Capítulo 4 La rabia que nunca se apagó

La puerta se cerró detrás de ella y el sonido del picaporte me llegó como un golpe seco en el pecho.

Me quedé de pie junto a la isla de mármol, las manos todavía apoyadas en la superficie fría, los nudillos blancos. El café de su taza seguía humeando. El aire olía a ella: lavanda, piel caliente y ese rastro de miedo y deseo que no sabía disimular.

Había temblado.

Lo había sentido.

No con las manos. No la había tocado. Pero el temblor había estado ahí, bajo la tela negra del suéter, en la forma en que apretó los muslos, en el pulso acelerado que le latía en el cuello cuando mi respiración le rozó la piel. Su cuerpo me había respondido antes que su orgullo. Exactamente como yo sabía que lo haría.

Cerré los ojos.

La imagen de su nuca, el cuello alto del suéter, la línea temblorosa de su mandíbula… todo se me quedó grabado detrás de los párpados. Quise poner la boca ahí. Quise morder. Quise hacerla confesar en voz alta lo que su cuerpo ya estaba gritando.

Pero no lo hice.

Todavía no.

Abrí los ojos y miré el reloj de pared. Las nueve de la mañana. El primer día completo del contrato. Trescientos sesenta y cinco por delante. Un año entero para destrozarla despacio. Un año entero para destrozarme a mí mismo en el proceso.

Me serví más café. Amargo. Negro. Sin azúcar. Igual que todo lo que me había tocado en esta casa desde que tenía ocho años.

La mansión respiraba a mi alrededor. Casa del Viento. Así la llamaba Catalina. Yo la conocía mejor que nadie. Cada crujido de la madera, cada corriente de aire frío que se colaba por los pasillos del ala este, cada sombra que se alargaba al atardecer. Había crecido entre estas paredes como un animal que nadie quería del todo. El hijo de la ama de llaves. El niño que comía en la cocina mientras ellos comían en el comedor. El adolescente que aprendió a callar cuando Isabella Varela lo miraba como si fuera sucio.

Así es Sucio.

Esa palabra todavía me quemaba la lengua después de todos estos años.

Fue en la adolescencia, la primera vez que lo entendí del todo. Ella, menor por dos años. Yo cargaba las maletas de los invitados de una de esas fiestas interminables que Catalina organizaba. Isabella estaba en la escalera principal, vestida de blanco, el pelo suelto, mirándome bajar con una expresión que no era de desprecio abierto… era peor. Era indiferencia. Como si yo formara parte del mobiliario. Como si mi existencia apenas mereciera un parpadeo.

Esa noche, en el cuarto pequeño del ático que me habían asignado, juré que algún día ella no podría mirarme así. Que algún día su mirada se rompería. Que algún día estaría a mi merced y sabría exactamente quién era el que mandaba.

No sabía entonces que el destino —o Catalina— me iba a regalar precisamente eso.

Caminé hasta la ventana de la cocina. El jardín estaba gris, empapado. Las rosas que Catalina amaba tanto se ahogaban bajo la lluvia. Recordé a Isabella a los dieciséis, corriendo entre esas mismas rosas después de nuestra última pelea. Yo con la mejilla abierta por su uña, ella con las muñecas marcadas por mis dedos. Habíamos estado a un segundo de besarnos. Un segundo. Y luego ella me escupió el odio a la cara y desapareció de mi vida durante doce años.

Fueron doce años en los que construí un imperio con las manos que ella había considerado sucias. Doce años en los que cada mujer que toqué tenía, de alguna forma, el mismo color de ojos o la misma forma de morderse el labio inferior. Doce años en los que la rabia se fue convirtiendo en algo más oscuro, más paciente, más peligroso.

Y ahora estaba aquí.

En mi casa.

Bajo mi techo.

Respirando el mismo aire.

Me pasé la mano por la cara. La barba de un día me raspó la palma. Necesitaba afeitarme. Necesitaba control. Necesitaba no subir las escaleras, abrir su puerta y cumplir la amenaza que le había hecho en la cocina.

Dejé la taza en el fregadero y subí al ala este. Mi habitación olía a madera oscura y a libros viejos. Catalina me la había dejado preparada años atrás, como si siempre hubiera sabido que yo volvería a quedarme. La cama era grande, demasiado grande para un solo hombre. Me quité la camisa. Me miré en el espejo del baño.

