
Mi Demonio Personal
Nesshka · Completado · 101.2k Palabras
Introducción
Hasta que llegó él y arrasó con todas las ataduras que yo misma me ponía.
Él me hizo creer que, si se podía confiar, que se podía ser mejor, pero, sobre todo, me enseñó que no se debía confiar en nadie.
Y que las personas mienten todo el tiempo excusándose en que solo te protegen.
Capítulo 1
La mañana comenzó con el mismo sabor metálico de siempre, el sabor del miedo que se instala en la base de la lengua antes de siquiera cruzar el umbral de la escuela. Caminaba por el pasillo principal, intentando hacerme invisible, reduciendo mi existencia a un punto insignificante en el espacio. Pero en el Colegio Masterful, la debilidad se huele como la sangre en el agua.
—Miren, ahí va la cuatro ojos —gritó mi bravucón. Yo solo respiré profundo y esperé lo que se avecinaba. El eco de su voz rebotó en los casilleros impecables, rompiendo mi frágil burbuja de anonimato. Sentí el peso de las miradas, esa curiosidad morbosa de quienes saben que no serán las víctimas hoy.
—Hey, ratón de biblioteca ¿a dónde vas tan de prisa? Si aún no empiezan las clases —y aquí van otra vez. Su risa era un sonido áspero, una lija contra mis nervios ya desgastados. Me detuve, no porque quisiera, sino porque el espacio a mi alrededor se había evaporado. —Es que la mocosa tiene miedo —gritó otro.
Ya estaba en medio de un círculo y un montón de estudiantes observando el espectáculo de todas las mañanas sin ganas de detenerlo. Sus rostros eran una masa difuminada de apatía y regocijo maligno; nadie movía un dedo, nadie desviaba la mirada. Eran cómplices silenciosos de mi lenta destrucción, alimentándose de mi incomodidad como parásitos de la autoestima ajena. El aire se sentía cargado, denso, como si el oxígeno se negara a entrar en mis pulmones.
—Pobre, no puede ni hablar. —Dientes de lata, defiéndete —yo solo miré al piso y agarré con fuerza mi mochila, pero sentí un jalón que terminó arrancándola de mis manos. El tirón fue tan brusco que mis hombros crujieron. Sentí una punzada de pánico; mi mochila era mi único escudo, mi pequeño refugio de papel y tinta.
—Vamos a ver qué hay aquí, dientes de fierro —abrió todos los compartimientos de mi mochila y la volteó haciendo que todo el contenido cayera al piso. El sonido de mis pertenencias golpeando el asfalto fue como el eco de mi propia dignidad desmoronándose. Cada objeto que caía era una pieza de mi intimidad expuesta al escarnio público.
Escuché las risas de todo el mundo y miré con asombro todas mis cosas tiradas en el piso: cuadernos, cartuchera, lápices sueltos, hojas, tampones... ¡tampones! Me agaché y le tiré un cuaderno encima para evitar que alguien los viera. El calor de la vergüenza me subió por el cuello, tiñendo mis mejillas de un rojo furioso que hacía juego con mi impotencia. Podía sentir el sudor frío en mi nuca. Él tiró la mochila al suelo y la pisoteó un par de veces y al ser negra se ensució por completo debido al polvo de sus zapatos. Sin meditarlo mucho la tomé y comencé a meter todo dentro una vez más. Mis manos temblaban tanto que me costaba sujetar los lápices que rodaban por el suelo, escapando de mí como si ellos también quisieran alejarse de la "apestada" del colegio. Me sentía pequeña, minúscula, un error de sistema en un mundo de perfección fabricada.
El timbre sonó anunciando el inicio de clases y todo el mundo me pasó por encima; literalmente. Sentí las suelas de sus zapatos caros rozar mis dedos, el peso de su indiferencia aplastando mi voluntad. Cuando me puse de pie siguieron los empujones hasta que pude llegar al salón de clases. Ya ni iba al casillero, era otro lugar para convertirme en la diversión y burla de todo el mundo. Los pasillos eran túneles de tortura donde cada taquilla cerrada guardaba un insulto potencial y cada esquina era una emboscada esperando suceder.
