Capítulo 6 La tormenta

actualidad adrian de 32 años e Isabella de 28

La tormenta llegó sin aviso.

Una de esas tormentas antiguas que parecen haber estado esperando años enteros para descargar sobre la Casa del Viento. El cielo se cerró de golpe a media tarde. La luz gris del día se volvió negra en cuestión de minutos. El viento empezó a golpear los cristales con fuerza suficiente para hacer temblar los marcos. Y entonces cayó la lluvia. No era lluvia: era un diluvio denso, pesado, que convertía el jardín en un río y el sonido del exterior en un rugido constante.

Yo estaba en la biblioteca.

Había bajado buscando cualquier cosa que me distrajera de la presencia de Adrián, en la casa. Un libro. Un silencio distinto. Un rincón donde no sintiera que sus ojos me seguían incluso cuando no estaba en la misma habitación. La biblioteca ocupaba casi todo el ala oeste del primer piso. Estanterías altas hasta el techo, escaleras de madera oscura, sillones de cuero gastado, una chimenea de piedra que no se usaba desde hacía años. El olor a papel viejo y a cera me envolvió en cuanto entré. Me resultó casi reconfortante.

Elegí un sillón junto a la ventana más grande. Me arropé con una manta que encontré doblada sobre el respaldo y abrí un libro al azar. No leí. Las palabras se me escapaban. Solo miraba la lluvia golpear el cristal y pensaba en la noche anterior. En su voz al otro lado de la puerta. En la forma en que había dicho mi nombre como si ya me perteneciera.

El primer trueno sacudió la casa entera.

El libro se me cayó de las manos. Me incorporé. El viento aullaba ahora con más fuerza. Las cortinas pesadas se movían aunque las ventanas estuvieran cerradas. Y entonces, sin previo aviso, la luz se cortó.

La oscuridad fue total.

Absoluta.

Como si alguien hubiera apagado el mundo de un solo golpe.

Me quedé inmóvil en el sillón, el corazón acelerado, escuchando solo el rugido de la tormenta y el crujido de la madera antigua. La Casa del Viento sin luz se volvía otra cosa. Más grande. Más viva. Más peligrosa.

—Isabella.

Su voz llegó desde la puerta.

Baja. Controlada. Demasiado cerca.

No había oído sus pasos. Nunca los oía cuando él no quería.

—Estoy aquí —respondí, y odié que mi voz sonara más fina de lo normal.

Escuché el roce de su ropa. Luego el chasquido de un fósforo. Una llama pequeña nació entre sus dedos. Iluminó apenas su rostro: la mandíbula tensa, el pelo revuelto por el viento que se había colado por algún pasillo, los ojos grises que me encontraron de inmediato en la penumbra. Encendió una de las lámparas de aceite que Catalina siempre había dejado preparadas en las estanterías bajas. La luz dorada y temblorosa llenó un círculo pequeño alrededor de nosotros.

Adrián dejó la lámpara sobre la mesa baja y se acercó. Llevaba una camisa negra de botones, arremangada otra vez, y el cabello húmedo. Debía de haber estado cerca de alguna ventana abierta.

—La generador de emergencia no funciona —dijo—. Catalina nunca lo hizo reparar. Decía que las tormentas servían para recordar quién mandaba en esta casa.

Me levanté del sillón. La manta se me resbaló de los hombros. El frío de la biblioteca me golpeó de inmediato. Estaba en camiseta de manga corta y pantalones finos. No había previsto que la temperatura cayera tanto.

Adrián lo notó. Su mirada bajó a mis brazos, a la piel erizada. Sin decir nada se desabotonó la camisa. El gesto fue lento, deliberado. Cada botón. Hasta que la tela negra se abrió por completo y se la quitó. Debajo solo llevaba la piel. El pecho marcado, el vello oscuro, la cicatriz que ya conocía. Me tendió la camisa.

—Póntela.

—No necesito…

—Póntela, Isabella. Ahora.

El tono no admitía discusión. Tomé la camisa. Estaba caliente de su cuerpo. El olor me golpeó en cuanto la acerqué: madera, tormenta, jabón caro y esa nota amarga y masculina que era solo suya. Me la puse por encima de la camiseta. Me quedaba enorme. Las mangas me cubrían las manos. El bajo me llegaba a mitad de muslo. Pero el calor residual de su piel se me pegó al cuerpo como una segunda piel no deseada.

