Capítulo 6 Seis
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Lucia Cooper
El aire en la cafetería estaba saturado con el olor rancio de la comida recalentada, el vapor de las frituras y el murmullo incesante de cientos de estudiantes. Sin embargo, en nuestra mesa, el silencio era tan espeso que se podía cortar.
—Deja de mirarme así —dijo con una sonrisa ladeada que hacía que su mirada verde grisácea brillara con una chispa peligrosa. Yo solo seguí apuñalando mi almuerzo con el tenedor y con mi rostro impasible, aunque por dentro mis nervios estaban a flor de piel —enserio, deja de hacerlo, siento que me desnudas con los ojos.
Sentí un calor súbito subir por mi cuello. Recorrí la parte que podía ver de su cuerpo, la cual estaba cubierta por una camiseta negra de algodón fino y una chaqueta que olía a cuero y a una fragancia masculina, amaderada y limpia.
—Ahora si pareces una completa acosadora —bromeó, aunque su voz tenía un matiz ronco que me hizo estremecer. Retorcí con más fuerza el tenedor contra el plástico de la bandeja.
— ¿Por qué lo hiciste? —hablé por fin después de horas de mantener las palabras encerradas bajo llave. Mi propia voz me sonó extraña, casi un susurro en medio del caos del comedor.
—Llevas media mañana sin hablar y ¿solo lo haces para preguntar eso? —frunció el entrecejo, y por un momento la luz de la cafetería pareció atenuarse sobre él.
—No tenías derecho —lo miré directo a sus orbes verde grisáceas, tratando de ignorar cómo mi corazón golpeaba mi pecho —era mi primer beso —esto último lo dije en voz baja, sintiendo la humillación mezclada con una extraña nostalgia.
—Lo sé, y no me vengas con que no tenía derecho, quería... quería besarte y simplemente lo hice, Lucia —pasó sus manos por su cabello despeinándolo, un gesto que delataba una impaciencia contenida, casi salvaje.
—Pero no pensaste en mí, no lo quería así —volteé a ver a las demás mesas de la cafetería, las cuales estaban que reventaban de gente riendo y gritando, y la nuestra prácticamente vacía, como si una barrera invisible mantuviera a los demás alejados de nosotros.
—Lo siento, no soy de esos chicos románticos o esos príncipes azules que salen en los cuentos de hadas. Si lo que esperabas era un parque lleno de flores y un beso en medio del atardecer te advierto que eso nunca lo veras de mí. Ciertamente ni siquiera sé si te gusto. Creo que es cierto, no tenía derecho a besarte y no debí hacerlo tampoco, eres demasiado dulce para mí —sonrió tristemente, un gesto que me dolió más que cualquier insulto —demasiado inocente —concluyó antes de ponerse de pie, dejando una estela de ese aroma a cedro tras de él y abandonándome sola en la mesa con la cabeza hecha un lio y el incesante cosquilleo de mis labios, que aún conservaban el fantasma de su tacto.
Suspiré un tanto enojada conmigo misma antes de ponerme de pie con mi bandeja en mano. Mis pasos se sentían pesados sobre el linóleo brillante. Una chica que me había insultado un par de veces venía en mi dirección, su perfume floral barato chocando agresivamente con el ambiente, pero no venía exactamente hacia mí. Un pensamiento algo descabellado paso por mi mente, una chispa de rebeldía que nunca antes había sentido. Miré hacia otro lado, fingiendo distracción, y justo cuando ella venía a pasar por mi lado choqué con ella arrojando mi comida a su ropa "accidentalmente". El olor a salsa de tomate y puré se esparció por su blusa blanca. Ella abrió los ojos espantada, mirando la mancha que se extendía.
—Oh rayos, lo siento —me disculpé y puse una mano en mi boca en forma de "asombro" pero ciertamente estaba ocultando mi sonrisa de satisfacción.
—Como sea —su rostro estaba rojo, una mezcla de furia y vergüenza, y lo último que hizo fue salir del lugar corriendo hacia los baños. Eso fue fácil. Demasiado fácil.
Luego de eso llevé la bandeja a su lugar y salí directo al salón en busca de Dylan. El aire en los pasillos se sentía más ligero. Creo que exageré mucho por un beso. Pero es que era mi primer beso, se supone que debería ser algo más especial, algo sacado de una película. Al diablo con todo eso, el romanticismo solo está en los libros que leo, debo tener mente abierta si quiero estar con un chico como Dylan, alguien que rompe todas las reglas.
Oh por todos los infiernos Lucia ¿te has escuchado por un momento?