Al entrar al salón me ubiqué en uno de los asientos de la esquina donde podía observar cómo dos chicos en la clase se daban cariño, sin embargo, eran literalmente perfectos en cuanto a físico y por eso no le hacían burlas incluso hasta populares eran. Verlos era como mirar una película de un género que yo no tenía permitido consumir; una coreografía de afecto que me resultaba tan ajena como Marte. Pero no era eso lo que me molestaba, era el hecho de que ellos se apoyaban uno al otro y se daban cariño y llenaban sus vidas de felicidad. Yo no tenía a nadie que lo hiciera conmigo. La soledad no era solo la falta de gente; era el vacío ensordecedor de no ser vista por nadie como algo valioso, como algo digno de ser amado.
Lucía Cooper, ese era mi nombre, tenía 17 años y estudiaba en el colegio Masterful el más caro de la ciudad y uno de los mejores del país, su enseñanza era "estricta" y el director era "recto", patrañas, todo era falso, si bien enseñaban muy bien; aquí cada uno hacía lo que se le venía en gana; como convertir a una pobre chica en la bufona del lugar. El prestigio de la institución era solo un barniz brillante sobre una madera podrida por el elitismo y la crueldad selectiva. Y es que aquí todo el mundo era perfecto, en serio, millonarios, pieles perfectas, ojos hermosos y cabellos perfectos, hasta mi bravucón era sumamente precioso y sexy, no, esta no sería una de esas historias en la que la chica se enamora de la persona que la maltrata. Lo odiaba y nunca en la vida lo he soportado. Su belleza física solo hacía que su podredumbre interna fuera más obscena, como una fruta de cera, impecable por fuera pero vacía por dentro. El punto es que soy como la maleza en medio de un rosal y por eso soy el motivo de burla.
Tengo frenillos y usaba lentes, siempre llevaba una trenza y mi ropa no era la mejor, pero me sentía cómoda así, aunque los demás se burlaran y aunque los frenillos no eran por gusto. Eran una armadura metálica necesaria, pero para el resto eran solo otro blanco. Mis lentes, gruesos y funcionales, eran la ventana a través de la cual veía un mundo que me rechazaba sistemáticamente.
La clase entera me la pasé observando a la pareja, la verdad no sé cuántas veces le he rogado a Dios que me mande a alguien que me ayude a sobrepasar este martirio en el que vivo. Mis plegarias eran susurros desesperados que se perdían entre las fórmulas de física y los análisis literarios, palabras que parecían disolverse antes de alcanzar cualquier oído divino. Me preguntaba si Dios estaba demasiado ocupado con la gente "perfecta" como para notar a una chica en una esquina de un colegio de élite.
Se me pasó la mañana entera yendo de un lugar a otro y así se fue sin darme cuenta. En el almuerzo me fui al patio trasero, si iba a la cafetería no quería saber lo que me pasaría. El patio trasero era mi santuario de concreto, donde el olor a pasto cortado y humedad era preferible al juicio colectivo. Saqué unas galletas y me las comí lentamente, ya cuando llegara a casa comería tranquila, cuando acabó el receso volví a clases. El sabor seco de la comida era un reflejo de mi estado de ánimo, un trámite necesario para que mi cuerpo siguiera funcionando mientras mi alma buscaba un lugar donde esconderse.
━─━─「✦」─━─━
Cuando las clases acabaron pensé que me iría a casa a descansar de todo, pero unas chicas me observaron de reojo mientras caminaba a la salida y sin pensarlo mucho se acercaron hasta a mí. Su risa coral era el preludio de un desastre inminente, un sonido que ya había aprendido a identificar como una señal de peligro.
—Vas deprisa —comentó una de ellas. Intenté ignorarla, pero ella no tenía pensado hacer eso. El brillo de malicia en sus ojos era inconfundible, una crueldad gratuita que buscaba un objetivo fácil para terminar el día con "broche de oro". Así que me tomó del brazo con ayuda de otra chica. Sus uñas se clavaron en mi piel, un recordatorio físico de su poder sobre mí.
