Capítulo 5 CINCO

Gabriel

La mañana está fresca. Una ligera neblina cubre las calles y los primeros rayos del sol apenas consiguen abrirse paso entre los edificios antiguos del barrio. Cierro con llave la puerta del departamento y desciendo las escaleras con el cuerpo cansado y la mente aún atrapada en los acontecimientos de la noche anterior.

Frente al edificio me espera un taxi blanco.

El conductor baja enseguida al verme y me dedica una sonrisa amplia.

—Buenos días, padre Gabriel.

—Buenos días —respondo con mi marcado acento francés.

—Espero no haber llegado tarde. El padre Esteban me pidió que fuera puntual. Desde hoy seré quien lo lleve a donde necesite. Mi nombre es Leonel.

Le estrecho la mano.

—Mucho gusto, Leonel. Gracias por venir.

Abre la puerta trasera con una cortesía que no esperaba.

—Suba, padre. Hace frío esta mañana.

Apenas nos ponemos en marcha, noto que es uno de esos hombres incapaces de convivir con el silencio.

—¿Descansó bien? Lo noto un poco cansado.

Miro por la ventana antes de responder.

—Fue... una noche larga de oración.

No es exactamente una mentira. Leonel asiente con una sonrisa.

—Eso imaginé. La vida de un sacerdote debe ser pesada. Mucha gente cree que ustedes solo celebran misa, pero siempre hay alguien buscando consejo o ayuda.

—Sí... siempre hay alguien.

El semáforo nos obliga a detenernos.

—¿Qué le está pareciendo el barrio? —pregunta mientras tamborilea los dedos sobre el volante—. De día es bastante tranquilo. Los vecinos son buena gente, todos se conocen. Claro que, como en cualquier lugar, también hay personas que buscan problemas. Por las noches conviene ser cuidadoso.

Asiento distraídamente.

—Es... bonito.

—Ya verá que terminará encariñándose. Y cualquier cosa que necesite, cuente conmigo. No solo soy su chofer. Si necesita hacer compras, conocer la ciudad o simplemente alguien que lo oriente, aquí me tiene. Mi esposa dice que hablo demasiado, pero a mí me gusta conversar.

No puedo evitar sonreír.

—Eso... ya lo noté.

Leonel ríe con ganas.

—¿Ve? Al menos lo hago sonreír. Además, tengo curiosidad. Nunca había trabajado para un sacerdote extranjero. Quiero conocer su país, sus costumbres... y de paso enseñarle las nuestras. Así usted aprende un poco de nosotros y yo aprendo un poco de usted.

—Me parece... un buen trato.

—¡Sabía que nos llevaríamos bien!

La conversación continúa durante todo el trayecto. Leonel habla de la ciudad, de los mejores restaurantes, de las procesiones religiosas, del tráfico, de su esposa, de sus hijos y hasta del perro que adoptó hace unos meses.

Yo apenas respondo con frases cortas.

Porque, aunque mi cuerpo viaja sentado en el asiento trasero del taxi, mi mente sigue encerrada en aquel pequeño departamento.

En la ventana abierta, en unos ojos llenos de miedo, en una voz temblorosa suplicándome ayuda y, sobre todo... en aquel beso inesperado que aún parece arder sobre mis labios.

Aprieto los dedos sobre el rosario que llevo oculto en el bolsillo. Cierro los ojos un instante, intento rezar, pensar en cualquier otra cosa. Pero cada vez que pronuncio el nombre de Dios en silencio... Es el rostro de Roxanna es el que aparece frente a mí.

—Arrête —susurro—. Arrête de penser à elle...

Pero no puedo.

El taxi se detiene frente a la iglesia. Una construcción antigua muy hermosa, con un campanario que se eleva hacia el cielo.

—llegamos padrecito— dijo Leonel

—Gracias

—Paso por usted a las ocho— dice antes de perderse por la carretera.

—Seigneur... dame la fuerza... Camino hacia la entrada.

