Capítulo 9 Teorías y disculpas

—Entonces, ¿Cole no es realmente tu HERMANO hermano? —pregunta Amy con la boca llena de papas fritas.

Estamos sentadas en un diner comiendo hamburguesas y tomando malteadas en lugar de andar de fiesta como el resto del alumnado.

Le conté cómo fue que Cole terminó viviendo con nosotras.

—De sangre no, pero en todos los demás sentidos que conforman una familia.

Doy un sorbo a mi malteada de caramelo.

—¡Entonces es obvio! —sus ojos marrones se agrandan, y yo sonrío al darme cuenta de que es algo que hace a menudo.

—¿Qué?

—Quiere cogerte.

Casi me atraganto con las papas fritas que acabo de masticar, y toso hasta que la verdura frita regresa de mi garganta a mi boca.

—¡Dios, no digas cosas así! —me trago de golpe el vaso de agua del mostrador—. Es mi hermano.

—Tú misma lo dijiste: no está emparentado contigo biológicamente —se encoge de hombros, levantando su hombro delgado—. Yo me lo cogería si fuera tú.

—No, Amy —niego con la cabeza, intentando borrar la imagen que acaba de meterme en la cabeza—. Simplemente no.

—Se está poniendo todo territorial contigo, ¡tiene todo el sentido! —le da una gran mordida a su hamburguesa, y yo me pregunto cómo se las arregla para mantener el cuerpo tan delgado con todas las calorías que se está metiendo.

—Solo está siendo demasiado sobreprotector —discuto—. Siempre me ha cuidado, así somos nosotros.

Recuerdo cómo dijo que no me quería aquí, como si yo estuviera invadiendo la vida que se ha construido en este lugar. Tal vez ya no quiere que lo asocien conmigo y con mamá ahora que está recibiendo toda esta nueva atención.

—Es un imbécil, eso es lo que es —Amy mastica el último pedazo de su hamburguesa como si estuviera en una competencia de mukbang, antes de sorber su malteada—. En fin, pídele dinero porque mañana tenemos que ir de compras.

—¡No le voy a pedir dinero! —Esta chica es increíble.

—Sabes que recibe un estipendio, ¿verdad? No paga comida, ni su camioneta, ni siquiera la gasolina. Ahora mismo es el maldito mariscal de campo número uno del país en la universidad; tiene dinero y nosotras necesitamos ropa —lo dice como si no fuera la gran cosa—. Vamos a necesitar un montón de cosas nuevas antes de que empiece la temporada.

—¿Necesitamos ropa para la temporada? —pregunto, confundida—. ¿Por qué?

—¡Los días de partido! —me mira como si yo fuera idiota—. El día de partido es una religión por aquí. Yo soy la hija del entrenador, y tú eres la falsa hermana del mariscal de campo; tenemos que vernos como el espíritu mismo, y tú, querida, necesitas unas botas vaqueras.

—No soy su falsa hermana —niego con la cabeza—. ¿Y por qué necesito botas vaqueras?

—¡¿Cómo es que siquiera estás en esta escuela?! —exclama, sacudiendo la cabeza.

Así que me deja en casa con la promesa de que, de algún modo, tengo que sacarle dinero a Cole.

Como si lo hubiera invocado, me llama temprano a la mañana siguiente, justo después de que regreso de correr por un campus tranquilo que muy probablemente está con resaca.

—¿Qué quieres? —contesto, sin aliento.

Del otro lado hay silencio un segundo, antes de que se aclare la garganta.

—Buenos días. ¿Qué estás haciendo ahora mismo? —pregunta con ese deje perezoso que suele usar cuando no me está exigiendo cosas.

—Acabo de volver de correr, ¿por qué?

—Estoy afuera de tu dormitorio, ¿podrías volver a salir?

El corazón se me salta un latido. ¿Por qué está afuera de mi dormitorio ahora mismo? ¿Para decirme que no debería estar aquí otra vez?

Me pongo una camiseta deportiva ligera para mantener el cuerpo abrigado y troto de vuelta abajo. Está recargado contra su camioneta elegante justo al frente, en lo que estoy casi segura de que es una zona de no estacionarse.

Parece que él también viene de entrenar; sus rizos oscuros están un poco húmedos.

—¿Qué quieres? —repito, cruzándome de brazos.

Cole baja la mirada hacia mí con los ojos entrecerrados.

—¿Ya desayunaste?

—Te dije que acabo de volver de correr.

Se endereza y me abre la puerta del copiloto.

—Súbete.

Otra maldita orden, pero parece que va a aventarme a la camioneta si no obedezco, así que me subo al interior negro y elegante, que me recuerda a su motocicleta.

Lo observo rodear la camioneta hacia el lado del conductor, los músculos marcándose bajo las mangas de su camiseta. Es tan injusto que pueda verse así de bien.

—¿A dónde me llevas? —quiero saber—. Te aviso que tengo la ubicación activada y mi mamá me rastrea por si te dan ideas de secuestro y asesinato.

Lo veo mirarme por el rabillo del ojo mientras enciende la camioneta; una vibración profunda me recorre por debajo de las piernas.

—Tienes una imaginación muy rara —niega con la cabeza—. Voy a mostrarte mi vida aquí, ¿sí?

Eso me calla. Eso era lo que se suponía que debía hacer cuando recién llegué. En cambio, casi actuó como si yo no existiera, salvo las veces en que me regañaba por lo que llevaba puesto.

—Oye, acabo de correr como seis millas, seguro huelo mal —hago una mueca.

—No hueles —dice, alargando las palabras—. Y vamos al centro deportivo; vas a encajar perfecto.

El lugar está muy bien, y el equipo de futbol americano tiene su propio comedor en el segundo piso.

Recibimos miradas curiosas de los pocos jugadores que hay ahí.

—Por lo general no hay muchos jugadores un domingo por la mañana —Cole me dedica una de sus raras sonrisas mientras me llena el plato de panqueques de proteína.

—¿También están crudos? —me pregunto si James bebió anoche—. ¿Y tú?

—No bebo durante la temporada. Solo una cerveza si ganamos.

Sirve tocino de pavo junto a mis panqueques y unos huevos revueltos esponjosos.

Me sorprende un poco, porque él y Luke se la pasaban de fiesta en la preparatoria, pero supongo que esto ya no es puro juego y diversión.

Con solo ver este comedor, esta escuela va en serio.

Me guía hasta una mesa y se sienta frente a mí, con la vista fija en su propio plato. Casi parece como si escondiera algo.

—Algunos chicos querían invitarte a salir y me paniqué. Solo quería protegerte.

—Soy una chica grande, Cole, lo agradezco, pero no es necesario —dejo caer el tenedor sobre el plato—. Solo quiero que vuelva mi Cole; siento que ha estado desaparecido desde hace un tiempo.

Cierra los ojos y asiente.

—Lo siento.

—Además, voy a necesitar dinero para unas botas vaqueras.

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