Capítulo 5 Cinco

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Lucia Cooper

Me había despertado a mitad de la noche por extraños ruidos que escuchaba. El silencio de la casa se veía roto por crujidos rítmicos, como si algo pesado se arrastrara sobre la madera vieja. Salí de la comodidad de mi cama, sintiendo el aire inusualmente denso, y abrí la puerta que daba hacia el pasillo para ver de qué se trataba. El corredor se extendía ante mí como una garganta profunda; este se encontraba oscuro y lucia realmente tétrico sin una luz que lo iluminara tenuemente. Un olor extraño, una mezcla de polvo antiguo y algo parecido al ozono que precede a las tormentas, flotaba en el ambiente. Caminé por el con sigilo, tratando de recordar donde se encontraba el interruptor de la bombilla. Mis dedos recorrieron las paredes de yeso frío, pero el tacto solo encontraba una superficie rugosa y gélida. Al no encontrarla y no escuchar otra vez los ruidos, volví a mi habitación, buscando el refugio de mis mantas.

Sin embargo, al entrar un escalofrío recorrió mi espina dorsal por completo. No era un frío normal de invierno; era una ausencia total de calor que parecía morder la piel. La habitación estaba más que fría, mi respiración provocaba un vaho que flotaba a mi alrededor, danzando en una imaginaria melodía bajo la pálida luz de la luna que se filtraba por las cortinas. El aroma de mi propia habitación había desaparecido, reemplazado por un olor metálico y rancio, como hierro oxidado bajo la lluvia.

Caminé lentamente hacia el interruptor de luz y lo encendí. El chasquido del plástico resonó como un disparo en el silencio sepulcral. No había nada, y pensé por un segundo que solo era mi imaginación traicionándome en la penumbra. Con un suspiro tembloroso, lo volví a apagar y fui directo a mi cama, me acurruqué entre mis sabanas y traté de dormir otra vez. El algodón de las sábanas se sentía como hielo contra mis piernas. Pero lo que más desconcertada me dejó fue sentir que la cama se hundía a mis espaldas lentamente, como si un cuerpo sólido y pesado se acomodara justo detrás de mí. El pánico me ancló al colchón. Cerré los ojos con fuerza, se me olvidó moverme, se me olvidó que tenía extremidades, olvidé incluso respirar.

La cama terminó de hundirse por completo, el peso era innegable, presente y aterrador. Sentí una respiración lenta y pausada en mi cuello; era un aire gélido que olía a tierra mojada y a flores marchitas, una exhalación que no pertenecía a los vivos. Cerré los ojos con más fuerza, deseando desaparecer. De pronto, unos dedos huesudos rozaron mi mejilla, dejando un rastro de frío entumecedor, y no lo soporte más. El grito se quedó atascado en mi garganta mientras corrí al interruptor y al encenderlo... no había nada. Solo el eco de mi propio corazón martilleando contra mis costillas.

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No había pegado un solo ojo en lo que quedó de noche. El miedo se había instalado en mis huesos como una fiebre persistente. La luz de mi baño y habitación permanecieron encendidas hasta que visualicé los tenues rayos de luz asomándose por mi ventana, pintando el cielo de un gris mortecino. Me había quedado sentada en el mueble de la esquina de mi habitación en el cual podía tener acceso a todo a mi alrededor, con los músculos tensos y los oídos atentos a cualquier susurro del viento.

Cuando el sol finalmente se alzó, me encontraba duchada en frente de toda la ropa que había comprado, tratando de usar la moda como una armadura contra el pavor nocturno. Después de haberlo pensado mucho elegí un vestido negro hasta medio muslo con mangas cortas, chaqueta de cuero que olía a nuevo y a seguridad, y plataformas negras cerradas. El cuero crujía con cada uno de mis movimientos, dándome una falsa sensación de fortaleza.

Luego de vestirme fui a la habitación de mis padres y rebusqué en los maquillajes de mi madre. El aroma floral y empolvado de sus cosméticos me reconfortó por un instante. Sabía usar el maquillaje, pues me había maquillado unas cuantas veces, pero no me gustaba lo suficiente como para tener cajones llenos de el en mi habitación. Tomé corrector para ocultar las enormes ojeras que se habían formado por haber pasado la mitad de la noche en vela, aplique base, polvos y un delineado de gato que afilaba mi mirada. Terminé con un labial color vino casi negro y estaba lista.

Rocié perfume de mi madre en mi cuello y muñecas, dejando que las notas de sándalo y jazmín me envolvieran, y salí de la habitación con él en mano. No tomé el labial, pues era mate y me duraría 24 horas hiciese lo que hiciese.

