Capítulo 3 Tres

GABRIEL

Permanezco inmóvil, mirando la ventana por la que acaba de desaparecer.

No sé cuánto tiempo pasa antes de que consiga soltar el aire que llevo reteniendo. Me paso una mano por el rostro y dejo escapar una risa breve, incrédula, de esas que nacen cuando uno no sabe si acaba de vivir una desgracia o una locura.

¿Qué demonios acaba de ocurrir?

Miro la cama. Las sábanas están revueltas y la toalla sigue tirada en el suelo. La recojo, todavía aturdido, y me la anudo a la cintura. Entonces recuerdo su sonrisa, la forma en que me miró después de besarme, como si aquello hubiera sido una travesura y no un desastre capaz de poner mi mundo patas arriba.

Roxanna.

Ni siquiera sé quién es, pero su nombre se me ha quedado grabado.

Me siento en el borde de la cama y apoyo los codos sobre las rodillas. Todavía puedo sentir el calor de su cuerpo contra el mío, sus manos aferradas a mis hombros y la desesperación con la que me pidió ayuda. No había fingido del todo. Tenía miedo. Mucho miedo. Y cuando comprendí que aquel hombre podía hacerle daño, lo único que quise fue protegerla.

Eso debería bastarme para entender lo ocurrido.

Sin embargo, hay algo que me cuesta admitir: cuando sus labios buscaron los míos, no fui capaz de apartarme. Y cuando el beso dejó de ser una simple actuación, tampoco quise hacerlo.

Me froto la nuca y cierro los ojos.

—Dios mío… ¿qué he hecho?

La pregunta queda suspendida en el silencio.

Me levanto, recojo la ropa que he dejado sobre una silla y me pongo el pantalón de dormir. Después cierro la ventana y corro las cortinas. La habitación recupera su quietud, pero yo sigo sintiéndome extraño, como si aquella mujer hubiera dejado una parte de su inquietud dentro de estas cuatro paredes.

Mañana debo presentarme temprano en la iglesia. Tengo que preparar la misa, revisar unos documentos y recibir a varias personas que me esperan desde hace días. No puedo permitirme pasar la noche entera pensando en una desconocida.

Me arrodillo junto a la cama y junto las manos.

—Señor, gracias por haberme permitido ayudarla. No sé quién es ni qué está viviendo, pero sabes que tenía miedo. Cuídala, por favor. No permitas que ese hombre vuelva a hacerle daño.

Hago una pausa.

—Y perdóname por lo que ha ocurrido esta noche. Ayúdame a comprenderlo y a no confundir la compasión con algo que no debo buscar.

Me santiguo y comienzo a rezar el padrenuestro. Esta vez consigo terminarlo, aunque mi concentración se desvanece más de una vez. Cuando concluyo, me quedo unos segundos con la cabeza inclinada, escuchando el silencio.

No espero una respuesta. Solo necesito sentir que todavía puedo encontrar un poco de paz.

Finalmente, me incorporo y me meto en la cama. Apago la lámpara y me acomodo de lado, con la intención de dormir de inmediato.

Pero la imagen de Roxanna vuelve a aparecer en mi mente.

Su sonrisa. Su descaro. La manera en que me llamó ángel, como si no supiera lo lejos que estoy de serlo.

Me cubro el rostro con una mano.

—Maledizione… —murmuro.

Me giro hacia el otro lado y cierro los ojos con fuerza.

No voy a pensar en ella.

Mañana tengo que levantarme temprano. Necesito descansar.

Y, sin embargo, justo cuando estoy a punto de quedarme dormido, recuerdo su voz susurrando que volverá a visitarme.

No puedo evitar sonreír.

—Eso sería un error, Roxanna —murmuro en la oscuridad.

Como si pudiera escucharme, el viento mueve las cortinas.

Me acomodo bajo las sábanas y, por fin, dejo que el cansancio me venza.

A las seis de la mañana debo estar en la iglesia.

Y, por primera vez en mucho tiempo, temo que ni siquiera la oración consiga apartar de mi mente a una mujer.

Estoy a punto de quedarme dormido cuando el sonido del teléfono me sobresalta.

Abro los ojos de golpe y tanteo la mesita de noche hasta encontrarlo. La pantalla ilumina la habitación. Es el padre Alessandro Bianchi, mi superior en Italia.

Contesto con la voz ronca.

—¿Padre Alessandro?

—¡Gabriel! Por fin. ¿Te desperté?

Miro el reloj. Las cuatro y veinte de la madrugada.

—Estaba a punto de dormirme.

—Entonces seré breve. He enviado toda la información al arzobispo monseñor Lorenzo Bellini. Te espera en la iglesia antes de las seis. Quiere hablar contigo personalmente antes de que comiences tus actividades.

Me incorporo, pasándome una mano por el cabello.

—Entendido. Estaré allí a tiempo.

—Bien. Y dime, ¿cómo estuvo el viaje? ¿Llegaste sin contratiempos?

—Sí, padre. Todo salió bien. El vuelo fue tranquilo y no tuve ningún problema.

—Me alegra. ¿Y qué tal el vecindario? ¿Te gusta el apartamento? Si no te sientes cómodo, todavía podemos buscarte otro lugar.

Miro hacia la ventana, detrás de la cual se encuentra el apartamento de Roxanna.

—No, no hace falta. Me gusta el lugar. Es tranquilo… al menos, la mayor parte del tiempo.

—¿Y la gente? ¿Has conocido a alguien?

Una sonrisa involuntaria se dibuja en mis labios.

—A algunos vecinos. Son bastante amables. Aunque… —Me detengo un instante—. Supongo que, como en cualquier lugar, hay personas que atraviesan situaciones difíciles.

—¿Problemas?

—Nada que deba preocuparle. Solo pequeñas dificultades que he empezado a percibir. A veces, uno se da cuenta de que alguien necesita ayuda aunque no se atreva a pedirla.

Pienso en los ojos asustados de Roxanna, en la forma en que se aferró a mí y en el alivio que apareció en su rostro cuando ese hombre se marchó.

—Espero que puedas adaptarte pronto —dice el padre Alessandro—. Recuerda que estás allí para cumplir una misión. No permitas que las distracciones te aparten de ella.

La frase me golpea con más fuerza de la que debería.

—Lo tengo presente, padre.

—Descansa lo que puedas. Nos vemos pronto.

—Hasta luego.

La llamada termina.

Dejo el teléfono sobre la mesita y me quedo mirando la pantalla apagada.

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