Capítulo 6 Seis
GABRIEL
El padre Anselmo ríe. Su risa es cálida, pero cansada.
—En teoría, sí. Los feligreses de este pueblo... la mayoría no quieren escuchar palabras sabias. Solo ser escuchados. Tú solo escucha y pones penitencia.
—¿No hay secretos? —pregunto, curioso.
Él me mira. Una chispa de picardía en sus ojos ancianos.
—Es un pueblo chico —dice—. No hay secretos. Solo pecadores que necesitan redención.
Todos ríen, pero yo no puedo reír, sigo perdido en ella.
—¿Gabriel? —la voz del padre Anselmo me trae de vuelta—. ¿Estás bien? Te veo pensativo. ¿No te gusta el confesionario?
Parpadeo. Mi mano aprieta la taza. El café tibio apenas calienta mis dedos.
—Todo bien, padre —respondo—. Solo... pensaba en una joven que conocí ayer.
Él levanta una ceja. Interesado. Curioso.
—¿Del edificio?
—Sí. Ella parece tener problemas.
—Todos tienen problemas, Gabriel —dice, con suavidad—. No puedes arreglarlos todos. Pero sí escucharlos y darles un poco de consuelo.
Asiento. Sus palabras son sabias. Pero no saben que no quiero consolarla, quiero besarla, sentir su piel. Quiero olvidar quién soy con ella.
—¿Y ella? —pregunta el padre—. ¿Tiene nombre?
Mi corazón se acelera.
—Roxanna—susurro.
El nombre escapa antes de que pueda detenerlo. El padre Anselmo me observa, largo, profundo.
—No recuerdo a ninguna chica con ese nombre.
Y no añade nada más, pero en sus ojos puedo ver inquietud. Quizás ha visto lo que trato de ocultar o es el remordimiento por la mentiras que me hace sentir desnudo.
La conversación continúa. Las monjas hablan de la misa. El monaguillo juega con el pan. El padre Anselmo sonríe.
Las campanas de la parroquia comienzan a sonar cuando el padre Anselmo se acerca al altar. Desde la sacristía observo cómo los bancos terminan de llenarse. Familias enteras, ancianos apoyados en sus bastones, niños inquietos y jóvenes que apenas levantan la vista de sus teléfonos. Respiro profundamente. He celebrado decenas de misas en Francia, pero esta será la primera que oficiaré en español.
El padre Anselmo me dedica una sonrisa tranquilizadora antes de dirigirse a los presentes.
—Queridos hermanos, antes de comenzar la celebración quiero presentarles oficialmente al padre Gabriel Moreau.
Todas las miradas se vuelven hacia mí.
Doy un paso al frente, aunque no me gustan las presentaciones, mucho menos ser el centro de atención.
—El padre Gabriel llega desde Francia para acompañarnos en nuestra parroquia. A partir de hoy trabajaremos juntos para servir a esta comunidad. Sé que muchos lo recibirán con el cariño que siempre caracteriza a nuestro barrio.
Algunas personas sonríen, otras aplauden con entusiasmo.
—Es un hombre preparado, humilde y de una fe admirable. Espero que lo hagan sentir en casa. Tanto él como yo estaremos disponibles para escucharlos, acompañarlos y ayudarlos cuando lo necesiten. Las puertas de esta iglesia siempre estarán abiertas para ustedes.
Los aplausos vuelven a llenar el templo.
Inclino ligeramente la cabeza.
—Gracias... por... recibirme —consigo decir con mi español todavía inseguro.
Escucho algunas risas discretas, no son burlas, son cálidas, comprensivas.
Eso consigue relajarme un poco.
La misa comienza. Durante casi una hora consigo olvidarme del mundo exterior. Leo el Evangelio con cuidado, pronunciando cada palabra lentamente para no equivocarme. Después llega el momento de la homilía.
Abro la Biblia. Mis dedos encuentran el pasaje que preparé la noche anterior.
—Hoy... Jesús nos recuerda... que el buen pastor... no abandona... sus ovejas... cuando ellas... tienen miedo.
Mi voz resuena en toda la iglesia. El silencio es absoluto.
—Todos... conocemos... el miedo. Miedo... a perder... alguien. Miedo... a equivocarnos. Miedo... a caminar solos. Pero Dios... nunca... nos abandona... incluso... cuando nosotros... creemos... que estamos... completamente... solos.
Levanto la mirada. Varias personas me observan con atención. Continúo hablando.
No leo. Solo hablo desde el corazón.
—Muchas veces... creemos... que la fe... consiste... en no tener... dudas. No es verdad. La fe... comienza... precisamente... cuando seguimos caminando... a pesar... de ellas.
Por un instante olvido que estoy predicando, porque esas palabras parecen dirigidas también a mí.
¿Acaso no estoy lleno de dudas desde la noche anterior? ¿Acaso yo mismo no camino intentando convencerme de que todo volverá a ser como antes?
La imagen de Roxanna intenta abrirse paso entre mis pensamientos. La aparto de inmediato.
—Dios... siempre... encuentra... la manera... de acercarse... a nosotros... incluso... cuando menos... lo esperamos. Amén.
La misa termina entre cantos y saludos.
Varias personas se acercan para estrecharme la mano. Una anciana toma la mía entre las suyas.
—Bienvenido, padre. Qué bonito habla.
Sonrío.
—Gracias.
—Con el tiempo hablará mejor que nosotros.
Río por primera vez en todo el día.
Después camino hacia el confesionario. La vieja madera desprende ese aroma que siempre me ha resultado familiar.
Entro, cierro la puerta y respiro profundamente. Aquí todo parece más sencillo, solo existe una voz y un corazón que busca consuelo.
No pasa mucho tiempo antes de que escuche abrirse la puerta. Alguien se arrodilla al otro lado de la rejilla.
—Ave María Purísima...
—Sin pecado concebida —respondo.
La voz temblorosa pertenece a una anciana. Confiesa que lleva semanas resentida con una vecina porque cree que habla mal de ella. La escucho, le sonrío aunque no pueda verme. Le recuerdo que el perdón siempre pesa menos que el rencor.
Se marcha tranquila.
Después llega un hombre de manos ásperas, dice llamarse Ernesto, es carpintero.
Entre lágrimas reconoce que ha descuidado demasiado a su esposa por trabajar día y noche.
—Padre... hace meses que no la llevo a caminar... ni le digo que la amo.
No puedo evitar sonreír.
—Todavía... está... a tiempo.
Él también sonríe. Promete comprarle flores esa misma tarde.
Luego entra una enfermera. Su voz apenas puede sostenerse. Cuenta que uno de sus pacientes lleva semanas sufriendo y teme no estar haciendo lo suficiente para aliviarlo.
Hablamos varios minutos.
Le recuerdo que nadie puede cargar solo con todo el dolor del mundo. Cuando sale, el silencio vuelve a instalarse.