La cicatriz de la costilla izquierda todavía se veía. Un recuerdo de otra pelea, de otra época. El cuerpo me pesaba de deseo contenido. El pantalón se me había vuelto incómodo desde que ella se sentó en la isla y me miró con esos ojos que no sabían decidir entre el odio y el hambre.

Me duché con agua fría. No sirvió de nada.

Cuando salí, envuelto en una toalla, me senté en el borde de la cama y dejé que los recuerdos vinieran. Ya no luchaba contra ellos. Formaban parte del contrato tanto como las firmas en el testamento.

Tenía dieciocho años la noche en que lo juré de verdad.

Ella dos años menor que yo. Habíamos discutido en el jardín. Ella me había llamado “el hijo de la sirvienta” con esa voz cristalina que usaba para herir. Yo la había empujado contra el tronco del roble viejo, las muñecas sujetas sobre su cabeza, el cuerpo pegado al suyo. Sentí el temblor. Sentí el calor. Sentí cómo su respiración se volvía irregular. Y entonces ella me miró… y por un segundo el odio se quebró. Por un segundo vi el mismo deseo que yo cargaba.

La solté.

Me aparté.

Y juré, en silencio, que la próxima vez no la soltaría.

Esa noche me masturbé pensando en ella hasta que dolió. Hasta que el nombre se me rompió en la boca. Hasta que entendí que el odio y el deseo eran la misma herida.

Ahora, doce años después, la herida seguía abierta. Y ella dormía a menos de treinta metros de mí.

Me vestí. Camisa negra. Pantalones oscuros. Bajé otra vez. La casa estaba en silencio. Me detuve frente a su puerta. Escuché. Nada. Solo su respiración suave, regular. Dormía. O fingía.

Apoyé la frente en la madera un segundo. El olor de ella se filtraba por debajo de la puerta. Cerré los ojos. Imaginé cómo sería abrirla. Imaginé cómo sería encontrarla entre las sábanas, el pelo revuelto, la boca entreabierta. Imaginé cómo sería despertarla con la boca entre las piernas hasta que el odio se le convirtiera en gemidos.

No abrí la puerta.

Todavía no.

Bajé al salón. Me senté en el sillón frente a la chimenea apagada y encendí un cigarrillo. Catalina odiaba que fumara dentro. Ahora Catalina estaba muerta y la casa era mía tanto como de ella. El humo subió lento. Miré el retrato de la tía. Esa media sonrisa. Esa mujer que había jugado con todos nosotros como piezas de un tablero.

—Gané —le dije en voz baja al retrato—. Exactamente como planeaste.

Pero no se sentía como una victoria.

Se sentía como una condena dulce. Como una soga de seda alrededor del cuello.

Pasaron horas. La lluvia no cesó. Escuché sus pasos arriba. La oí abrir el armario. La oí moverse. Cada sonido me llegaba amplificado. Cada movimiento suyo era un recordatorio de que estaba aquí, atrapada, respirando, odiándome y deseándome al mismo tiempo.

Al mediodía preparé comida. No porque tuviera hambre. Porque necesitaba mantener las manos ocupadas. Porque necesitaba algo que no fuera subir esas escaleras.

Cuando ella bajó, vestida de negro otra vez, el pelo recogido, la cara lavada y orgullosa, yo ya estaba sentado en la isla. La miré. Ella me miró. El aire entre nosotros se tensó como un cable a punto de romperse.

No hablamos.

No hizo falta.

Ella se sirvió agua. Yo seguí comiendo. El silencio era más elocuente que cualquier pelea. Cuando terminó y se dio la vuelta para irse, hablé:

—Esta noche dejas la puerta sin llave.

Se detuvo. La espalda se le puso rígida.

—No.

—Sí —respondí con calma—. Lo harás. Porque una parte de ti ya quiere saber qué pasa si lo haces.

Se fue sin contestar.

Pero no escuché el clic de la llave cuando cerró su habitación.

Sonreí contra el borde de la taza.

La rabia seguía ahí. Antigua. Viva. Pero ahora tenía forma. Tenía nombre. Tenía el olor de su piel y el temblor de su cuerpo cuando yo me acercaba.

El contrato era mi victoria.

Y mi condena.

Y yo iba a disfrutar cada segundo de ambas.

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