Capítulo 2 2

—Si vuelve a mirarme las manos de esa manera, voy a empezar a cobrarle por minuto.

Tristán levantó la vista desde mis dedos, donde yo extendía chocolate templado sobre una placa de mármol.

—Estaba comprobando su técnica.

—Claro. Y yo vine a las siete de la mañana por entusiasmo.

—Llegó a las seis cincuenta y dos.

—Eso se llama miedo a encontrar tráfico, no compromiso.

Habían pasado exactamente doce horas desde que firmé el contrato y ya quería lanzarle una espátula.

No porque fuera insoportable.

Ojalá.

Lo insoportable podía manejarlo.

El problema era que Tristán Abascal estaba apoyado contra la encimera de mi cocina de pruebas prestada, sin saco, con las mangas de la camisa dobladas hasta los antebrazos, observándome como si cada movimiento mío escondiera una respuesta.

Y, técnicamente, así era.

Necesitaba descubrir cuánto acceso me daba aquel contrato.

Él parecía empeñado en descubrir por qué yo necesitaba saberlo.

—¿Siempre trabaja en silencio? —preguntó.

—Cuando estoy concentrada.

—Lleva veinte minutos hablando.

—Porque usted lleva veinte minutos preguntando.

Tristán tomó una de las tabletas de prueba.

Le golpeé los nudillos con la espátula antes de que pudiera romperla.

—Ni se le ocurra.

—¿Acaba de pegarme?

—Lo previne ayer. No se prueba nada hasta que yo diga.

—Pensé que exageraba para las entrevistas.

—También dije que una vez perseguí a un proveedor con una charola.

—Eso sí pensé que era mentira.

—Era una bandeja para horno. Los periodistas adornan todo.

Su risa fue baja y breve.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi dignidad.

No de una manera escandalosa. Nada que justificara una denuncia contra mis hormonas. Solo una sensación cálida, molesta, debajo del estómago.

Me concentré en la temperatura del chocolate.

Treinta y un grados.

Perfecto.

Yo, no tanto.

—Necesito revisar el calendario completo del lanzamiento —dije—. Fechas de degustación, proveedores, reuniones con hoteles, entregas y cualquier evento que afecte la producción.

—Se lo enviarán hoy.

—También necesito acceso al archivo histórico de proveedores.

La sonrisa desapareció.

Demasiado rápido.

—¿Para qué?

No pestañeé.

—Para no repetir ingredientes, asociaciones o conceptos que la marca ya haya utilizado. Si voy a crear una colección nueva, necesito saber qué hicieron antes.

Era una respuesta preparada.

La había ensayado frente al espejo mientras me lavaba los dientes.

Aun así, Tristán tardó demasiado en contestar.

—Los registros recientes están digitalizados.

—Pedí históricos.

—¿Hasta qué año?

Ahí estaba la trampa.

Quince años me servían.

Veinte sonaba más inocente.

—Todo lo disponible.

Tristán dejó la tableta en su sitio.

—Tiene una forma extraña de pedir documentos para alguien que vino solo a hacer chocolate.

Sentí el golpe de su propia frase devolviéndoseme.

—Tiene una forma extraña de memorizar todo lo que digo.

—Algunas cosas se recuerdan solas.

Esta vez la mirada no cayó por accidente.

Me recorrió desde los ojos hasta la boca con una lentitud ofensiva.

Apreté la espátula.

—¿Eso también es supervisión?

—Todavía estoy decidiendo.

—Decida lejos de mi chocolate.

—¿Del chocolate únicamente?

Lo miré.

Él no sonrió.

Peor.

Había algo peligrosamente serio debajo de la provocación.

Yo podía manejar un coqueteo barato.

Aquello no lo parecía.

—Señor Abascal.

—Tristán.

—No.

—Trabajaremos juntos durante meses. Si sigue llamándome señor Abascal, empezaré a buscar canas.

—Quizá le sienten bien.

—¿Las canas?

—La humildad.

Volvió a reírse.

Yo odié disfrutarlo.

La puerta se abrió y una mujer del equipo de operaciones entró con una carpeta.

—Señor Abascal, aquí están las credenciales de la señorita Salgado.

Mi atención bajó inmediatamente hacia la tarjeta.

Acceso temporal.

Cocinas.

Laboratorio.

Sala de juntas.

Plantas cuatro, cinco y seis.

Nada del archivo legal.

