Capítulo 7 El odio es solo el principio

La tormenta no se fue del todo.

Se quedó atrapada alrededor de la Casa del Viento como un animal herido que se niega a morir. El viento seguía golpeando los cristales a intervalos irregulares. La lluvia, más fina ahora, caía con una constancia obstinada. Y la oscuridad… la oscuridad se había instalado en los pasillos como si perteneciera a la casa desde siempre.

Yo no dormí.

Después de huir de la biblioteca, después de arrancarme la camisa de Adrián y arrojarla al suelo como si me quemara, me quedé sentada en el borde de la cama, las rodillas contra el pecho, escuchando el goteo de los canalones y el latido demasiado fuerte de mi propia sangre. Su olor seguía en mi piel. En el cuello. En las muñecas. En el aire que llenaba mis pulmones cada vez que respiraba demasiado hondo. Me lavé las manos dos veces con agua fría. No sirvió de nada. El rastro de él se había quedado debajo de la epidermis, como una marca que no se podía enjuagar.

Cuando la primera luz gris del amanecer se filtró entre las cortinas, me levanté. El cuerpo me pesaba. Los ojos me ardían. Me vestí con ropa oscura otra vez —suéter grueso, pantalones, calcetines—, cualquier cosa que me cubriera por completo. Bajé las escaleras con cuidado. La casa estaba en silencio. Demasiado silencio.

La cocina estaba vacía.

La isla de mármol, limpia. Dos tazas lavadas y puestas a secar. Él ya había estado allí. Había desayunado sin mí. O había fingido que desayunaba. El café todavía olía reciente.

No busqué.

No quería encontrarlo. No todavía.

Caminé hasta la biblioteca. La puerta estaba entreabierta. La lámpara de aceite seguía sobre la mesa baja, apagada. El sillón donde yo había estado sentada conservaba la forma de mi cuerpo. El otro sillón —el suyo— estaba ligeramente ladeado, como si se hubiera levantado de golpe. El aire todavía olía a cera, a papel viejo y a esa nota oscura que era solo de Adrián.

Me quedé en el umbral un largo rato.

El recuerdo del casi-beso me golpeó con tanta fuerza que tuve que apoyar la mano en el marco de la puerta. Su aliento contra mi boca. El calor de su pecho desnudo a través de la camisa. La forma en que había dicho mi nombre como si fuera una oración y una maldición al mismo tiempo. Un segundo más. Solo un segundo más y yo habría cerrado la distancia. Habría dejado que me besara. Habría entregado la boca, el orgullo, todo.

Huí.

Y ahora el orgullo me sabía a ceniza.

Entré. Encendí la lámpara de aceite con un fósforo que encontré en el cajón de la mesa. La luz dorada tembló y luego se estabilizó. Caminé entre las estanterías. Los dedos rozaban los lomos de los libros sin propósito. Títulos antiguos. Ediciones de cuero. Algunos con el escudo de los Varela grabado en oro. Catalina había amado esta habitación. Decía que los libros guardaban secretos que las personas no se atrevían a decir en voz alta.

Me detuve frente a la sección de poesía.

Un volumen de tapas negras sobresalía apenas de los demás. Desalineado. Como si alguien lo hubiera empujado de prisa. Lo saqué. El polvo se me pegó a los dedos. Lo abrí por la mitad.

Y allí estaba.

Un sobre amarillento, sin sello, metido entre las páginas. Mi nombre escrito en la caligrafía elegante y ligeramente temblorosa de mi tía Catalina.

Isabella.

Las manos me temblaron. Me senté en el sillón más cercano —el que él había ocupado la noche anterior— y abrí el sobre con cuidado. Dentro había una sola hoja de papel grueso, doblada en tres. El olor del papel era el mismo de la casa: cera y tiempo.

Desplegué la carta.

La letra de Catalina llenaba la página con esa mezcla de firmeza y cansancio que la había caracterizado los últimos años.

«Isabella:

Si estás leyendo esto, es porque la tormenta ya ha llegado. No la del cielo. La otra. La que yo preparé durante años.

El contrato no es un castigo. Es un espejo. Te obligué a quedarte bajo el mismo techo que Adrián porque sé lo que hay entre vosotros dos desde que érais niños. El odio que te enseñé a cultivar no era odio verdadero. Era miedo. Miedo a lo que sentirías si alguna vez dejabas de pelear.

Adrián no es el enemigo que te hice creer. Tampoco es el salvador. Es la única persona que ha mirado a través de ti desde el primer día. Y tú, aunque lo niegues, has hecho lo mismo.

