Capítulo 4 4
—Si vuelve a preguntarme por qué odio su apellido, voy a cobrarle terapia además del chocolate.
Tristán levantó una ceja mientras observaba las seis versiones alineadas frente a él.
—Entonces procuraré aprovechar la sesión.
—No era una invitación.
—Tampoco lo fue su cara de homicidio de ayer, y aquí sigo.
Había dormido cuatro horas.
Cayetana aseguraba que se notaba porque había intentado guardar el termómetro en el refrigerador y el chocolate en mi bolso.
Yo sostenía que aquello era una exageración.
El chocolate había llegado apenas hasta el cierre.
—Pruebe la número tres —ordené.
—¿Por qué esa?
—Porque si empieza por la seis va a creer que sabe más que yo.
—Empiezo a sospechar que esta colección tiene un único objetivo: herir mi autoestima.
—Su autoestima ocupa un edificio entero. Sobrevivirá.
Tristán tomó la tercera muestra.
Yo intenté no mirar su boca.
Fracasé con bastante disciplina.
Había algo indecente en ver a un hombre así cerrar los labios alrededor de una pieza creada por mis manos. No era culpa del chocolate. Era culpa de su manera de probarlo, lenta, concentrada, como si el resto de la habitación hubiera dejado de existir.
—Tiene chile —dijo.
—Ancho. Muy poco.
—Y café.
—De Chiapas.
—La sal aparece antes.
Sonreí sin querer.
—Por fin está aprendiendo.
—No se emocione. Sigo pensando que la quinta versión es mejor.
—Retiro lo dicho.
Su teléfono vibró sobre la mesa.
Lo ignoró.
Volvió a vibrar.
—Puede contestar —dije—. Prometo no envenenar nada mientras mira hacia otro lado.
—Eso no tranquiliza.
El teléfono sonó una tercera vez.
Tristán suspiró y respondió.
—Sí, Renzo.
La forma en que cambió su expresión me hizo dejar la espátula.
—No. Te dije ayer que no firmaras nada hasta que yo revisara la situación. Entonces espera. Renzo, no me importa lo que diga el proveedor. Si alguien lleva once años trabajando con nosotros, no lo echas por un error administrativo sin escuchar su versión.
Hubo una pausa.
Tristán apretó la mandíbula.
—Voy para allá.
Colgó.
—¿Problemas?
—Siempre.
Tomó el saco de una silla.
—Tengo que bajar a compras.
—¿Y las muestras?
—No se mueva.
—Esa frase suele funcionar mejor con perros.
—Con usted estoy experimentando.
Salió.
Yo debería haberme quedado.
En serio.
Tenía seis recetas, una cocina completa y acceso recién ampliado a varias plantas.
No había ninguna razón profesional para seguirlo.
Dos minutos después estaba en el ascensor.
Culpé a la curiosidad.
La curiosidad siempre acepta delitos que la dignidad rechaza.
Cuando las puertas se abrieron en la planta cuatro, escuché voces antes de verlo.
Renzo estaba frente a un hombre de unos cincuenta años que apretaba una carpeta contra el pecho. Tristán se encontraba entre ambos.
—No fue un error menor —decía Renzo—. Autorizó una compra sin la validación correspondiente.
—Porque el sistema llevaba dos días caído —respondió el hombre—. Si esperaba, perdíamos el embarque.
—Y decidió saltarse un procedimiento.
—Decidió evitar que perdiéramos materia prima —intervino Tristán—. No es lo mismo.
Renzo soltó una risa seca.
—Las normas existen por algo.
—También el criterio.
Me quedé cerca del pasillo, fuera de su campo de visión.
El empleado tragó saliva.
—Señor Abascal, yo puedo demostrar todo. Los correos, las llamadas, la autorización verbal...
—Lo sé, Mateo.
Tristán conocía su nombre.
Eso me molestó.
No debería haberme importado.
—Vuelva a su puesto —continuó—. Nadie va a despedirlo hoy.
Renzo lo miró con abierta desaprobación.
—Tu padre habría resuelto esto en cinco minutos.
Silencio.
El cuerpo de Tristán cambió.
No retrocedió.
Tampoco elevó la voz.
—Mi padre está muerto, Renzo. Y mientras yo dirija esta empresa, dejarás de utilizarlo como argumento cada vez que quieras que me comporte como él.