Tomé mi mochila y salí de casa sin desayunar, no es como si tuviera hambre después del susto que había pasado, todavía podía sentir esa huesuda mano acariciar mi mejilla y cada vez que lo hacia mi piel se erizaba. El recuerdo del olor a tierra húmeda seguía pegado a mi memoria. Había elegido usar el transporte escolar, si bien nadie lo usaba pues casi todo el mundo en el instituto tenía auto, lo tenían funcionado de todas maneras. El autobús olía a caucho quemado y a asientos de plástico viejo. Cuando este aparco frente al instituto bajé lentamente, con miedo, pero no sabía exactamente por qué. El aire de la mañana era fresco, pero no lograba disipar la opresión en mi pecho.

Busqué con la mirada el auto de Dylan, pero al parecer no había llegado. El estacionamiento era un hervidero de risas y motores encendidos, pero yo me sentía aislada. Fui directo a mi casillero y podía sentir miradas curiosas dirigidas hacia mí, murmullos que se cortaban cuando pasaba. Estaba nerviosa, sin la protección de Dylan cualquiera se podría me podría venir encima. El metal de los casilleros vibraba con el ajetreo matutino. Llegé a mi casillero y saqué los cuadernos que no utilizaría, pero antes de terminar alguien cerró el casillero con fuerza, el estruendo metálico me hizo saltar. Ese alguien estaba a mis espaldas y su mano estaba a mi izquierda, bloqueándome el paso. Me volteé lentamente y me encontré con su verdosa mirada, profunda y magnética. Sonreí sin quererlo y él igual, pero la suya no era como la mía, la de él era sádica, pero extrañamente encantadora. Su presencia emanaba un aroma a madera de cedro y algo salvaje, como el bosque después de un incendio.

—Solo he escuchado que hablan de ti en el estacionamiento —salí de mi trance al escucharlo hablar y me sonrojé al notar lo cerca que estaba de mi rostro. Su voz era un ronroneo bajo que vibraba en el aire. No dije nada y él sonrió cuando notó lo incomoda que estaba —tengo una duda que me carcome el alma —fruncí el ceño y él sonrió perverso, sus ojos brillando con una luz peligrosa — ¿alguna vez has besado a alguien? —me atraganté con mi propia respiración y lo empujé lejos de mi para poder toser y respirar con libertad. El oxígeno me faltó de repente, reemplazado por su perfume embriagador. Su risa lleno mis oídos y me enojé, no tiene el derecho de burlarse por tal cosa.

—No es como si alguien quisiera andar besando a una chica con dientes de lata —espeté, sintiendo el metal de mis brackets contra mis labios. Su risa cesó y frunció el ceño, su expresión suavizándose de una forma que no esperaba.

—Yo lo habría hecho —volví a sonrojarme violentamente y esta vez él me dio una sonrisa tierna, una que desarmaba mis defensas. Se acercó a mí de nuevo y tomó mi barbilla en sus manos para que lo mirara directo a sus ojos. Sus dedos estaban cálidos, un contraste perfecto con el frío de mi noche. Aun con mi metro setenta y seis tenía que mirar hacia arriba para poder verlo a los ojos.

—El único precio que pido por ayudarte es tu inocencia —fruncí el ceño, pues no entendía ¿mi inocencia? ¿A qué se refería con ese término tan arcaico y a la vez tan íntimo? —quiero que me dejes profanar tus labios —acarició mis labios con su dedo pulgar, una caricia lenta que quemaba —tu cuerpo —tomó mi cintura y dio pequeñas caricias sobre la chaqueta de cuero, haciendo que el material crujiera. Me miró de una manera que me hizo sentir desnuda, vulnerable, como si pudiera leer cada uno de mis secretos —tu alma —finalizó con un susurro que erizó cada vello de mi cuerpo.

Yo no sabía que decir o hacer, estaba, estaba, ¡no sabía ni eso! Él lograba despojarme de las pocas armas que tenía con tan solo una frase, un roce o con tan solo mirarme. El pasillo parecía haber desaparecido, dejándonos en un universo donde solo existía su calor y su mirada. Comenzó a ponerme nerviosa al ver que acercó por completo su rostro al mío y lo peor de todo esto es que yo no podía hacer nada para apartarlo o mejor dicho, no quería. El mundo exterior se redujo al aroma de su piel.

