Capítulo 1 Uno

ROXANNA

Hay noches en las que el miedo tiene sonido.

Abro los ojos al escuchar un golpe seco contra la puerta. El corazón se me acelera antes de que consiga reconocer la hora. No necesito mirar el reloj. Conozco demasiado bien ese ruido.

La perilla gira. El seguro tiembla.

—¡Roxanna! —La voz de mi padrastro atraviesa la madera, pastosa, empapada de alcohol.

Mamá seguramente está durmiendo como un tronco, perdida en alguno de sus habituales desmayos. Pero mis hermanas…

—Abre, princesa. Solo quiero hablar contigo.

Salto de la cama y corro hacia la puerta, aunque no llego a tiempo. El seguro cede y Ramiro entra tambaleándose. El olor me golpea antes de que pueda verle bien la cara: alcohol, sudor y cigarrillo. Sus ojos enrojecidos se posan sobre mí y, de pronto, adquieren ese brillo que me revuelve el estómago.

—Sabía que estabas despierta.

—¿Qué hace aquí? —pregunto, retrocediendo—. Le dejé muy claro que no debería poner un pie en mi habitación.

Él sonríe, como si mi rechazo le pareciera una broma.

—¿Por qué tanta agresividad? Solo quiero conversar. No tengas miedo.

—Podemos hacerlo mañana, cuando esté sobrio.

Mi mirada se desvía hacia el bate que guardo junto a la cómoda. Ramiro lo nota y se adelanta. Antes de que pueda alcanzarlo, me sujeta del brazo.

El pánico me atraviesa.

Lo empujo con todas mis fuerzas. Choca contra la cómoda y el espejo se sacude con un estruendo. Aprovecho ese instante para correr hacia la ventana.

Estoy a punto de salir cuando me agarra de la pierna.

—¡Suéltame!

Le doy una patada en el rostro. Su mano se afloja y me lanzo al exterior, aterrizando sobre la escalera de incendios.

El viento helado me golpea la cara. Estoy en el cuarto piso. Abajo, la ciudad duerme, ajena a lo que sucede a unos metros del suelo. Me preparo para bajar, pero entonces descubro la ventana del apartamento contiguo.

Está abierta.

Las cortinas blancas se agitan suavemente con la brisa.

Hasta donde sé, ese departamento lleva semanas vacío.

—Gracias, Dios —murmuro.

Cruzo la plataforma metálica sin pensarlo dos veces y me precipito por la ventana. Mis rodillas golpean el suelo de madera. El dolor me arranca un gemido, pero no me detengo. Tengo que esconderme antes de que Ramiro consiga alcanzarme.

Levanto la cabeza y me quedo inmóvil.

Frente a mí hay un hombre.

Acaba de salir de la ducha. Tiene el cabello castaño claro húmedo, la piel todavía cubierta de pequeñas gotas de agua y una toalla anudada a la cintura. Sus ojos, de un tono miel que parece iluminar la penumbra, me observan con una mezcla de sorpresa y desconcierto.

Es tan hermoso que, por un instante, olvido por qué estoy aquí.

—Chi sei? —pregunta en italiano. (¿Quién eres?)

Su acento extranjero me desconcierta. No entiendo una sola palabra.

No tengo tiempo para explicaciones. El ruido metálico de la escalera me anuncia que Ramiro está cada vez más cerca.

—Por favor… —Mi voz se quiebra—. Ayúdeme. Necesito que finja que somos pareja.

El desconocido me mira como si acabara de perder la razón.

—Che cosa stai facendo? (¿Qué estás haciendo?)

—¡Después te explico!

Me acerco a él y, antes de que pueda apartarse, me llevo las manos al borde del polo y me lo quito de un tirón. La prenda cae al suelo, dejándome con el pecho al descubierto.

Sus ojos se abren ligeramente.

Durante un instante, su mirada se detiene en mis pechos desnudos. Lo suficiente para que yo lo note y una sonrisa traviesa se dibuje en mis labios. Pero enseguida aparta el rostro, como si acabara de descubrir algo que no debería haber visto.

—Lo siento, guapo —susurro, acercándome—. Es una emergencia.

No le doy tiempo a responder. Lo empujo suavemente contra la cama y me dejo caer sobre él.

Su espalda se hunde en el colchón. Mi cuerpo queda pegado al suyo, y el contraste entre su piel húmeda y fresca y la mía, caliente por la huida, me arranca un escalofrío.

—Ma che…? (Pero ¿qué…?)

—Shhh.

Me inclino y lo beso.

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