Capítulo 3 3
―Si esa receta fuera una mujer, usted acaba de insultarla en mi cara.
Tristán dejó la cucharilla sobre el plato de porcelana y me miró con la misma tranquilidad con la que, diez minutos antes, había anunciado que la quinta muestra no servía.
―No la insulté. Dije que no tiene historia.
―Es chocolate, no una autobiografía.
―Usted fue quien me explicó ayer que el buen chocolate pelea consigo mismo.
―Y pelea. Solo que usted no sabe escuchar.
Cayetana, que estaba junto al fregadero fingiendo revisar inventario, soltó una carcajada.
―Yo me voy antes de que alguno termine untando ganache en una zona que recursos humanos pueda considerar ofensiva.
Le lancé una mirada.
―No ayudes.
―Estoy ayudando muchísimo. A mí.
Recogió su bolso y salió de la cocina con una alegría traidora.
Me quedé a solas con Tristán.
Error número uno del día.
El segundo había sido cambiar la quinta receta durante la noche porque su comentario se me quedó atravesado. Había reducido el caramelo, aumentado la sal ahumada y añadido una nota mínima de café. Técnicamente, estaba mejor.
Según Tristán, estaba muerta.
―Explíqueme qué significa que no tiene historia.
Se quitó el reloj y lo dejó junto a la libreta de notas.
No debería haberme fijado en el gesto.
Tampoco en sus antebrazos.
Ni en cómo la camisa blanca se tensaba un poco cuando se inclinaba sobre la mesa.
Mi concentración profesional estaba desarrollando costumbres bastante indecentes.
―La primera versión tenía un problema, pero también tenía una intención. Esta es impecable. Todo llega cuando debe llegar. Nada molesta. Nada sorprende. Podría servirse en cualquier hotel caro del mundo y nadie se quejaría.
―Eso normalmente se considera una virtud.
―Yo no la contraté para que nadie se queje.
―Qué alivio, porque parece que usted practica bastante.
Sus ojos se estrecharon.
―La contraté porque probé un bombón suyo en Madrid hace seis meses y me hizo pensar en algo que no quería recordar.
Eso me frenó.
―¿Qué cosa?
―No importa.
―Acaba de convertir mi receta en terapia y ahora resulta que no importa.
―Mi padre.
La cocina pareció perder ruido.
Seguí sujetando la espátula, aunque ya no recordaba qué pretendía hacer con ella.
Tristán miró la muestra partida frente a nosotros.
―Ezequiel odiaba el chocolate amargo. Decía que pagar por algo que no intentaba agradarte era una estupidez. Cuando probé aquel bombón suyo, pensé que él lo habría detestado.
―¿Y por eso decidió contratarme?
―En parte.
―Eso es una pésima estrategia empresarial.
―No se lo cuente al consejo.
―Estoy considerando ponerlo en mi página web.
Sonrió, pero la expresión no le duró.
Yo había venido preparada para escuchar el nombre de Ezequiel sin reaccionar. Quince años entrenando para ese momento.
Sin embargo, oír a su hijo hablar de él con algo parecido al cansancio me molestó más que si lo hubiera defendido.
Necesitaba un monstruo.
Tristán insistía en entregarme un hombre.
―¿Qué más?
―¿Qué más qué?
―Dijo que me contrató por eso en parte.
Tristán se acercó a la mesa.
―Porque sus chocolates no parecen diseñados para gustarle a todo el mundo. Tienen algo personal. Incluso cuando fallan.
―Esta receta no falla.
―Esta sí.
―La detesto.
―Eso empieza a parecer personal.
―Usted empezó.
―¿Tiene cinco años?
―Hoy, sí.
Le arranqué la muestra de delante y fui hacia la placa de trabajo.
Si quería historia, iba a darle una.
Fundí una pequeña porción de cobertura, añadí el relleno anterior y busqué entre mis frascos.
Tristán apareció a mi espalda.
Demasiado cerca.
―¿Qué está haciendo?
―Intentando evitar un homicidio.
―¿Mío o del chocolate?
―Todavía no decido.
Abrí un frasco de pimienta rosa.
Su mano pasó por encima de mi hombro y tomó otro.
―Use este.
Me giré.