Él observó el resultado en silencio. La forma en que la camisa me envolvía. La forma en que su olor ahora me pertenecía también.

Otro trueno. Más cerca. La casa tembló. La lámpara de aceite parpadeó.

—Quédate aquí —dijo él—. Las ventanas del piso de arriba no están seguras con este viento.

—No eres quién para darme órdenes.

—En esta casa, durante una tormenta, sí lo soy.

Se sentó en el sillón opuesto al mío. Las piernas abiertas, los antebrazos apoyados en los muslos, el torso desnudo brillando apenas con la luz dorada. Yo me quedé de pie un momento más, luego volví a sentarme. La camisa suya me envolvía por completo. Cada vez que me movía, el olor se intensificaba.

El silencio se estiró. Solo la lluvia y el viento. Solo la respiración de los dos.

—¿Por qué aceptaste el contrato? —pregunté de pronto. La oscuridad hacía más fácil hablar—. Podrías haber renunciado. Podrías haberte ido.

Adrián levantó la vista. La luz de la lámpara le dibujaba sombras bajo los pómulos.

—Porque llevo mucho tiempo esperando el momento en que no pudieras escapar de mí.

Las palabras cayeron entre nosotros como el trueno anterior. Directas. Sin adornos.

Me mordí el labio. Él lo notó. Vi cómo se le tensaba la mandíbula.

—Esa costumbre tuya —dijo en voz baja—. Morderte el labio cuando no quieres admitir algo. La tenías a los trece años. Todavía la tienes.

—No me conozcas.

—Te conozco mejor de lo que tú te conoces, Isabella. Sé cómo tiemblas cuando me acerco. Sé cómo se te acelera el pulso. Sé que ahora mismo, debajo de mi camisa, tu cuerpo está más caliente de lo que debería.

Me levanté. La necesidad de poner distancia era física. Caminé hacia una de las estanterías, fingiendo buscar un libro. Él se levantó también. Sus pasos fueron silenciosos. De pronto estuvo detrás de mí. No me tocó. Solo se quedó lo bastante cerca para que sintiera el calor de su pecho desnudo a través de la tela de la camisa.

—Date la vuelta —ordenó suavemente.

Obedecí sin saber por qué. O sí lo sabía. Porque una parte de mí —la más oscura, la más traicionera— quería verle la cara cuando estuviera tan cerca.

La lámpara iluminaba solo la mitad de su rostro. La otra mitad permanecía en sombra. Sus ojos bajaron a mi boca. Yo bajé la mirada a la suya. El aire entre nosotros se volvió espeso, casi sólido. Él inclinó la cabeza. Yo no me aparté. Su aliento me rozó los labios. El olor de su piel me envolvió por completo. Un segundo más y nuestras bocas se tocarían.

Casi.

Casi.

Otro trueno. Tan fuerte que los cristales vibraron. La lámpara de aceite tembló y se apagó. La oscuridad nos tragó otra vez.

En esa oscuridad total sentí su mano subir. No me tocó la cara. Solo rozó el borde de la camisa que me había prestado, justo en el cuello. Un roce mínimo. Eléctrico.

—Isabella… —susurró mi nombre contra mi boca, sin llegar a besarla.

El sonido de mi propio nombre en su voz me rompió el último hilo de control. Me aparté de golpe. Como si me hubiera quemado. Retrocedí hasta golpear la estantería. Los libros temblaron.

—No —dije. La voz me salió rota—. No.

Caminé a ciegas hacia la puerta. Troppecé con el sillón. Me golpeé la espinilla. No me detuve. Salí al pasillo oscuro. La casa era un laberinto de sombras y truenos. Subí las escaleras a tientas, sujetándome a la barandilla, el corazón latiéndome en la garganta, la camisa de Adrián todavía envolviéndome el cuerpo, su olor impregnándome la piel como una marca.

Llegué a mi habitación. Cerré la puerta. Me apoyé contra ella. En la oscuridad total me quité la camisa con manos temblorosas y la arrojé al suelo. Pero el olor se quedó. En mi cuello. En mis brazos. En el aire que respiraba.

Afuera, la tormenta seguía rugiendo.

Dentro de mí, otra tormenta mucho más peligrosa acababa de empezar.

Y esta vez no había forma de apagarla.

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