Capítulo 4 Cuatro

ROXANNA

Cruzo la ventana con más cuidado que antes y aterrizo sobre el suelo de mi habitación. Me quedo inmóvil unos segundos, conteniendo la respiración, por si escucho algún ruido que me indique que Ramiro sigue cerca. Pero no hay nada. Solo el silencio de la madrugada y el viento que se cuela por la ventana abierta.

Lo primero que hago es salir al pasillo y dirigirme a la puerta principal. Giro la llave, compruebo el seguro y vuelvo a girarla para asegurarme de que está bien cerrado. No es la primera vez que Ramiro intenta entrar en mi habitación cuando ha bebido demasiado. Tampoco será la última.

Al menos, esta noche tendrá que quedarse al otro lado.

Me quedo un momento escuchando. No oigo voces ni pasos. Todo parece tranquilo, aunque sé que esa calma puede durar muy poco.

Camino de puntillas hasta la habitación de mis hermanas y empujo la puerta con cuidado.

Las encuentro dormidas, abrazadas bajo una misma manta. La luz de la calle se filtra por la ventana y dibuja sus pequeños rostros sobre la almohada. Me acerco para acomodarles la sábana y apartar un mechón de cabello de la frente de una de ellas.

Cuando voy a la habitación de mi madre, la encuentro sentada junto a la cama, con la cabeza inclinada hacia un lado y los ojos cerrados. A sus pies hay una botella de alcohol casi vacía. El olor me golpea de inmediato, mezclado con el humo de los cigarrillos que impregna las cortinas y las paredes.

Aprieto los labios.

No quiero despertarla. No quiero discutir con ella. No tengo fuerzas para escuchar otra vez que Ramiro es un buen hombre, que debo dejar de provocarlo o que todo lo que sucede en esta casa es culpa mía.

Me limito a cubrirla con la manta que cuelga del respaldo de la silla.

—Buenas noches, mamá —susurro, aunque sé que no puede escucharme.

Cierro la puerta despacio y regreso por el pasillo. La casa parece más triste de noche. El silencio hace que todo resulte más evidente: el desorden, el olor a alcohol, las colillas acumuladas en el cenicero y esa sensación de que, por más que me esfuerce, nunca conseguiré mantener a mi familia a salvo.

Estoy a punto de entrar en mi habitación cuando escucho un ruido.

La perilla de la puerta principal gira, me detengo.

Una vez,dos, tres veces, luego nada.

No necesito preguntar quién es.

Ramiro.

Me quedo mirando la puerta desde el pasillo, esperando escuchar su voz o el golpe de su puño contra la madera. Pero no grita. Quizá recuerda las quejas de los vecinos de las últimas veces, cuando sus escándalos despertaron a medio edificio.

La perilla vuelve a girar y luego, nada.

Una sonrisa pequeña, casi involuntaria, se dibuja en mis labios.

Por una vez, el seguro ha servido de algo.

Regreso a mi habitación y cierro la puerta con llave. Me apoyo contra ella unos segundos, dejando que el cansancio se apodere de mis piernas. Después me quito los zapatos, me meto en la cama y me cubro hasta los hombros.

Cierro los ojos.

Y, por alguna razón, el rostro del desconocido aparece en mi mente.

Gabriel.

¿Quién será ese hombre? ¿De dónde habrá salido? Nadie me comentó que un nuevo vecino se mudaría al apartamento de al lado. Aunque, pensándolo bien, hace tiempo que no hablo con nadie del edificio. Entre el trabajo, las cuentas y mis hermanas, apenas tengo tiempo para respirar.

Quizá siempre estuvo allí y yo nunca lo había visto.

Me llevo una mano a los labios.

Su beso.

Sacudo la cabeza, avergonzada de mí misma, aunque no hay nadie que pueda verme.

—Qué tontería, Roxanna —murmuro.

Tal vez todo haya sido un sueño. Un sueño extraño, demasiado hermoso para ser real. Un hombre de ojos color miel, una voz con acento extranjero y una manera de mirarme que todavía me hace sentir un cosquilleo en el estómago.

Sonrío contra la almohada.

No. No puede haber sido un sueño. Todavía recuerdo sus manos en mi espalda y la forma en que me protegió cuando Ramiro apareció en la ventana.

Pero ¿qué importa? No volveré a verlo.

Aunque… podría prepararle algo.

Una sonrisa se me escapa al recordar los pasteles de manzana que tanto me gusta hacer. Siempre me salen deliciosos, y quizá podría llevarle uno como agradecimiento. Solo tendría que esperar a la madrugada, cuando todo esté en silencio, y cruzar la ventana si sigue abierta. Si está cerrada, tocaré.

Me imagino su expresión al verme aparecer con un pastel entre las manos y no puedo evitar sonreír.

—Solo será un agradecimiento —murmuro, como si necesitara convencerme.

Después de todo, si vuelve a mirarme con esos ojos color miel, ¿qué podría salir mal?

Me acomodo de lado, abrazando la almohada. El cansancio comienza a vencerme y mis pensamientos se vuelven cada vez más confusos.

Mañana, si todavía está allí, le llevaré un pastel.

Y si no quiere verme… bueno, al menos habré tenido una buena excusa para intentarlo.

Con esa idea en la cabeza, cierro los ojos y, poco a poco, me quedo dormida.

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