Capítulo 2 Dos

Al principio, sus labios permanecen inmóviles. Sus manos se quedan suspendidas a ambos lados de mi cintura, sin atreverse a tocarme. Pero yo no puedo permitirme vacilar. Si Ramiro nos encuentra separados, sabrá que estoy escondida.

Así que vuelvo a besarlo, esta vez con más decisión.

Y entonces sucede.

Sus manos encuentran mi espalda desnuda. Primero con una cautela casi dolorosa, como si temiera que el simple contacto pudiera condenarlo. Después, sus dedos se deslizan lentamente sobre mi piel, atrayéndome hacia él.

El beso cambia. Ya no parece una actuación.

Su boca se abre bajo la mía y responde con una intensidad que me toma por sorpresa. Siento su respiración agitada contra mis labios, el calor de su cuerpo bajo el mío y la manera en que sus manos recorren mi espalda, como si también él hubiera olvidado por un instante que somos dos desconocidos.

Me aferro a sus hombros.

Dios mío. No esperaba que besara así.

Ni que un hombre al que acabo de conocer pudiera hacerme olvidar, aunque solo fuera durante unos segundos, el miedo que me persigue desde mi propia casa.

Un golpe sacude la ventana.

—¡ROXANNA!

Me separo apenas de sus labios. El corazón me golpea con tanta fuerza que apenas puedo respirar.

—Por favor —le suplico, rozando su boca—. No me deje sola.

Él me mira fijamente. Sus ojos miel han perdido aquella serenidad inicial. Hay algo distinto en ellos, una lucha silenciosa que no alcanzo a comprender.

Entonces se escucha otro golpe.

—¡Sé que estás ahí!

El desconocido reacciona de inmediato. Me sujeta por la cintura y se incorpora, colocándose delante de mí para cubrirme con su cuerpo.

—Ehi! Che cosa ci fa qui? Rispetti la mia privacy! Se ne vada subito! —grita en italiano. (¡Eh! ¿Qué hace aquí? ¡Respete mi privacidad! ¡Lárguese de inmediato!)

No entiendo una sola palabra, pero su voz suena tan furiosa que hasta yo me quedo inmóvil.

Ramiro murmura una maldición.

—¡Esto no se queda así, Roxanna! ¡Vas a pagarme lo que me has hecho!

Los pasos se alejan por la escalera.

El silencio regresa lentamente.

Y yo sigo debajo del desconocido, con su cuerpo protegiéndome y sus manos todavía apoyadas en mi cintura. Por un instante, ninguno de los dos se mueve.

Hasta que él baja la mirada hacia mí y yo recuerdo que sigo sin llevar el polo.

—Adesso sei al sicuro. (Ahora estás a salvo.)

Lo miro sin comprender del todo, pero su expresión basta para que mis hombros se relajen.

Dios bendito.

Parece uno de esos sueños de los que una no quiere despertar.

—No entiendo nada —susurro—, pero si me está diciendo que el hombre malo se fue, le creo.

Él parpadea, como si acabara de recordar algo.

—Lo siento. Hablo español. No sé qué me está pasando ahora mismo.

Su pronunciación es extraña, suave, con un acento que convierte cada palabra en algo distinto.

—¿Habla español?

Asiente.

—Un poco.

Se aparta de mí y se pasa una mano por el cabello húmedo. Parece tan desconcertado como yo. Entonces noto que la toalla que llevaba anudada a la cintura ha terminado en el pio a sus pies, dejando al descubierto esa enorme erección frente a mi.

Aparto la mirada de inmediato, aunque una sonrisa traicionera se dibuja en mis labios.

Él sigue mi expresión, descubre el motivo y se apresura a cubrirse.

—Maledizione… —murmura. (Maldita sea).

Me muerdo el labio para no reírme.

—Así que habla francés también, ¿no? —bromeo—. No entendí nada, pero sonaba muy elegante.

—Italiano —me corrige, con una expresión que intenta ser severa.

—Ah, italiano. Mucho mejor.

Se vuelve hacia mí y señala la ventana.

—No deberías estar aquí.

—Créame, no estaba en mis planes invadir el dormitorio de un desconocido.

—Non doveva succedere. —Su voz se vuelve más baja. (Esto no debió suceder).

—¿Qué cosa?

Me mira. Sus ojos se detienen un instante en mis labios antes de apartarse.

—Nada.

Pero no parece que sea nada.

Me bajo de la cama y recojo mi polo, que se me ha subido durante la huida. Me lo acomodo y respiro hondo. Recién entonces me doy cuenta de lo cerca que estoy de él.

—Gracias por ayudarme. De verdad.

Él asiente, todavía con el ceño ligeramente fruncido.

—Deberías volver a tu casa.

La sonrisa desaparece de mis labios.

—No sabe lo que me está pidiendo.

Su expresión cambia. Mira hacia la ventana por la que entré y luego vuelve a observarme.

—¿Ese hombre te hizo daño?

—No es asunto suyo.

La respuesta sale demasiado rápido. Me arrepiento al ver la sombra que cruza su rostro, pero no puedo permitirme confiar en un desconocido. No después de lo que acaba de pasar.

—Lo siento —murmuro—. No quise ser grosera.

—No tienes que disculparte.

Hay algo en su voz que me desarma. Una ternura que no encaja con la manera en que acaba de gritarle a Ramiro.

Me acerco un poco.

—Soy Roxanna.

Él tarda un segundo en responder.

—Gabriel.

—Gabriel… —repito, saboreando el nombre—. Te queda bien.

Una sonrisa apenas perceptible aparece en sus labios.

—Piacere. (Encantado).

—¿Eso significa que estás encantado de conocerme?

—Algo así.

—Entonces estamos de acuerdo.

Me acerco y le doy un beso en la mejilla. Su cuerpo se tensa de inmediato.

—Eres un ángel, Gabriel.

—No deberías decir eso.

—¿Por qué?

Sus ojos se encuentran con los míos.

—Porque no lo soy.

Por primera vez, su sonrisa desaparece por completo.

No sé qué oculta detrás de esa mirada, pero hay algo en él que me invita a descubrirlo. Algo que me resulta extrañamente familiar, aunque estoy segura de que nunca antes lo había visto o quizá sí.

—Volveré a visitarte uno de estos días —digo, caminando hacia la ventana—. Después de todo, nuestras habitaciones están separadas por una simple pared.

—Sería un error.

—¿Y eso te preocupa?

No responde.

Me apoyo en el marco de la ventana y lo miro por última vez. Sus ojos miel siguen fijos en mí.

—Por cierto, besas muy bien. Ha sido uno de los besos más emocionantes de mi vida.

Su sonrisa se ensancha, aunque intenta ocultarla.

—Roxanna…

Pronuncia mi nombre en español, con ese acento extranjero que lo vuelve casi una caricia. Y no sé por qué, pero siento un escalofrío.

Hay algo en su mirada que me dice que esta no será la última vez que nos encontremos.

Salto a la plataforma metálica. El frío de la noche me abraza, pero por dentro sigo ardiendo.

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