Ciertamente no, no estoy pensando con claridad, es como si una corriente eléctrica recorriera mis venas, empujándome a actuar.
Luego de buscar a Dylan como loca y no encontrarlo por ningún rincón del instituto, minutos antes de que acabaran las clases fui al estacionamiento. El sol de la tarde calentaba el metal de los vehículos, creando un ambiente sofocante que olía a asfalto y gasolina. Lo esperé recostada de su auto, un vehículo oscuro que parecía absorber la luz. No estaba segura de sí lo que haría seria lo mejor, pero no me importaba, estaba harta de huirle a los riesgos y no correrlos. Escuché el timbre, un zumbido lejano, y segundos después los estudiantes empezaron a salir despavoridos de sus salones. Luego de unos minutos salió Dylan y al verme frunció levemente el ceño. Supongo que no se esperaba verme aquí después de lo de hace unas horas, después de su despedida en la cafetería.
— ¿Necesitas algo, Lucia? —preguntó una vez llego frente a mí. Su voz sonaba cansada, pero sus ojos me escaneaban con una intensidad renovada.
Lo observé y me di cuenta una vez mas de que era muy alto y más para lo que tenía pensado. El contraste entre su estatura y la mía siempre me hacía sentir pequeña, pero esta vez, me sentía poderosa.
Asentí y él hizo un ademan para que hablara, yo solo le hice unas señas con mi mano incitándolo a que se agachara hasta mi altura y él cruzado de brazos lo hizo, con una expresión de curiosidad cínica. Cuando estuvo a mi altura lo tomé del cuello, sintiendo el calor de su piel y la suavidad de su cabello en mis dedos, y lo halé más a mi hasta estampar sus labios con los míos. Tomé su labio inferior entre los míos y los moví lentamente en un ritmo algo inexperto, pero cargado de determinación. Él por un momento no me siguió el beso por la sorpresa, quedándose rígido bajo mi agarre, pero luego sentí sus manos grandes y firmes en mi cadera y marcó el ritmo del beso, profundizándolo. Yo solo me deje llevar por la marejada de sensaciones. Mis ojos estaban cerrados y de esta forma podía sentir todas las emociones juntas querer asfixiarme; era un sabor a menta y peligro. ¿Esto se sentía al dar un beso? ¿De tanto me había perdido por unos malditos frenillos? Él se separó lentamente, nuestras respiraciones entremezclándose en el aire caliente, y me sonró como siempre; siniestra y maléficamente, pero con una nueva chispa de respeto en su mirada.
—No me importa que no seas un príncipe azul, con uno de las tinieblas me conformo. Tampoco me importa si no eres romántico, no es como si eso sea algo relevante. Y si soy tan inocente para ti entonces, corrómpeme. Te dejaré profanar mis labios, mi cuerpo, mi alma, te dejaré arrancar toda la inocencia en mí, no me importa nada de eso si tu estas a mi lado —mi declaración vibró entre nosotros, cargada de una madurez súbita y oscura. Sus hermosos ojos me miraban con un brillo inusual y eso no era lo impresionante, si no la forma en la que se oscurecían lentamente, pasando del gris al negro absoluto, haciéndolo ver malditamente atractivo.
— ¿Estas segura de lo que dices Lucia? —asentí enérgicamente, sin un ápice de duda —una vez lo dices en voz alta es imposible arrepentirse —susurró cerca de mis labios, su aliento rozando mi piel como una promesa peligrosa.
—No me arrepentiré, estoy segura —él soltó su sonrisa característica, esa que parecía conocer secretos que yo apenas empezaba a vislumbrar.
—Aun no me conoces como realmente soy, lo más posible es que salgas corriendo al hacerlo —la forma en la que lo dijo era amargo, como si estuviera más que seguro de que eso es lo que haría, como si estuviera acostumbrado al rechazo de quienes descubrían su verdad.
— ¿Como? —pregunté sin entender, el miedo empezando a punzar de nuevo en mi estómago. Su confesión me había dejado confundida.
—Vamos a mi casa, conocerás al verdadero Dylan, bueno en realidad a Axel Kristoph —me tomó de la mano, sus dedos apretando los míos con una fuerza inusual, y me metió en el asiento de copiloto. Estaba confundida ¿De que hablaba? ¿A qué se refería con ese nombre que sonaba tan antiguo y aristocrático?