El odio es solo el principio.

Cuando el odio se agote —y se agotará—, lo que quede será mucho más peligroso. Y mucho más verdadero.

No intentes escapar del contrato. No intentes escapar de él. La casa no te dejará. Yo tampoco.

Con el único amor que supe dar,

Catalina.»

La carta se me resbaló de los dedos. Cayó sobre mi regazo. Me quedé mirando las palabras como si pudieran cambiar de significado si las miraba el tiempo suficiente.

El odio es solo el principio.

Me reí. Un sonido bajo, roto, que no tenía nada de gracia. Catalina. Siempre jugando. Siempre moviendo piezas. Incluso desde la tumba.

Me levanté. La carta en la mano. Caminé de un lado a otro de la biblioteca. El suelo crujía bajo mis pies. La lámpara proyectaba mi sombra alargada contra las estanterías. Cada vez que pasaba frente al sillón donde él se había sentado, el olor de su piel se me metía en la garganta otra vez.

¿Qué sabía Catalina?

¿Cuánto había visto?

¿Cuánto había manipulado?

Recordé las veces en que, de adolescente, ella me había encontrado mirando a Adrián demasiado rato. La forma en que cambiaba de tema. La forma en que me recordaba de quién era hijo. “El hijo de la ama de llaves, Isabella. No olvides tu lugar.” Y yo, estúpida, orgullosa, había obedecido. Había convertido cada mirada en desprecio. Cada temblor en odio.

Y ahora la carta decía que todo había sido una mentira útil.

Me senté otra vez. Leí la carta una segunda vez. Una tercera. Las palabras no cambiaban. El odio es solo el principio. Cuando se agote, lo que quede será mucho más peligroso.

Escuché pasos en el pasillo.

Me rigidicé. Escondí la carta entre las páginas del libro y cerré el volumen de golpe. Adrián apareció en el umbral. Vestía de negro otra vez. La camisa abotonada hasta el cuello esta vez. El pelo húmedo. Debía de haberse duchado. Me miró. Luego miró el libro en mis manos. Luego volvió a mirarme a mí.

—No dormiste —dijo.

No era una pregunta.

—Tú tampoco.

Él entró. Cerró la puerta detrás de sí. El clic del picaporte sonó demasiado alto. Se acercó despacio. Se detuvo frente a mí. La lámpara de aceite lo iluminaba desde abajo, dibujándole sombras profundas bajo los ojos.

—¿Qué estás leyendo?

—Nada que te importe.

Extendió la mano. No hacia mí. Hacia el libro. Yo lo apreté contra el pecho.

—Isabella.

Mi nombre. Otra vez. Dicho de esa forma que me derretía por dentro y me hacía querer gritarle al mismo tiempo.

—Déjame en paz, Adrián.

—No puedo.

Dos palabras. Simples. Devastadoras.

Se arrodilló frente al sillón. No me tocó. Solo se quedó allí, de rodillas, mirándome desde abajo. La posición debería haberlo hecho parecer vulnerable. No lo hizo. Parecía un depredador que había elegido la postura más peligrosa.

—Anoche —dijo en voz baja— estuviste a un segundo de dejarme besarte.

—Me equivoqué.

—No. Te asustaste. Hay una diferencia.

Levanté la barbilla. El libro seguía apretado contra mi pecho. La carta de Catalina quemaba entre las páginas.

—Tú no me asustas.

Mentira.

Él lo sabía.

Yo lo sabía.

Adrián sonrió apenas. Esa media sonrisa oscura que nunca llegaba a los ojos.

—Entonces ¿por qué huyes cada vez que me acerco demasiado?

No respondí. No podía. La verdad se me había atascado en la garganta.

Él se levantó. Dio un paso atrás. Respetando, por una vez, el espacio que yo necesitaba. O fingiendo respetarlo.

—La luz volverá en unas horas —dijo—. El técnico viene a media mañana. Hasta entonces, la casa sigue a oscuras. Si necesitas algo… ya sabes dónde encontrarme.

Se dirigió a la puerta. Antes de salir, se detuvo. Miró por encima del hombro.

—Y Isabella…

—¿Qué?

—La próxima vez que te ponga mi camisa, no te la vas a quitar con tanta prisa.

Salió. Cerró la puerta con suavidad. Me quedé sola en la biblioteca, el libro apretado contra el pecho, la carta de Catalina ardiéndome entre los dedos, y la certeza terrible de que mi tía había tenido razón en una sola cosa.

El odio era solo el principio.

Y lo que venía después iba a destruirnos a los dos.

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