—Suéltame, joder —ignoró completamente mis palabras y cuando llegó a su destino se detuvo. Me arrastraron unos pasos, con esa fuerza que da la superioridad numérica y la falta de empatía. —A ver si así te compras ropa nueva —y lo siguiente que sentí fue un empujón que me tiró al suelo justo en un charco de lodo ubicado en el jardín delantero.
El impacto fue frío, viscoso y profundamente humillante. Sentí el agua sucia filtrarse por mis pantalones y manchar mi blusa clara. El lodo se me pegó a las manos y a la cara, una marca física de mi estatus en ese colegio. —Bonito día —dijo para después irse con sus amigas. Sus carcajadas flotaron en el aire, alejándose mientras yo me quedaba allí, una mancha oscura sobre el césped perfecto del Masterful.
—Biniti dii —solté un pequeño grito de frustración mientras me levantaba del lodo y comenzaba a caminar hasta la parada del autobús. La humillación pesaba más que la ropa mojada. Sentía las miradas de los conductores que pasaban, el juicio de los transeúntes, el peso de ser "esa chica". Mi trenza se había deshecho parcialmente y el lodo goteaba de mi mochila, marcando mi rastro como si fuera un animal herido.
Pegué un zapatazo al suelo al ver que se había ido, así que comenzó a caminar a casa ya que no tenía quien me viniese a buscar pues mis padres estaban en cosas del trabajo y no tenía chofer o auto como los ricos de este lugar. Mi soledad era un privilegio que mis padres pagaban con su ausencia, una libertad que en días como hoy se sentía como un abandono total. El camino a casa era largo y cada paso me recordaba mi miseria. Luego de unos minutos el cielo comenzó a nublarse y la rabia que tenía por dentro era demasiado grande. Estaba harta de rogarle al todopoderoso que me ayudase, eso nunca pasaba y hoy cambiaría de destinatario mi plegaria.
La fe es lo primero que se pudre cuando el dolor es constante. Si el cielo estaba sordo, quizá el abismo estuviera escuchando. Sentí un fuego negro arder en mi estómago, una furia que quemaba más que el frío de la lluvia que empezaba a caer.
— ¡Maldita sea! —grité cuando empezó a llover —quiero a alguien con quien compartir mis malditos días, no me importa si es un demonio quien lo hace, hasta un elfo que sea es bien recibido. El trueno que siguió a mis palabras fue tan fuerte que el suelo bajo mis pies vibró. No fue un trueno normal; fue una respuesta, un rugido que pareció salir de las entrañas de la tierra misma. El aire se volvió gélido de repente, y por un instante, la lluvia pareció detenerse en el aire, desafiando la gravedad.
Y luego de esas palabras, por extraño que parezca, sentí que esta vez alguien sí había escuchado mi plegaria. Una presencia invisible se materializó a mis espaldas, una sombra más densa que la noche que se avecinaba. Sentí un escalofrío que no era por el agua, sino por la consciencia de que algo, o alguien, acababa de aceptar mi invitación. El contrato no se firmó con tinta, sino con el barro de mis rodillas y la amargura de mi voz.
A lo lejos, las luces del colegio parecían parpadear y morir, dejando el camino en una penumbra antinatural. Había invocado al vacío, y el vacío, con una sonrisa que aún no podía ver pero que ya podía sentir, estaba extendiendo su mano hacia mí. Mi vida, tal como la conocía, acababa de terminar en ese charco de lodo.
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Últimos capítulos
#40 Capítulo 40 Final
Última actualización: 4/29/2026#39 Capítulo 39 Treinta y nueve
Última actualización: 4/29/2026#38 Capítulo 38 Treinta y ocho
Última actualización: 4/29/2026#37 Capítulo 37 Treinta y siete
Última actualización: 4/29/2026#36 Capítulo 36 Treinta y seis
Última actualización: 4/29/2026#35 Capítulo 35 Treinta y cinco
Última actualización: 4/29/2026#34 Capítulo 34 Treinta y cuatro
Última actualización: 4/29/2026#33 Capítulo 33 Treinta y tres
Última actualización: 4/29/2026#32 Capítulo 32 Treinta y dos
Última actualización: 4/29/2026#31 Capítulo 31 Treinta y uno
Última actualización: 4/29/2026
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