—¿Eso es todo? —pregunté.

La mujer me miró.

—Es el acceso estándar para proveedores.

—No soy un proveedor. Dirijo el desarrollo creativo del lanzamiento.

—Ainara —intervino Tristán.

Fue la primera vez que pronunció mi nombre sin apellido.

Mi nombre sonó demasiado íntimo en su boca.

Ridículo.

Era un conjunto de seis letras.

No un beso.

—¿Qué necesita exactamente? —preguntó.

—Moverme sin pedir permiso cada vez que requiera información.

—Eso no responde.

—Porque su pregunta parece un interrogatorio.

—Y su respuesta parece una evasión.

La mujer de operaciones dio un paso hacia atrás.

Inteligente.

Yo también habría querido salir de ahí.

—Necesito acceso a las áreas administrativas relacionadas con compras y proveedores —dije finalmente—. Si una receta depende de un cacao que su empresa bloqueó hace diez años por una disputa contractual, quiero saberlo antes de diseñarla.

Tristán sostuvo mi mirada.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Después tomó la credencial de la mano de la mujer.

—Amplíela hasta la planta ocho.

Mi pulso se aceleró.

La ocho incluía administración histórica.

No sabía si también el archivo que buscaba, pero era más de lo que esperaba conseguir el segundo día.

—Gracias —dije.

—No me agradezca todavía.

La mujer salió con la tarjeta.

Tristán se acercó.

Demasiado.

El borde de la mesa quedó contra mi espalda.

No me había acorralado. Podía moverme hacia cualquiera de los lados.

El problema era que no quería.

Su mano pasó junto a mi cintura para tomar una servilleta.

Ni siquiera me tocó.

Mi piel reaccionó como si sí.

—Tiene chocolate aquí —dijo.

Antes de que pudiera preguntar dónde, levantó la servilleta y limpió una pequeña mancha junto a mi mandíbula.

Se me olvidó respirar durante un instante vergonzoso.

—Puedo hacerlo sola.

—Ya lo sé.

—Entonces no lo haga.

—También puedo saber algo y tener ganas de hacerlo de todos modos.

Sus dedos seguían demasiado cerca de mi cara.

Yo debía apartarme.

En cambio, pregunté:

—¿Esa filosofía le funciona en los negocios?

—No estamos hablando de negocios.

Se abrió la puerta otra vez.

Di un salto hacia un lado tan rápido que golpeé una charola.

Cayetana entró cargando dos cajas y se quedó inmóvil al vernos.

Miró a Tristán.

Me miró a mí.

Miró la servilleta en su mano.

—Qué bonito —dijo—. Yo traje cacao y ustedes ya empezaron con recursos humanos.

—Cayetana.

—¿Qué? Me encanta llegar cuando la reunión está avanzada.

Tristán estiró la mano hacia ella.

—Tristán Abascal.

—Cayetana Rivas. Socia, amiga y persona autorizada para esconder cadáveres, aunque Ainara todavía no ha utilizado ese beneficio.

—Estoy empezando a entender por qué.

—Espere a conocerla con hambre.

—Los dos pueden callarse.

Cayetana dejó las cajas y me lanzó una mirada que prometía un interrogatorio posterior.

Tristán volvió hacia la puerta.

—Tengo una reunión. Regreso en una hora para probar la quinta receta.

—Si está lista.

—Lo estará.

—Qué fe tan conmovedora.

Se detuvo antes de salir.

—Por cierto, pedí que su acceso incluya mi planta.

Me quedé quieta.

—¿Su planta?

—Mi oficina, salas privadas y archivo ejecutivo.

El corazón me golpeó tan fuerte que Cayetana debió escucharlo.

Mi primera reacción debería haber sido alivio. Aquello era exactamente lo que necesitaba: entrar donde Ezequiel había dejado sus huellas, revisar contratos viejos, encontrar el nombre Ferro enterrado entre carpetas que nadie miraba ya. En cambio, lo primero que pensé fue que Tristán acababa de abrirme una puerta y colocarse él mismo delante. Acceso y vigilancia en la misma tarjeta. Perfecto. Mi venganza venía ahora con horario, ojos oscuros y una camisa demasiado bien ajustada.

Tristán sostuvo mi mirada desde la puerta.

—Ya que quiere conocer tan bien el pasado de los Abascal, señorita Salgado, prefiero tenerla donde pueda verla.

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