Él se colocó en el asiento de piloto y puso el auto en marcha con un rugido del motor. El interior del vehículo olía a él, a esa mezcla de madera y algo frío, casi como la nieve. Y yo decidí callar hasta llegar al lugar a donde él se dirigía. En todo el trayecto me la pase retorciendo mis dedos; ansiosa, nerviosa... Ni siquiera me importó que el estuviera conduciendo a una velocidad alta, esquivando el tráfico con una precisión aterradora, solo quería obtener las respuestas a las preguntas que se formulaban una y otra vez en mi cabeza como un mantra frenético.
Él detuvo el auto frente a una casa un tanto extraña que parecía aislada del resto del mundo; era de colores oscuros, casi negros, con una arquitectura que desafiaba la estética del vecindario. Él se bajó y abrió la puerta de mi lado con una elegancia que me puso los pelos de punta. Había llegado tan rápido a mi lado que no lo había visto venir. Salí del auto y pude apreciar la casa mejor bajo la luz del atardecer. Era de dos pisos, pero en las esquinas tenía torres parecidas a la de los castillos medievales, alzándose contra el cielo purpúreo.
Caminé detrás de él por el sendero de piedra mientras observaba como jugueteaba con las llaves que tenía en su mano derecha. El metal tintineaba rítmicamente. Estaba segura qué era por los nervios, o quizás por la anticipación. ¿Era tan malo lo que me diría? Al estar frente a la puerta la abrió de forma rápida y sencilla y me invito a pasar.
La casa por dentro era un tanto tenebrosa, un laberinto de sombras y elegancia gótica. Las paredes estaban pintadas de un violeta oscuro, casi del color de los moretones, y se respiraba un aire tenebroso y de mal augurio. El ambiente olía a incienso de mirra y a algo más antiguo, como libros viejos y piedra húmeda. Al caminar un poco entré a lo que supuse era la sala la cual estaba llena de cuadros extraños de cuerpos desmembrados y de La Parca, mejor conocido como la Muerte, cuyas cuencas vacías parecían seguir mis movimientos.
Este lugar era tétrico, pero extrañamente fascinante. En medio de esta estaban unos muebles negros de cuero colocados simétricamente y una mesita de cristal en medio. Él con toda la tranquilidad se tiró al sofá, moviéndose con una gracia felina. Yo, con lo nerviosa que me sentía y mis piernas de gelatina con pocas ganas de cooperar caminé hasta el sofá que estaba enfrente suyo, sintiendo el frío del lugar calar mis huesos.
Él me observó con sus profundos ojos y decidí romper el silencio que se había formado, un silencio cargado de una energía estática que hacía que mi piel hormigueara.
— ¿Me puedes explicar que maldiciones pasa y quién diablos es Axel Cristian? —él soltó una carcajada que resonó en las torres de la casa y yo lo fulminé con la mirada, molesta por su diversión a costa de mi confusión.
—Es Axel Kristoph —deletreó el nombre lentamente, saboreando las sílabas, y yo solo me concentré en el movimiento de sus labios al hacerlo, recordando el beso en el estacionamiento.
Removí mi cabeza para despejar los pensamientos que no venían al caso y me concentré en lo importante.
—Como sea ¿dime qué diablos estoy haciendo aquí? ¿Y qué es lo que me quieres mostrar? —él suspiró y paso sus manos por su cara, como si estuviera a punto de revelar un secreto que había guardado durante siglos.
— ¿Recuerdas ese día, hace unas semanas, en el que gritaste en medio de la calle que querías a alguien que te acompañara y que hiciera tus días mejores? —asentí sin poder creer que él supiera eso, un escalofrío recorriendo mi espalda al recordar mis palabras desesperadas al viento — ¿recuerdas ese momento en el que dijiste que no te importaba si era Lucifer quien te mandaba uno de sus demonios? —asentí otra vez sin poder articular palabra, mi garganta seca como el desierto —tus plegarias fueron escuchadas, pequeña y —hizo una pequeña pausa y soltó un suspiró antes de terminar, y de pronto, el olor a azufre y flores marchitas inundó la estancia —y aquí estoy.
Sus ojos se volvieron totalmente negros; sin iris, sin pupila, solo un abismo insondable. Su cabello creció un poco más, oscureciéndose, y sus rasgos se volvieron más delicados, afilados y hermosos, de una belleza que dolía mirar. Unas alas negras, inmensas y plumosas como la noche misma, salieron de su espalda rasgando su chaqueta, y unos pequeños colmillos salieron de su boca, brillando bajo la luz mortecina. Su presencia ahora emanaba un poder antiguo y aterrador. Esa fue la última cosa que vi antes de que el pánico cerrara mi garganta y todo fuera oscuridad, cayendo en un vacío profundo mientras su imagen demoníaca se grababa en mi retina.
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