Capítulo 5 5

—Si piensa seguir mirándome así, voy a cobrarle también las horas extra.

Tristán alzó la vista desde la taza de cacao que sostenía entre las manos.

—Pensé que las horas extra venían incluidas en su desprecio hacia mí.

—Mi desprecio es premium.

—Lo sospechaba.

Eran casi las once de la noche y la cocina de pruebas estaba vacía, salvo por nosotros, dos bandejas de bombones y una cafetera que había muerto alrededor de las nueve.

Yo llevaba el cabello recogido de cualquier manera y una mancha de chocolate en la manga. Tristán había perdido la corbata hacía horas y tenía dos botones de la camisa abiertos.

No ayudaba.

Nada de aquello ayudaba.

—Pruebe esta —dije, empujándole una pieza.

—¿La número cinco?

—Versión ocho.

—Pensé que solo existían seis.

—Existían antes de que usted decidiera quedarse.

—Entonces mi presencia inspira.

—Provoca errores. No es lo mismo.

Tomó el bombón y lo partió.

—Tiene naranja.

—Piel confitada.

—Y algo más.

—Cacao tostado.

—No.

Masticó otra vez.

Yo me crucé de brazos.

—No puede haber otra cosa porque yo la hice.

—Hay algo más.

—Qué insoportable.

—¿Eso es ingrediente o diagnóstico?

Me reí sin querer.

Tristán sonrió como si acabara de ganar algo.

Lo odié un poco por eso.

—Pimienta larga —admití.

—Lo sabía.

—No lo sabía.

—Lo sospechaba.

—Eso dicen los hombres cuando aciertan por accidente.

—¿Tiene mucha experiencia comprobándolo?

—Tengo treinta años de experiencia viendo hombres atribuirse méritos.

—Tiene veintinueve.

Me quedé quieta.

—¿También memorizó eso?

—Está en su expediente.

—Mi talla de zapatos también puede estar ahí. No significa que deba aprenderla.

—Treinta y ocho.

Lo miré.

Tristán soltó una carcajada.

—Era broma.

—Por un segundo pensé en denunciarlo.

—Por saber su talla.

—Por ser perturbadoramente eficiente.

Él apoyó una cadera en la mesa.

La cocina se sentía distinta a esa hora. Sin asistentes, sin teléfonos sonando, sin empleados entrando y saliendo. Solo el ruido del refrigerador, el aroma a cacao caliente y la peligrosa comodidad de estar solos.

Yo debería haber aprovechado el momento para preguntar por los archivos.

En cambio, pregunté:

—¿Siempre se queda hasta tan tarde?

—Cuando algo importa.

—Es chocolate.

—Para usted no es solo chocolate.

La respuesta me desarmó más de lo necesario.

Bajé la mirada hacia la bandeja.

—No.

—Entonces no me diga que para mí debería serlo.

—Usted dirige hoteles, inversiones, edificios completos. No entiendo por qué está aquí discutiendo conmigo por medio gramo de pimienta.

—Porque si voy a poner mi nombre en algo, quiero saber qué estoy firmando.

Sentí un golpe incómodo en el pecho.

Firmando.

La palabra me llevó demasiado rápido a mi padre.

A documentos.

A Ezequiel.

A una firma que todavía no había encontrado.

—¿Siempre ha sido así? —pregunté.

—¿Controlador?

—Yo iba a decir obsesivo.

—Mucho más amable.

—No me conoce.

—Estoy aprendiendo.

Su tono cambió apenas.

Eso fue suficiente.

Tristán se acercó a la bandeja y quedó a mi lado.

Demasiado cerca otra vez.

Su hombro rozó el mío.

No me aparté.

Mala decisión.

—¿Qué busca cuando prueba algo? —preguntó.

—Equilibrio.

—Ayer dijo que no quería equilibrio.

—Dije que usted no lo quería.

—¿Y usted?

Miré el chocolate derretido dentro del bol.

—Quiero que algo tenga sentido después del último bocado.

—Eso suena bastante más serio que una receta.

—Quizá está cansado.

—Quizá usted habla demasiado cuando cree que nadie escucha.

Me giré hacia él.

Estaba cerca.

Mucho.

Podía verle una pequeña sombra de barba en la mandíbula y una línea fina junto al ojo izquierdo que no aparecía en las fotografías corporativas.

No debería haber querido tocarla.

No lo hice.

