por qué tan de prisa? —frunció el ceño — ¿fue por la nota que te envió ese chico? ¿Josh? —Jacke —le corregí. —Ah sí, ese —negué. —No es por eso, me tengo que ir —me sostuvo otra vez. —No, irás conmigo a la cafetería, no quiero ir solo.

—Por todos los dioses mira a tu alrededor, hay más de una chica que estaría dispuesta a llevarte, yo no quiero ir —él se quedó mirando mi boca, había mostrado mis frenillos a la perfección. —Oh, usas frenillos —asentí —con razón —rodé los ojos —de todas maneras, quiero que vayas tú conmigo —suspiré.

—Bien, sí, es por Jacke, me molestará y no quiero que eso pa... —mis palabras fueron interrumpidas por Jacke viniendo hacia acá, mi rostro se llenó de miedo, estaría más que molesto por haberle devuelto la nota.

—Chico nuevo, ¿me prestas a dientes de lata un rato? ****—Que no me deje ir, que no me deje ir, que no me deje ir —rogué en mi interior.

— ¿Para qué la quieres? —Jacke frunció el ceño. —Eso no debe de importarte, solo déjamela un rato —Dylan sonrió, pero no era una sonrisa normal, era una maliciosa. Una sonrisa que prometía cosas que no se dicen en voz alta.

—No —se rió y me tomó del brazo. Caminó conmigo por los pasillos y no sabía a dónde íbamos —me hice el que sabía de esto, pero ni puta idea de dónde está la cafetería —reí un poco y ahora la que caminaba con dirección a la cafetería era yo, él me siguió y llegamos en pocos minutos.

—Ahí está, nos vemos —por tercera vez en el día me detuvo. — ¿A dónde vas? Tú entras conmigo —me agarró de los hombros y prácticamente me empujó hacia la cafetería antes de que yo pudiera hacer algo para evitarlo.

Todo se quedó en silencio, pero no me veían exactamente a mí, sino al chico que tenía detrás, Dylan pasó uno de sus brazos por mi hombro. Qué confianzudo. Caminó conmigo hasta la fila, podía sentir las miradas de odio y confusión hacia mí. Yo tomé una bandeja y coloqué en ella pastel de chocolate, jugo de naranja y pudín de chocolate. Definitivamente yo no me alimentaba bien.

Dylan solo tomó una manzana y uvas, pagamos nuestros almuerzos y nos fuimos a sentar, yo estaba nerviosa, en cualquier momento podrían derramar un almuerzo en mi cabeza accidentalmente.

— ¿Qué te pasa? Estás nerviosa y miras a todos lados, come tranquila —lo fulminé con la mirada. —No puedo ¿cómo te sentirías si fueras la única fea en un lugar como este? frenillos, lentes, cabello de mierda, hasta ojos normales, es un insulto que esté en este lugar, rodeada de perfección.

— ¿Y por qué estás aquí? ¿Eres becada? —negué. —Mis padres me metieron aquí el año pasado y he sido el motivo de burlas de Jacke y sus amigos, también de un grupo de chicas que lo único que sabe hacer es golpearme.

— ¿Por qué no te defiendes? —lo miré con obviedad. — ¿Hablas en serio? Son un instituto entero para una sola chica, no saldría viva de aquí. — ¿Por qué hacen eso? no lo entiendo la verdad —este chico tiene que ser idiota.

—Cuando nace maleza en medio de un rosal ¿qué suele hacer la gente? —le estaba hablando como si de un niño pequeño se tratase. —Arrancarla. —Eso es lo que intentan hacer conmigo, soy la maleza en medio del rosal.

—Te puedo ayudar —lo miré ceñuda. —¿En qué? —me metí un bocado de pastel a la boca. —A que nadie te moleste, a vengarte de los que te hacen esto, si quieres —su sonrisa estaba llena de malicia y perversidad, sentía que me estaba metiendo en terreno peligroso, pero no me importaba. Había algo en su mirada, un hambre antigua, que me decía que él no ofrecía ayuda por caridad, sino por un diseño más oscuro.

—¿Así tengas que ayudarme a quemar el instituto completo? —obvio no quemaría el instituto, pero quería saber hasta dónde llegaría para ayudarme. —Me importa poco si de media ciudad se trata.

La frase quedó suspendida en el aire, mezclándose con el olor a desinfectante y comida barata. Por un segundo, el ruido de la cafetería desapareció y solo estuvimos él y yo. Sus ojos, que finalmente pude ver de cerca, no eran ojos comunes; tenían destellos de un color que no debería existir en un ser humano.

—¿Entonces? —insistió Dylan, apoyando los codos en la mesa—. ¿Aceptas el trato, Lucía? No soy un ángel, pero puedo ser el demonio que necesitas.

Tragué el trozo de pastel, sintiendo que algo en mi interior se rompía para dar paso a una nueva y terrible fuerza. La maleza ya no quería ser arrancada; quería crecer hasta asfixiar al rosal.

—Acepto —susurré, y en ese momento, el sol que entraba por las ventanas de la cafetería pareció volverse un poco más frío.

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