Teníamos menos de veinte centímetros entre nosotros.
―¿Acaba de meter mano en mi estación?
―Solo le ofrecí una opción.
―Eso empieza con especias y termina con gente reorganizando mi cocina.
―Qué visión tan sombría del compromiso.
―No estamos comprometidos.
Su mirada bajó a mi boca.
―No me refería a ese tipo.
Claro que no.
Mi cuerpo, en cambio, había entendido otra cosa.
Le quité el frasco de los dedos.
―Cacao nibs.
―Dan textura.
―Sé para qué sirven.
―Entonces deje de mirarme como si hubiera intentado añadir kétchup.
―No diga esa palabra aquí.
―¿Kétchup?
―Fuera.
Se rio.
No se movió.
Yo tampoco.
Podía sentir el calor de su cuerpo a través de la tela fina de mi blusa. El aroma limpio de su colonia se mezclaba con cacao caliente. Aquello debería haber sido ridículo.
No lo era.
Me concentré en triturar los nibs.
―¿Siempre invade el espacio personal de sus proveedores?
―Ya aclaramos que usted no se considera proveedora.
―Respuesta elegante.
―Pregunta interesada.
Levanté la vista.
―No se acostumbre.
―¿A qué?
―A creer que porque le dejo acercarse puede hacerlo cuando quiera.
Algo cambió en su cara.
Menos juego.
Más atención.
Retrocedió un paso.
―Entendido.
La facilidad con la que obedeció me desarmó un poco.
Prefería que fuera arrogante.
Era más fácil odiarlo así.
Preparé una nueva muestra y se la ofrecí.
Tristán no la tomó.
―Pruebe usted primero.
―No necesito probarla.
―Entonces tampoco yo.
Rodé los ojos, partí el bombón y mordí la mitad.
El caramelo apareció primero. Después cacao. La sal llegó seca, precisa. Al final, los nibs dejaron una amargura tostada que no estaba antes.
Tristán observaba mi boca.
Esta vez no fingí no darme cuenta.
Le tendí la otra mitad.
―¿Quiere chocolate o va a seguir analizando mi técnica?
Tomó el pedazo directamente de mis dedos.
Sus labios rozaron apenas la yema de mi índice.
Accidente.
Probablemente.
La descarga que me recorrió no tuvo nada de profesional.
Masticó despacio.
Yo esperé.
―Mejor.
―Qué generoso.
―Todavía no está lista.
―Voy a envenenarlo.
―Eso sí sería una historia.
Me reí antes de poder evitarlo.
Maldita sea.
Tristán apoyó una mano en la mesa.
―¿Qué quiere contar con esta colección, Ainara?
La pregunta parecía sencilla.
No lo era.
Quería contar que Anselmo Ferro había existido.
Que su trabajo había valido algo.
Que los Abascal no podían borrar una familia y seguir sirviendo postres bajo lámparas doradas como si nada.
Pero Ainara Salgado no podía decir eso.
―Quiero que la gente recuerde el sabor.
―Eso es una respuesta de folleto.
―¿Ahora también edita mis respuestas?
―Solo cuando miente.
La palabra cayó entre nosotros.
Me quedé quieta.
Tristán sostuvo mi mirada demasiado tiempo.
―No estoy mintiendo.
―Entonces dígame por qué cada vez que menciono a mi padre, usted aprieta la mandíbula.
Sentí el pulso en el cuello.
―Quizá porque llevo tres días escuchándolo hablar de sí mismo.
―No hablo de mí.
―Exacto. Habla de él.
Su expresión se endureció.
Por primera vez, le había dado donde dolía.
Y por primera vez, me arrepentí de ganar una discusión.
Tristán recogió su reloj.
―Mañana quiero seis versiones nuevas.
―¿Seis?
―Usted quería acceso. Yo quiero una colección que merezca abrir esas puertas.
―Eso no estaba en el contrato.
―Tampoco estaba que usted me odiara antes de conocerme.
El aire se me atoró.
No me gustó que acertara tanto.
Tristán caminó hacia la salida y se detuvo con la mano en la puerta.
―Haga las seis, Ainara. Y mientras trabaja, piense qué le hizo mi apellido antes de que yo apareciera.