Mis dedos, sin embargo, se cerraron alrededor de la espátula con demasiada fuerza.

—Está analizando otra vez.

—Es parte de mi trabajo.

—No soy una receta.

—Eso todavía no lo sé.

—¿Perdón?

Su sonrisa apareció lenta.

—Dijo que las buenas recetas pelean. Usted también.

—Yo muerdo.

—Eso tampoco me sorprende.

El calor me subió por el cuello.

—Tristán.

Fue la primera vez que dije su nombre sin sarcasmo.

Él lo notó.

Claro que lo notó.

Sus ojos bajaron a mi boca.

El silencio se volvió imprudente.

Yo podía retroceder.

Él también.

Ninguno lo hizo.

Entonces el temporizador del horno chilló.

Di un salto.

Tristán cerró los ojos y soltó una risa.

—Su cocina acaba de salvarme.

—No sé de qué.

—Yo sí.

Eso no ayudó en absoluto.

Fui hasta el horno y saqué una bandeja con nibs tostados.

—No estaba pasando nada.

—Por supuesto.

—Nada.

—Ainara, llevo años negociando con gente que miente mejor que usted.

Casi dejé caer la bandeja.

La frase podía ser una broma.

Mi cuerpo no la entendió así.

—¿Me está llamando mentirosa?

Tristán dejó de sonreír.

—Estoy diciendo que hay cosas que evita.

—Todos evitamos cosas.

—Yo no.

—Acaba de hacerlo.

—¿Con qué?

—Con su padre.

Se quedó inmóvil.

Bien.

Ahora éramos dos.

—Cada vez que alguien lo menciona, cambia de tema o se enfada —continué—. Así que no venga a darme clases sobre evasión.

Tristán miró la taza vacía sobre la mesa.

Durante unos segundos pensé que se marcharía.

No lo hizo.

—Mi padre era muy bueno consiguiendo exactamente lo que quería.

—Eso no responde nada.

—También era muy bueno consiguiendo que quienes estaban cerca de él creyeran que lo habían elegido por voluntad propia.

El tono ya no tenía humor.

Me apoyé en la encimera.

—¿Incluido usted?

Tristán tardó en contestar.

—Especialmente yo.

Algo se movió dentro de mí.

No compasión.

No quería llamarlo así.

—¿Por eso intenta controlar todo ahora?

—Probablemente.

—Qué decepción.

Me miró.

—¿Qué?

—Pensé que iba a decirme que nació perfecto y que el resto debíamos adaptarnos.

Una risa cansada se le escapó.

—Puedo inventarlo si mejora su noche.

—Ya está bastante mal.

—Y, sin embargo, sigue aquí.

La frase quedó entre nosotros.

Yo también podría haberme ido hacía horas.

Cayetana me había escrito tres veces.

La última decía: “Si estás besándolo, no me mientas. Si estás matándolo, usa guantes”.

No estaba haciendo ninguna de las dos cosas.

Miré el teléfono sobre la mesa. Tenía una foto de un extintor enviada por ella, acompañada de: “Por si el incendio es metafórico”. Sonreí y guardé el móvil. Cayetana podía bromear porque no sabía cuánto empezaba a costarme distinguir el peligro.

Todavía.

—Quiero terminar la receta —dije.

—Claro.

—No ponga esa cara.

—¿Cuál?

—La de creer que sabe por qué sigo aquí.

Tristán se acercó otra vez, más despacio.

No me tocó.

Esta vez la distancia fue suficiente para que sintiera su respiración.

—No lo sé —dijo—. Pero quiero saberlo.

Mi pulso se aceleró.

—Le interesa demasiado mi vida.

—Me interesa demasiado usted.

No había broma.

Ni sonrisa.

Solo esa mirada fija que me obligó a recordar por qué estaba allí.

Archivos.

Ferro.

Mi padre.

Venganza.

No Tristán.

Nunca Tristán.

Me aparté y tomé la bandeja.

—La receta necesita otra prueba.

—Ainara.

—Mañana.

—No estaba hablando de la receta.

Me obligué a mirarlo.

—Yo sí.

Tristán recogió su saco y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se volvió.

—Entonces mañana hablaremos de chocolate.

Respiré mejor.

Solo durante un segundo.

Porque su mirada volvió a mi boca.

—Y pasado mañana, Ainara, voy a averiguar por qué me mira como si quisiera besarme y destruirme al mismo tiempo.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo