Capítulo 1 1

—Si piensa arruinar mi lanzamiento, señorita Salgado, preferiría que me avisara antes de firmar el contrato.

La frase me encontró con una cuchara de degustación entre los dedos y el nombre Ferro escondido quince años detrás de mi lengua.

Levanté la vista.

Tristán Abascal estaba al otro lado de la mesa de mármol, impecable dentro de un traje gris oscuro que probablemente costaba más que mi primer horno profesional. Tenía una expresión demasiado tranquila para alguien que acababa de acusarme de sabotaje.

—Si pensara arruinar su lanzamiento, señor Abascal, no empezaría por el chocolate. Empezaría por esa corbata.

Su asistente ahogó una tos.

Tristán miró hacia abajo, como si acabara de descubrir que llevaba una.

—Es italiana.

—Eso explica el precio, no el delito.

Una sonrisa mínima apareció en su boca.

Maldita sea.

No había venido a hacerlo sonreír.

Había venido a entrar en su empresa, encontrar los documentos que demostraban cómo Ezequiel Abascal había destruido a mi padre y salir antes de que alguien relacionara a Ainara Salgado con Ainara Ferro.

Nada más.

La sala de catación olía a cacao tostado, naranja y mantequilla. Había preparado cinco muestras para la selección final del contrato. Cuatro eran impecables.

La quinta era una provocación.

Setenta y ocho por ciento de cacao, sal ahumada y un relleno de caramelo casi amargo.

Tristán tomó otra pieza.

—Esta es la que quiero.

—No.

Su asistente me miró como si acabara de golpear al CEO con una silla.

Tristán no parpadeó.

—Qué alivio. Pensé que esta reunión iba a ser aburrida.

—Esa pieza no está terminada.

—Me interesa más que las otras.

—Las otras están listas para venderse.

—Precisamente.

Apoyó los antebrazos sobre la mesa y redujo la distancia entre nosotros. Yo debería haber pensado en los archivos legales dos plantas arriba.

Pensé en sus manos.

Grandes, cuidadas, con una pequeña cicatriz cruzándole el nudillo derecho.

Me irritó notarlo.

—Explíqueme por qué no quiere venderme la mejor —dijo.

—Porque todavía pelea consigo misma.

—¿El chocolate pelea?

—El bueno, sí.

—¿Y el malo?

—Se conforma.

Esa vez sí sonrió.

No era justo que un Abascal tuviera una boca así.

Me obligué a mirar las muestras.

—La sal aparece demasiado tarde. El caramelo domina el primer bocado y luego desaparece. Necesita equilibrio.

—No quiero equilibrio.

—Entonces contrate a otra persona.

La asistente dejó de fingir que escribía.

Tristán se enderezó.

—¿Siempre negocia amenazando con irse?

—Solo cuando alguien quiere pagarme por hacer mal mi trabajo.

—Todavía no le he pagado.

—Entonces todavía está a tiempo de salvarse.

El silencio duró dos segundos.

Después soltó una carcajada breve.

Eso me descolocó más que su acusación inicial.

Había estudiado a Tristán durante semanas. Fotografías, entrevistas, reportes financieros, perfiles cuidadosamente aburridos. “Reservado”. “Implacable”. “Heredero de hielo”.

Ningún artículo mencionaba que se reía inclinando ligeramente la cabeza.

Ninguno decía que sus ojos se volvían casi negros cuando algo le interesaba.

Y ninguno, definitivamente, decía que podía mirarme como si la discusión fuera un aperitivo.

—Quiero la quinta receta —repitió—. Y quiero que usted la termine.

—Eso estaba incluido en la propuesta.

—No de la manera que estoy pensando.

Ahí estaba.

Mi oportunidad.

No podía permitirme improvisar. Cayetana me había hecho jurar que no buscaría archivos el primer día, que no haría preguntas sobre Ezequiel y, sobre todo, que no reaccionaría cada vez que alguien pronunciara Abascal como si fuera una amenaza. Yo había prometido las tres cosas. También había prometido no sentir nada frente a Tristán. Esa última promesa empezaba a parecer escrita por una idiota.

Y todavía no había probado su paciencia.

Abrí la carpeta que había llevado preparada.

