Capítulo 5 La forma en que se muerde el labio
La noche cayó sobre la Casa del Viento como una segunda piel.
Más densa. Más pesada. Más sincera que el día.
Apagué todas las luces del ala este y me quedé en la oscuridad de mi habitación, sentado en el borde de la cama, descalzo, con la camisa todavía abierta. El reloj de pared marcaba las dos y diecisiete. La lluvia había cesado. Solo quedaba el goteo lento de los canalones y el crujido ocasional de la madera antigua. La casa hablaba cuando creía que nadie la escuchaba. Yo siempre la había escuchado.
Me levanté.
No encendí ninguna lámpara. Conocía cada tabla del suelo, cada desnivel, cada punto donde el pasillo gemía si se pisaba demasiado fuerte. Caminé descalzo hasta su puerta. Treinta y dos pasos. Los conté. Siempre los contaba.
Me detuve frente a la madera oscura.
No toqué el picaporte. No giré la llave. Solo me quedé allí, la frente casi apoyada en la superficie fría, escuchando.
Al principio solo hubo silencio.
Luego, su respiración.
Suave. Regular. Profunda.
Dormía.
Cerré los ojos e imaginé el interior de la habitación. La cama de dosel. Las sábanas blancas bordadas. Ella tendida de lado, el pelo negro esparcido sobre la almohada, una mano debajo de la mejilla. El suéter negro que había usado durante el día probablemente tirado sobre la silla. La piel de sus hombros descubierta. La curva de su cuello. La forma en que sus labios se entreabrían cuando soñaba.
Mi cuerpo reaccionó de inmediato.
El deseo me subió por la sangre como una fiebre lenta y enferma. Me apoyé con más fuerza en la puerta. La madera crujió apenas. Contuve la respiración.
No entré.
Todavía no.
Me quedé escuchándola durante minutos que se alargaron como horas. Cada inhalación suya me golpeaba en el pecho. Cada exhalación me recordaba que estaba a menos de tres metros de distancia, dormida, vulnerable, odiándome incluso en sueños. Quise abrir la puerta. Quise sentarme en el borde de su cama y mirarla hasta que despertara. Quise ver la exacta expresión de su cara cuando abriera los ojos y me encontrara allí.
Pero no lo hice.
Porque esta vez no iba a ser yo quien cruzara el umbral primero.
Retrocedí un paso. Luego otro. Me senté en el suelo del pasillo, la espalda contra la pared opuesta, las piernas flexionadas, los antebrazos apoyados en las rodillas. Desde allí podía ver la rendija de luz que se filtraba por debajo de su puerta. Una luz tenue. Quizá había dejado una lámpara pequeña encendida. O quizá era solo la luna.
Cerré los ojos y dejé que los recuerdos vinieran. Ya no luchaba contra ellos. Formaban parte del mismo veneno.
La primera vez que la vi morderse estábamos en la biblioteca. Ella estudiaba. Yo entraba a dejar unos libros que Catalina me había pedido ordenar. Isabella levantó la vista, me miró con esa expresión de fastidio aristocrático que ya dominaba a la perfección… y se mordió el labio inferior. Un gesto pequeño. Casi involuntario. Como si estuviera conteniendo algo. Una palabra. Una sonrisa. Un insulto.
Ese gesto se me quedó grabado.
Durante años lo busqué en otras bocas. Nunca fue el mismo.
Ahora, doce años después, lo había vuelto a ver en la cocina. Cuando la acorralé contra el mármol. Cuando mi respiración le rozó el cuello. Se mordió el labio. Fuerte. Como si quisiera impedirse a sí misma decir algo que no debía. O sentir algo que no quería admitir.
El recuerdo me endureció todavía más.
Me pasé la mano por la cara. La barba me raspó la palma. El deseo era una enfermedad. Una fiebre que no bajaba. Me dolía el cuerpo de contenerme. Me dolía la mandíbula de apretar los dientes. Me dolía el pecho de saber que ella estaba tan cerca y que yo todavía no la había tocado.
Abrí los ojos.
La rendija de luz seguía allí.
Me levanté otra vez. Me acerqué a la puerta. Esta vez apoyé la palma abierta sobre la madera. El calor de mi mano contrastaba con el frío de la superficie. Imaginé que al otro lado ella se removía entre las sábanas. Imaginé que se despertaba. Imaginé que se acercaba a la puerta desde dentro y ponía su propia mano contra la mía, separadas solo por unos centímetros de madera antigua.
—Isabella —susurré, tan bajo que ni siquiera el pasillo pudo oírme.
No hubo respuesta.
Solo su respiración. Constante. Inconsciente.
Me quedé así durante un tiempo que no supe medir. La casa crujió a mi alrededor. Una corriente de aire frío me rozó los tobillos. El retrato de Catalina, en el salón de abajo, parecía estar sonriendo en la oscuridad.
Al final me aparté.
Caminé de regreso al ala este con pasos lentos. Entré en mi habitación. Cerré la puerta. Me quité la camisa. Me dejé caer de espaldas sobre la cama todavía hecha.
El techo era alto. Las vigas oscuras. La misma habitación donde había dormido de adolescente, solo que ahora la cama era más grande y el odio más profundo.
Me puse una mano sobre el pecho. El corazón me latía demasiado fuerte. El otro brazo lo dejé caer a un lado. Cerré los ojos y la vi otra vez: mordiéndose el labio, el cuello expuesto, el temblor apenas contenido bajo la ropa negra.
El deseo me enfermó de verdad.
Me revolví entre las sábanas. El pantalón se me había vuelto una tortura. Me lo quité. Me quedé en ropa interior, la respiración agitada, la frente húmeda. No me toqué. No todavía. Quería que el hambre creciera. Quería que se volviera insoportable. Quería que cada segundo de contención se convirtiera en una deuda que ella iba a pagar.
Porque había tomado una decisión mientras estaba sentado frente a su puerta.
Ya no iba a empujarla.
Ya no iba a acorralarla solo para verla temblar.
Iba a hacerla rogar.
Iba a empujarla hasta el borde una y otra vez. Iba a dejarla empapada y furiosa y necesitada. Iba a hacer que el odio se le volviera una jaula demasiado pequeña. Y cuando por fin abriera la boca para pedirme que la tocara… entonces sí. Entonces la tomaría. Despacio. Completamente. Sin piedad.
Sonreí en la oscuridad.
Una sonrisa que no tenía nada de amable.
El contrato era un año.
Pero yo no necesitaba un año para romperla.
Solo necesitaba paciencia. Y el sonido de su respiración al otro lado de una puerta cerrada.
Me di la vuelta. Enterré la cara en la almohada. El olor de la casa se me metió en la garganta. Madera. Polvo antiguo. Y debajo, muy abajo, el rastro de lavanda que se había colado desde su habitación.
Cerré los ojos.
Y por primera vez en muchos años, me dormí con el nombre de Isabella Varela ardiéndome en la lengua no como un recuerdo…
sino como una promesa.
Mañana iba a empezar a cumplirla.