La frase me atravesó de una forma que no tenía derecho.
Mateo se marchó.
Renzo bajó la voz, pero aún pude escucharlo.
—La empresa necesita disciplina, no sentimentalismo.
—Escuchar a una persona antes de destruirle el sueldo no es sentimentalismo.
—Algún día vas a tener que aceptar que el apellido Abascal se construyó tomando decisiones desagradables.
Tristán lo sostuvo con la mirada.
—Y quizá algún día tú tengas que aceptar que no todas fueron correctas.
Me fui antes de que me descubrieran.
Regresé a la cocina con demasiadas cosas moviéndose dentro de mí.
Ese hombre no servía.
El que yo necesitaba odiar habría despedido a Mateo sin preguntar.
Habría defendido a Ezequiel.
Habría llevado el apellido como una corona.
Tristán acababa de hacer exactamente lo contrario.
Y eso era peor que cualquier provocación. Podía defenderme de un hombre cruel. Podía utilizar a un heredero arrogante, sonreírle mientras buscaba pruebas y marcharme sin mirar atrás. Pero no había incluido en mi plan a alguien capaz de incomodarme con una pregunta sencilla: si Tristán no era Ezequiel, ¿a quién estaba castigando realmente cada vez que lo miraba así?
—Estás poniendo cara de funeral.
Cayetana entró cargando una bolsa de pan.
—No tengo cara de funeral.
—Tienes la misma cara que cuando descubriste que aquel chef francés tenía esposa.
—Nunca me gustó.
—Le escribiste un poema.
—Era una lista de insultos con métrica.
Sacó un croissant.
—¿Qué hizo Abascal?
—Nada.
—Esa respuesta significa sexo, asesinato o sentimientos. Espero que asesinato porque tenemos poco tiempo.
Le arrebaté el pan.
—Defendió a un empleado.
Cayetana pestañeó.
—Monstruoso.
—No entiendes.
—Entiendo que llevas quince años preparándote para odiar a un hombre que conociste hace tres días.
—No lo odio a él.
La frase salió demasiado rápido.
Cayetana sonrió.
—Interesante.
—Odio lo que representa.
—Muchísimo mejor. Así empiezan todas las decisiones excelentes.
La puerta se abrió.
Tristán entró.
Cayetana mordió el croissant.
—Yo no estaba aquí.
—Sigues aquí —dije.
—Espiritualmente, ya me fui.
Pasó junto a Tristán y salió.
Traidora.
Él dejó el saco sobre una silla.
—¿Se movió?
—Fui al baño.
—El baño no está en la planta cuatro.
El estómago se me encogió.
—¿Me está vigilando?
—La vi salir del ascensor.
—Eso es menos divertido.
Se acercó.
—Escuchó.
No preguntaba.
—Lo suficiente.
—Entonces ya sabe que mi empresa no es especialmente entretenida.
—Su empleado parecía bastante asustado.
—Porque Renzo disfruta convertir errores en ejecuciones públicas.
—Y usted disfruta impedirlas.
Tristán me estudió.
—¿Eso le sorprende?
Demasiado.
—No lo conozco.
—Pero ya había decidido quién era.
No respondí.
Se acercó un poco más.
—Ayer le pregunté qué le hizo mi apellido.
—Y yo no contesté.
—Lo recuerdo.
—Entonces su memoria funciona.
—Demasiado bien.
Su mano llegó a mi cintura cuando intenté pasar junto a él. No me sujetó. Apenas me rozó, suficiente para detenerme porque yo quise detenerme.
Su voz bajó.
—Lo curioso, Ainara, es que cada vez que descubre algo sobre mí que no encaja con lo que esperaba, parece enfadarse.
—Tal vez me gusta tener razón.
—Tal vez necesita que yo sea culpable de algo.
El aire se volvió estrecho.
—No se crea tan importante.
—No me preocupa ser importante.
Sus dedos dejaron mi cintura.
—Me preocupa descubrir por qué necesita odiarme antes de conocerme.
Lo miré sin encontrar una mentira rápida.
Tristán recogió la muestra número cinco y mordió un extremo.
—Esta es la mejor.
—Eso ya lo sabía.
—Entonces mañana la perfeccionamos juntos.
—Trabajo mejor sola.
La sonrisa le regresó apenas.
—Ese es exactamente el problema, Ainara. A partir de ahora, no pienso dejarla sola conmigo.