—Mi atelier conserva control creativo. Usted aprueba concepto, presentación y presupuesto. Yo decido método, proveedores y desarrollo.

—Leí el contrato.

—Qué atractivo.

Su mirada bajó un instante hacia mi boca.

Solo un instante.

Suficiente.

Sentí calor en el cuello y me odié un poco por ello.

—¿Eso fue un cumplido? —preguntó.

—Fue preocupación. La alfabetización empresarial está en crisis.

La asistente tuvo que mirar hacia otro lado.

Tristán se acercó a la mesa y tomó la pluma.

Yo contuve el aire.

La firma significaba acceso al proyecto, al calendario interno, a reuniones, oficinas y, si jugaba bien mis cartas, a los archivos históricos que mi padre nunca pudo tocar.

Anselmo Ferro había muerto sin recuperar su fábrica.

Yo no pensaba morir sin recuperar su nombre.

Tristán firmó.

Una línea limpia.

T. Abascal.

El apellido me golpeó con una violencia ridícula.

Recordé a mi madre vendiendo bombones desde nuestra cocina cuando yo tenía quince años. Recordé a mi padre sentado frente a una caja de documentos, repitiendo que algún día alguien encontraría la trampa.

Recordé el funeral.

—¿Señorita Salgado?

Volví a la sala.

—¿Qué?

—Tiene cara de querer apuñalar mi firma.

—Es una firma bastante arrogante.

—Son siete letras.

—Exacto. Y ocupó media página.

Me sostuvo la mirada.

Por un segundo tuve la sensación absurda de que podía verme completa.

No Salgado.

No la chocolatera premiada.

No la mujer que había ensayado durante semanas cómo estar frente a él sin temblar.

Ferro.

Aparté la vista primero.

Error.

—Hay un cambio —dijo.

Mi estómago se tensó.

—No acepto cambios después de firmado.

—Aún no ha firmado usted.

Empujó el contrato hacia mí.

—¿Qué cambio?

—Voy a supervisar personalmente el desarrollo de la colección.

Lo miré.

—No.

—Otra vez esa palabra.

—Me funciona.

—Aprenderá otra.

—¿Cuál? ¿Renuncio?

—Trabajaremos juntos.

Sentí que alguien acababa de cerrar con llave la única puerta de salida.

—Su empresa tiene un equipo de producto.

—Y yo tengo interés en este lanzamiento.

—Yo trabajo mejor sola.

—Eso también lo leí.

—¿En mi currículum?

—En las entrevistas que dio después de Turín. También dijo que detesta que alguien pruebe una receta antes de que usted la considere lista, que rompe lápices cuando está enfadada y que una vez expulsó a un crítico de su atelier por llamar “postre” a una tableta de origen único.

Lo observé, desconfiada.

—Me investigó.

—Voy a poner una colección de varios millones en sus manos.

—Qué romántico.

—No estaba intentando serlo.

—Menos mal.

Su mirada volvió a mi boca.

Esta vez no fue un accidente.

Yo sentí el recorrido como si me hubiera tocado.

Estúpido cuerpo.

Tristán rodeó la mesa hasta quedar frente a mí. Demasiado cerca para una reunión de negocios. Lo bastante lejos para que cualquier protesta sonara exagerada.

—Mañana, siete de la mañana —dijo—. Cocina de pruebas.

—A las siete yo odio a todo el mundo.

—Entonces empezaré con ventaja.

—No sabe cuánto.

Tomé la pluma.

Firmar como Salgado nunca me había pesado tanto.

La punta quedó suspendida sobre la línea.

Durante quince años había construido una vida sin el apellido de mi padre para proteger lo poco que nos quedaba.

Ahora iba a utilizar esa vida para entrar en la casa del hombre que llevaba el apellido que lo había destruido.

Firmé.

Ainara Salgado.

Tristán tomó el contrato y lo cerró.

—Bienvenida al Grupo Abascal.

Guardé la pluma.

—No se emocione. Solo vengo a hacer chocolate.

Él inclinó la cabeza, con esa media sonrisa que ya empezaba a irritarme por razones que no quería analizar.

—Eso espero, señorita Salgado, porque algo me dice que usted vino aquí por mucho más que chocolate.

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