Capítulo 2 La primera noche
No pude dormir.
Me di vueltas entre las sábanas bordadas hasta que el reloj de pared del pasillo dio las dos. Luego las dos y media. El silencio de la casa no era un silencio normal. Era un silencio antiguo, cargado, como si las paredes guardaran respiraciones que no se atrevían a salir. Cada crujido de la madera me hacía abrir los ojos. Cada ráfaga de lluvia contra los cristales me devolvía la imagen de Adrián de pie en la cocina, la camisa arremangada, la voz baja diciéndome que al final firmaría lo que él pusiera delante.
Me senté en el borde de la cama. Las piernas desnudas me temblaban un poco. El aire de la habitación olía a lavanda húmeda y a algo más oscuro, algo que se filtraba desde el pasillo. Me puse la bata de seda negra que había encontrado en el armario —demasiado fina, demasiado elegante para una noche como aquella— y abrí la puerta con cuidado.
El pasillo estaba a oscuras.
Solo una lámpara de pared, al fondo, proyectaba un círculo amarillento sobre la alfombra roja desgastada. Las sombras de los retratos familiares se alargaban como dedos. Caminé descalza. El frío del suelo de madera me subió por las plantas de los pies hasta la nuca. Cada paso sonaba demasiado alto. Me detuve frente a la escalera principal y miré hacia el ala este.
La puerta de Adrián estaba cerrada.
O al menos eso creí.
Bajé las escaleras despacio, una mano rozando la barandilla de hierro forjado. El salón estaba en penumbra. La chimenea apagada. El retrato de mi tía Catalina me seguía con los ojos desde arriba de la mesa. Seguí hasta la cocina.
La luz estaba encendida.
Una sola bombilla sobre la isla de mármol. El resto de la estancia sumida en sombras. Y él.
Adrián estaba de espaldas a mí, frente a la ventana que daba al jardín. Llevaba solo los pantalones negros del traje, la camisa blanca abierta y sin abrochar, los pies descalzos. El cabello revuelto como si se hubiera pasado la mano por él mil veces. En la mano derecha sostenía una taza de café negro. El vapor subía lento, enroscándose en el aire frío.
No se giró cuando entré.
Pero su cuerpo cambió. Se tensó apenas. Los hombros se le endurecieron bajo la tela blanca. Supe que me había oído. Supe que había estado esperando.
Me quedé junto a la puerta, la bata ceñida alrededor del cuerpo, el corazón latiéndome en la garganta.
—No podías dormir —dijo él sin mirarme. La voz era más grave a esa hora. Más baja. Como si la noche le quitara una capa de control.
No respondí. Caminé hacia la nevera, abrí la puerta y saqué una botella de agua. El cristal frío me quemó los dedos. Me serví un vaso y me senté en el taburete más alejado de la isla. El mármol estaba helado bajo mis muslos desnudos.
El silencio se estiró entre nosotros como un hilo a punto de romperse.
Adrián dio un sorbo a su café. Todavía de espaldas. Yo miré la línea de su nuca, la forma en que el pelo negro se rizaba un poco sobre la piel. Recordé, sin querer, cómo olía esa piel cuando teníamos dieciséis años y él me había sujetado contra el árbol. Madera y tormenta. Ahora olía igual. Solo que más oscuro. Más adulto.
—La casa hace ruido por las noches —continuó él, todavía sin girarse—. Siempre lo ha hecho. Catalina decía que eran los muertos caminando. Yo creo que son los vivos que no saben quedarse quietos.
Levanté la vista. Él por fin se volvió.
Sus ojos grises me atravesaron de inmediato. Bajaron por mi cuello, por la abertura de la bata, por mis piernas cruzadas sobre el taburete. No hubo disimulo. No hubo cortesía. Solo esa mirada lenta, deliberada, que me dejó la piel erizada bajo la seda.
—Deberías volver a tu habitación —dijo.
—No eres nadie para decirme dónde debo estar.
Una sonrisa mínima, casi imperceptible, se dibujó en el rabillo de su boca.
—En esta casa soy exactamente quien decide eso.
Dejó la taza sobre el mármol. El sonido del cerámica contra la piedra fue demasiado fuerte en el silencio. Dio un paso hacia mí. Luego otro. Se detuvo al otro lado de la isla, las manos apoyadas en el borde, el torso inclinado apenas hacia adelante. La camisa abierta dejaba ver la línea de su pecho, el vello oscuro, la cicatriz fina que le cruzaba la costilla izquierda. Una cicatriz que yo no conocía.
—No toques lo que no es tuyo —dijo en voz muy baja, sin mirarme a la cara. Miraba mi mano, que todavía sostenía el vaso de agua.