Por primera vez en mi vida alguien se interesaba de esta forma por mí, él me hacía sentir de todas las formas posibles, pero obviamente ninguna era en forma negativa. Era una tormenta eléctrica contenida en un solo hombre. Cuando estuvo totalmente cerca de mi rostro, tan cerca que mi respiración se confundía con la de él, tan cerca que podía sentir el calor que su cuerpo emanaba, tan cerca que con tan solo un mínimo movimiento nuestros labios se podrían rozar, la campana para el inicio de clases sonó con una estridencia salvadora. Aproveché eso como una buena excusa para alejarme de él, lo empujé suavemente y por el poco espacio que quedaba entre los casilleros y su cuerpo pude salir, sintiendo mis mejillas arder.

Prácticamente corrí a clases de matemáticas y nunca había estado más agradecida de que la campana sonara, pues Diablos ¿cómo haría lo que se supone él quería hacer? Mi mente era un torbellino de dudas técnicas y ansiedad adolescente. No sabía besar ¿Tenía que dar inicio yo o él? ¿Tenía que inclinar mi cabeza a la izquierda o a la derecha? ¿Debía colocar mis labios en la parte inferior o superior de los suyos? ¿Debía empezar lento o suave? ¿En qué momento debía usar mi lengua? ¿cómo rayos usaba yo mi lengua? ¿Y mi respiración? ¿Debía respirar o no? ¡Maldición, era un desastre! El olor a tiza y desinfectante del salón de clases no lograba calmar mis nervios.

Me senté en la parte de atrás al igual que siempre y minutos después Dylan entro al salón con el ceño fruncido. Sus pasos eran pesados, cargados de una energía oscura. Sus ojos estaban más oscuros de lo normal y me miró de una forma que no sabría explicar, una mezcla de posesión y furia contenida. Se sentó junto a mí y yo solo me dedique a estrujar mis dedos encima de la mesa, sintiendo el sudor frío en mis palmas. En toda la clase pude sentir su mirada clavada en mí, como un peso físico sobre mi piel, pero no me atrevía a confirmarlo, pues aún estaba más que abrumada por todo lo que sentí al tenerlo tan cerca de mí en el pasillo. El aire en el aula se sentía cargado, eléctrico, como si una tormenta estuviera a punto de estallar sobre nuestras cabezas.

Al acabar la clase salí de la misma manera en la que entré hacia la clase de educación física. El gimnasio olía a sudor antiguo, cera de piso y goma. La odiaba con todo mi corazón, pues generalmente lo que se jugaba era el balón prisionero, la clase se dividía en dos grupos y la cancha por igual, luego los equipos se lanzan balones hasta que quedaba tan solo personas en un equipo, ese era el ganador. Un juego de supervivencia que detestaba.

Entré al vestuario de mujeres y todas las chicas me observaban curiosas, sus susurros eran como picaduras de insectos. Saqué el "uniforme" de educación física, que más que eso parecía un piyama, consistía en un short azul cielo que apenas y te tapaba el culo y una camiseta blanca de tirantes que dejaba demasiado a la vista. Me cambié frente a todas esas chicas sin ningún pudor, impulsada por una extraña nueva confianza, y salí de ahí al terminar, pero antes dejé mis cosas en el casillero asignado.

Fui hacia el centro del gimnasio y pude observar a Jack y a Dylan en medio, con toda la clase a su alrededor. La tensión entre ellos era casi tangible, un muro de hostilidad. Las pocas chicas que faltaban llegaron y se situaron en los alrededores del circulo, como sospechaba, era ese maldito juego el que jugaríamos y tal vez me seleccionarían de ultimo, como siempre y sería la primera en salir por que más de diez balones serían lanzados en mi dirección con saña.

—Bien, ya los capitanes de ambos equipos fueron seleccionados, ahora elijan a sus participantes y que empiece el juego —ordenó el profesor, su voz resonando en el techo alto de lámina.

Miré hacia el centro y confirmé mis sospechas, ellos estaban en medio porque serían los capitanes. Jack eligió primero con una sonrisa arrogante y Dylan miro a todos lados buscando algo, sus ojos recorriendo la multitud con urgencia, pero al parecer no lo encontró hasta que sus ojos se cruzaron con los míos.

— ¡Lucia! —gritó y yo di un respingo al escuchar mi nombre resonar en las paredes del gimnasio.

— ¡Aquí! —alcé la mano mientras gritaba, mi voz rompiendo mi propia timidez. Todos se voltearon a mirarme con ojos bien abiertos, el asombro pintado en sus rostros. Pasé por medio de todos hasta llegar al lado de Dylan, sintiendo el calor que irradiaba su cuerpo.

Este sonrió hacia mí, una sonrisa privada y feroz, y yo no pude evitar devolvérsela.

