Capítulo 3 El desayuno forzado
Desperté con la luz gris del amanecer filtrándose entre las cortinas.
El cuerpo me pesaba como si hubiera corrido kilómetros en sueños. La almohada olía a lavanda y a mi propio perfume, pero debajo de ese aroma había otro, más sutil, que se había colado desde el pasillo: madera y tormenta. Adrián. Incluso dormida lo había sentido.
Me levanté. El suelo de madera estaba frío bajo mis pies descalzos. Me duché con agua casi hirviendo, intentando borrar la sensación de su aliento cerca de mi oído la noche anterior. Me vestí con un suéter negro de cuello alto y pantalones oscuros. Nada que pudiera interpretarse como una invitación. Nada que dejara piel al descubierto.
Bajé las escaleras con paso firme.
La casa olía a café recién hecho.
Él ya estaba en la cocina.
De pie frente a la isla de mármol, la camisa blanca arremangada otra vez, el cabello todavía húmedo de la ducha. Dos tazas sobre la superficie. Una cafetera humeante. Pan tostado. Mantequilla. Fruta cortada con precisión casi quirúrgica. Como si hubiera preparado el desayuno de un matrimonio que no existía.
Me detuve en el umbral.
Adrián levantó la vista. Sus ojos grises me recorrieron de arriba abajo con esa lentitud deliberada que ya empezaba a conocerme demasiado bien. No sonrió. Solo inclinó apenas la cabeza hacia la segunda taza.
—Siéntate.
—No tengo hambre.
—Mentira. Siéntate, Isabella.
El tono no admitía discusión. Era la misma voz de la noche anterior, solo que ahora tenía la luz del día para hacerla más peligrosa. Caminé hasta el taburete opuesto y me senté. El mármol estaba frío otra vez. Él empujó la taza hacia mí. El café olía fuerte, amargo, exactamente como a él le gustaba.
Bebí un sorbo solo para no darle la satisfacción de que me negara. Quemaba. Perfecto.
Durante varios minutos solo se escuchó el sonido de los cubiertos y la lluvia fina que todavía caía afuera. Yo miraba el vapor de mi taza. Él me miraba a mí.
—Dormiste poco —dijo al fin.
No era una pregunta.
—Tú tampoco.
—No. Estuve pensando.
Dejé la taza sobre el mármol con más fuerza de la necesaria.
—¿En cómo arruinarme la vida un poco más?
Él dejó el cuchillo con el que untaba mantequilla en el pan. El metal tintineó contra el plato. Se incorporó despacio, rodeó la isla y se detuvo a mi lado. Demasiado cerca. El olor de su piel limpia, de jabón caro y de esa tormenta permanente que lo envolvía, me golpeó de lleno.
—En cómo vas a mirarme dentro de tres meses —respondió con calma—. Cuando el odio ya no te baste para mantener las piernas cerradas.
Me levanté de golpe. La silla chirrió contra el suelo.
—Eres un bastardo.
—Lo sé.
—No tienes ningún derecho a hablarme así.
—Tengo el derecho que me dio tu tía. Y el que me das tú cada vez que te estremeces cuando me acerco.
Di un paso atrás. Él dio uno adelante. La isla de mármol quedó a mi espalda. El borde frío me presionó la cintura. Adrián no me tocó. Solo se inclinó lo suficiente para que su pecho casi rozara el mío. Su aliento me rozó la mejilla.
—Dime que no te mojaste anoche pensando en lo que te dije —susurró.
—Vete al infierno.
—Ya vivo en él. Y ahora tú también.
La pelea estalló entonces. Palabras afiladas, antiguas, cargadas de doce años de silencio. Le grité que era un parásito. Que nunca había sido más que el hijo de la ama de llaves. Que Catalina se había apiadado de él y que ahora pretendía cobrarse esa piedad conmigo. Él escuchó sin interrumpirme, los ojos fijos en mi boca, la mandíbula tensa. Cuando terminé de hablar, el pecho me subía y bajaba con violencia.
Adrián apoyó las manos en el mármol, a ambos lados de mi cuerpo. No me tocó. Solo cerró el espacio. Su boca quedó a la altura de mi oído. Su respiración, caliente y controlada, me rozó el cuello justo encima del borde del suéter.
—Escúchame bien, Isabella —dijo, tan bajo que casi fue un roce—. Puedes odiarme todo lo que quieras. Puedes gritarme. Puedes intentar huir. Pero cada mañana vas a sentarte en esta isla y vas a desayunar conmigo. Cada noche vas a dormir sabiendo que estoy al otro lado del pasillo. Y cada vez que te mientas diciendo que no me deseas, tu cuerpo te va a delatar.
Sentí el calor de su respiración contra mi piel. El suéter de cuello alto de pronto pareció demasiado fino. Un escalofrío me recorrió la nuca, bajó por la columna y se instaló entre mis piernas con una precisión cruel. Apreté los muslos. Él lo notó. Supe que lo notó porque su respiración se volvió un poco más profunda, un poco más irregular.
No me tocó.
Solo permaneció allí, respirando contra mi cuello, lo bastante cerca para que el aroma de su piel se me metiera en la garganta. Lo bastante cerca para que yo sintiera el temblor traicionero de mi propio cuerpo.
—Tu pulso —murmuró contra mi piel—. Está disparado. ¿Es odio… o es otra cosa?
—Quítate de encima.
—No estoy encima. Todavía.
El “todavía” cayó entre nosotros como una promesa oscura.
Me deslicé hacia un lado, escapando del espacio que él había creado. Las piernas me temblaban. El orgullo me ardía en la cara. Adrián se enderezó con calma, como si nada hubiera pasado, y volvió a su lado de la isla. Tomó su taza de café y bebió un sorbo sin dejar de mirarme.
—Termina el desayuno —dijo—. Luego puedes odiarme en cualquier otra habitación de la casa. Hay treinta y dos. Elige.
Me quedé de pie, el corazón latiéndome en las sienes, la humedad traicionera entre los muslos recordándome exactamente lo que él había dicho. Mi cuerpo había respondido antes que mi orgullo. Exactamente como él había predicho.
Tomé la taza con las dos manos para que no se notara el temblor. Bebí. El café ya estaba tibio. Amargo. Perfecto.
Adrián sonrió apenas, esa media sonrisa cruel que no llegaba a los ojos.
—Buenos días, Isabella.
No le respondí.
Pero tampoco me fui.
Me senté otra vez. Terminé el café en silencio mientras él terminaba el suyo. El único sonido era la lluvia contra los cristales y el latido demasiado fuerte de mi propia sangre.
Cuando por fin me levanté y caminé hacia la puerta, sentí su mirada en mi espalda como una mano invisible que me sujetaba la nuca.
—Isabella —llamó cuando ya estaba en el umbral.
Me detuve sin girarme.
—Esta noche —dijo con voz baja— deja la puerta sin llave.
No contesté.
Subí las escaleras con las piernas todavía inestables, el cuello todavía caliente donde su respiración me había tocado, y la certeza terrible de que el contrato apenas comenzaba a mostrar los dientes.
Afuera, la mañana seguía gris.
Dentro de la casa, el aire ya olía a guerra.