El padre Anselmo me esperaba en la puerta. Es un hombre mayor, canoso, ojos claros y amables. Su sonrisa es cálida, pero su rostro muestra el cansancio de la enfermedad.

A su lado, un niño de unos doce años. Monaguillo. Pelo oscuro y ojos curiosos.

—¡Gabriel! —exclama el padre Anselmo—. ¡Bienvenido, bienvenido!

Me abraza, su cuerpo es frágil, huesudo.

—Gracias, padre. Es un honor estar aquí.

—Este es Tomás —dice señalando al niño—. Nuestro monaguillo. Un chico muy aplicado y con ganas de aprender. Hay dos pequeños más que nos ayudan, pero Tomás es mi mano derecha.

—Hola —dice Tomás con timidez.

—Mucho gusto —respondo.

El padre Anselmo me guía al interior. La iglesia es sencilla. Butacas de madera. Un altar blanco. Un crucifijo enorme detrás.

—He preparado un pequeño banquete de bienvenida —dice el padre.

Me lleva al comedor parroquial.

Varias monjas nos esperan.

—Hermano Gabriel, qué alegría tenerlo aquí. — dice una de ellas acercándose para saludar.

—Gracias, hermanas.

La mesa está llena. Pan recién horneado, queso fresco, frutas, café humeante que llena el aire con su aroma.

El padre Anselmo me toma del brazo con una calidez que apenas puedo soportar. Sus manos son huesudas, temblorosas. El infarto lo ha dejado frágil.

—Siéntate, siéntate —dice, guiándome a una silla—. Debes estar hambriento. ¿Cómo estuvo tu noche? No te veo de tan buen semblante.

Tomo asiento. El café humea frente a mí. El pan está tibio. Pero mi estómago está cerrado.

—Solo una noche larga de oraciones, padre —respondo, evitando sus ojos.

Él me sirve café, la leche, el azúcar.

—Gabriel —dice el padre Anselmo, llenando mi taza—, ya hemos preparado una habitación en el monasterio. Para que te quedes ahí durante tu visita. Ese edificio donde estás... no es adecuado para ti. Los ruidos de la ciudad nos distraen de las oraciones.

—El lugar está bien, padre —respondo—. Suelo quedarme en lugares así para conocer a su gente. Me gusta interactuar, entender sus vidas.

—Tienes razón.

—Y por mi aspecto, no se preocupe. Solo es una noche. No quiero causar molestias.

El padre Anselmo me observa. Sus ojos claros parecen leer mi alma. Mi alma sucia y confundida.

—Como gustes —dice finalmente—. Pero aquí siempre tendrás un lugar para dormir. Siempre que lo necesites.

—Gracias, padre. Es muy amable.

—¿Conociste a Leonel?

—Sí —respondo—. Es un hombre maravilloso. Sabio y curioso.

—Es un hombre bueno y confiable —dice el padre Anselmo, sirviéndose pan—. Cuidará de ti el tiempo que estés aquí.

Muerdo un pedazo de pan. El sabor es suave. Pero mi boca no lo disfruta.

—¿Cuánto tiempo piensa quedarse? —pregunta, inclinando la cabeza.

—Un año —respondo—. O quizás menos. Todo depende de las circunstancias.

El padre Anselmo asiente lentamente. Sus dedos juegan con la taza de café.

—Así es —dice—. No estás aquí para reemplazarme, hijo. Sino para apoyarme mientras mi salud se recupera.

Se lleva una mano al pecho. El gesto es automático. Doloroso.

—El infarto... fue duro. Pero Dios es grande.

—Sí, padre. Dios es grande.

Las palabras salen de mi boca, pero mi mente está en otra parte. En esa noche, en ella, en su mirada dulce, en sus labios…

—Esta mañana celebraremos misa —continúa el padre—. Te presentaré a la comunidad. Y puedes encargarte del confesionario desde hoy.

—¿Tarea sencilla? —pregunto con una sonrisa forzada.

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