El desafío me subió por la garganta como un fuego lento.
Dejé el vaso. Extendí la mano a través de la isla. Mis dedos rozaron el borde de su taza de café. El calor del líquido todavía se sentía en la cerámica. Arrastré la yema del índice por el reborde, despacio, deliberadamente, mientras lo miraba a los ojos.
—¿Y si lo toco igual?
El aire entre nosotros se espesó.
Adrián no se movió. Solo respiró. Una inhalación profunda, controlada, que le hinchó el pecho. Sus dedos se cerraron con más fuerza sobre el mármol. Vi cómo se le tensaban los tendones del antebrazo.
—Isabella.
Mi nombre otra vez. Dicho como una advertencia y como una caricia sucia al mismo tiempo.
—Dime —susurré—. ¿Qué vas a hacer si toco lo que no es mío?
Él rodeó la isla.
No corrió. No se apresuró. Caminó con esa lentitud peligrosa que siempre había tenido, hasta quedar de pie frente a mí. Tan cerca que el calor de su cuerpo atravesó la fina tela de mi bata. Tan cerca que pude ver las pestañas negras, la sombra bajo los ojos, la forma en que su boca se mantenía en una línea dura.
No me tocó.
Solo se inclinó. Su aliento me rozó la mejilla. Olía a café y a whisky y a algo más oscuro, algo que me hizo apretar los muslos uno contra el otro.
—Si vuelves a tocar lo que es mío —dijo contra mi oído, la voz apenas un susurro—, te voy a recordar exactamente por qué me odias. Y te voy a recordar por qué, a pesar de eso, tu cuerpo ya está temblando.
Me quedé sin aire.
Él se apartó un centímetro. Solo un centímetro. Suficiente para que yo pudiera verle los ojos otra vez. Suficiente para que el espacio entre nosotros se volviera insoportable.
Mi mano todavía estaba sobre la isla, los dedos a un milímetro de su taza. No la retiré. Al contrario: volví a rozar el reborde, más despacio esta vez, sintiendo el calor residual, sintiendo cómo su respiración se volvía más profunda.
Adrián cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, ya no había nada frío en ellos. Solo una oscuridad caliente, peligrosa, que me miraba como si quisiera devorarme despacio.
—Ve a la cama, Isabella.
—No.
—Ve. Antes de que decida que esta cocina es un lugar tan bueno como cualquier otro para enseñarte lo que significa convivir conmigo.
El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo. Me levanté del taburete. La bata se abrió un poco al hacerlo. Su mirada bajó de inmediato a la línea de mi muslo. No la apartó. No fingió.
Di un paso hacia la puerta. Luego otro. Él no se movió. Se quedó allí, de pie junto a la isla, las manos todavía apoyadas en el mármol, la camisa abierta, la respiración visible en el pecho.
Cuando llegué al umbral me detuve. Miré por encima del hombro.
—Tú también deberías dormir, Adrián —dije—. Vas a necesitar fuerzas. Este año va a ser largo.
Él sonrió. Una sonrisa lenta, oscura, que no llegó a los ojos.
—No pienso dormir esta noche —respondió—. Y tú tampoco. Aunque cierres la puerta con llave.
Subí las escaleras con las piernas temblorosas. Cada escalón me costaba. Sentía su mirada en la espalda incluso cuando ya no podía verlo. Cuando llegué a mi habitación cerré la puerta, giré la llave y me apoyé contra la madera.
El corazón me golpeaba las costillas. Entre las piernas había un calor húmedo, traicionero, que me hizo apretar los dientes de rabia.
Me quité la bata. Me metí en la cama. Apagué la luz.
Pero no cerré los ojos.
Escuché.
Durante mucho rato solo hubo lluvia. Luego, pasos lentos en el pasillo. Se detuvieron frente a mi puerta. No tocaron. No hablaron. Solo se quedaron allí, respirando al otro lado de la madera, lo bastante cerca para que yo sintiera el peso de su presencia como una mano invisible rodeándome el cuello.
Pasaron minutos. O horas. No lo sé.
Cuando por fin los pasos se alejaron hacia el ala este, me di la vuelta entre las sábanas y enterré la cara en la almohada.
Odiaba que estuviera aquí.
Odiaba que mi cuerpo lo quisiera tan cerca.
Odiaba, sobre todo, que una parte de mí —la más oscura, la más secreta— ya estuviera contando los días que faltaban para que él cumpliera su amenaza.
Afuera, la casa antigua respiraba con nosotros.
Y la primera noche del contrato apenas había empezado.