—Pero dientes de lata está muy cambiada —la voz de Jack hizo eco en todo el lugar, cargada de veneno. Dylan se volteó a mirarlo y sus ojos estaban más oscuros que en el salón, casi negros de ira. Su respiración estaba un poco errática y sus manos se cerraron en puños, los nudillos blancos. El ambiente se volvió gélido, recordándome extrañamente a la noche anterior.

—Vuelves a decirle así y ahora no será tu dedo el que te rompa, será tu mano completa —sentí un hormiguero que iba de mi estomago hasta mi entrepierna, una descarga eléctrica que me dejó sin aliento. Mordí mi labio inferior y observé a Jack que se había vuelto pálido con la amenaza de Dylan, su arrogancia desinflándose en un instante. Él tenía su dedo envuelto en una venda blanca y me reí por eso, un sonido pequeño y triunfante. El profesor gritó que siguiéramos con la selección y así fue, aunque el aire seguía vibrando con la promesa de violencia.

Luego de terminar de elegir, estábamos divididos en dos y la cancha en medio totalmente vacía. El olor a cuero de los balones inundaba mis sentidos. Todos teníamos una pelota en la mano, aunque yo, considerando mi poca fuerza no podría llegarla al otro lado. Dylan estaba frente a mí, como un escudo humano, y los demás de nuestro equipo alrededor. El silbato del profesor inició la batalla con un sonido agudo. Pelotas volaban de un lado a otro como proyectiles y solo las observaba pasar cerca de mí, silbando en el aire. Ninguna llegaba a tocarme, pues Dylan las detenía con una agilidad asombrosa antes de que me golpearan, sus movimientos eran precisos, casi inhumanos.

El campo de batalla se fue reduciendo, el chirrido de los tenis contra el suelo era lo único que se escuchaba además de los impactos. Al final quedamos Dylan y yo en nuestro lado y del otro Jack y cuatro chicos más que nos miraban con intenciones asesinas. Acabarían con nosotros. Pensé, sintiendo un nudo en la garganta. Todos los que habían salido del juego estaban atentos a lo que pasaría, el silencio en las gradas era absoluto. Le pasé mi pelota a Dylan, confiando ciegamente en él, y me sostuve de su cadera para poder moverme al compás de él, sintiendo la dureza de sus músculos bajo mis manos. Lanzó dos pelotas al mismo tiempo que los otros cinco y estas impactaron con fuerza en dos oponentes. Las cinco que ellos lanzaron fueron atrapadas y lanzadas por Dylan a velocidad inhumana, un despliegue de fuerza que me dejó maravillada. Ahora, solo quedábamos dos y dos, solo que yo no contaba; pues no había lazado una sola pelota. Dylan se deshizo del otro con un tiro certero y Jack quedo solo. Desesperado, este lanzo su único balón con intenciones de golpearme a mí, buscando el blanco más fácil, pero Dylan lo sostuvo antes de que impactara, protegiéndome de nuevo, y lo lanzó hacia Jack con una potencia aterradora. No pudo atraparlo y este le dio justo en la cara; la piel se le puso roja y él soltó un quejido de dolor que resonó en todo el gimnasio. Joder, que satisfactorio fue escuchar eso.

Dylan se giró para quedar frente a mí, ignorando los vítores y los murmullos de la clase. Aun con toda la actividad que había hecho no parecía cansado y no se veía sudado por ningún lado; su piel seguía perfecta, emanando ese aroma a cedro que me volvía loca. Acunó mi rostro en sus suaves manos, sus dedos calientes sobre mis mejillas aún frías por el recuerdo de la noche, y me miró profundamente, como si buscara algo en mi alma.

—Te prometo oficialmente que nadie te tocara un pelo si yo puedo evitarlo, te protegeré con mi vida si es necesario, Luci. Antepondré tu seguridad antes que la mía y si el oxígeno llega a escasear y debo darte el mío dejare de respirar para que tú lo hagas —sus palabras fueron un bálsamo, una promesa que vibró en el centro de mi pecho. Y luego de sus dulces palabras, ahí, en medio de todos los estudiantes, bajo la luz fluorescente del gimnasio, presionó sus labios con los míos en un suave beso. El mundo se detuvo. Luego los entrelazo y yo solo me dejé llevar, perdiendo el miedo a lo desconocido. Acaricié mis labios con los suyos y para mí fue el toque más glorioso que alguna vez haya tenido; el sabor de su boca era dulce y embriagador. Hermosas sensaciones invadían mi cuerpo sin temor a no ser conocidas, un calor que nació en mi pecho y se extendió hasta las puntas de mis dedos, pero no me importó no saber lo que sentí, para mí fue suficiente el saber qué fue lo mejor que había experimentado en toda mi vida.

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