Capítulo 8 Dime que me odias

La carta de Catalina se me quedó pegada a la piel como una segunda quemadura.

La leí tantas veces que las palabras empezaron a perder forma. «El odio es solo el principio». Las doblé con cuidado, las metí otra vez entre las páginas del libro de poesía y dejé el volumen exactamente donde lo había encontrado. Como si devolverlo a su sitio pudiera devolverme también a mí a un momento anterior, a un Isabella que todavía creía que el odio era suficiente armadura.

No lo era.

Nunca lo había sido.

Salí de la biblioteca sin rumbo. La casa seguía en penumbra. La luz no había vuelto del todo; solo algunas lámparas de emergencia parpadeaban en los pasillos como ojos cansados. Caminé. Subí escaleras. Bajé otras. Me detuve frente a la puerta del ala este y escuché. Silencio. Adrián no estaba allí… o fingía no estarlo. Seguí caminando hasta que las paredes me resultaron demasiado estrechas, demasiado impregnadas de su olor, de su presencia, de la amenaza constante de que en cualquier momento apareciera a mi espalda y me quitara el aire con solo mirarme.

Necesitaba salir.

Necesitaba aire que no hubiera pasado primero por sus pulmones.

Empujé la puerta del jardín trasero. El aire frío de la tarde me golpeó la cara como una bofetada. La tormenta había dejado el mundo empapado y brillante. El césped era un espejo de agua. Las rosas de Catalina —esas que ella cuidaba como si fueran hijas— colgaban pesadas, derrotadas, los pétalos oscuros de lluvia. El muro de piedra que rodeaba el lado oeste del jardín estaba negro de humedad. El olor a tierra mojada, a hojas podridas y a ozone todavía flotaba en el aire.

Caminé hasta el muro.

Me apoyé de espaldas contra la piedra fría. Las manos me temblaban. Por primera vez desde el funeral permití que las lágrimas subieran. No eran lágrimas limpias. Eran lágrimas de rabia, de confusión, de un deseo que me estaba comiendo por dentro y que yo no había pedido. Lloré en silencio, con la boca apretada, el suéter negro empapándose en los hombros por la llovizna fina que todavía caía. El muro me clavaba la espalda. El frío se me metía en los huesos. Y aun así no me moví.

No sé cuánto tiempo pasó.

Solo sé que de pronto el aire cambió.

No escuché pasos. Nunca los escuchaba cuando él no quería ser oído. Solo sentí la presencia. Esa densidad distinta que el espacio adquiría cuando Adrián Ríos estaba cerca. Levanté la vista.

Estaba a tres metros de mí.

Sin abrigo. La camisa negra pegada al pecho por la humedad. El pelo empapado, goteándole sobre la frente. Los ojos grises fijos en mi cara mojada de lluvia y de lágrimas. No dijo nada. Solo caminó hacia mí con esa lentitud peligrosa que siempre había tenido, como si el tiempo se doblegara a su paso.

Me rigidicé.

Quise apartarme. Las piernas no respondieron.

Él se detuvo frente a mí. Casi tocándome. El calor de su cuerpo contrastaba de forma brutal con el frío de la piedra a mi espalda. Levantó una mano. No hacia mi cara. Hacia el muro. La apoyó junto a mi cabeza. Luego la otra. Me encerró sin tocarme. Todavía.

—Estás llorando —dijo. La voz era baja, ronca, como si hubiera estado conteniéndola durante horas.

—Vete.

—No.

Una sola palabra. Cargada de todo lo que no decía.

Intenté deslizarme hacia un lado. Su cuerpo se movió con el mío. La piedra me raspó la espalda a través del suéter. Adrián inclinó la cabeza. Su respiración me rozó la mejilla mojada.

—Dime por qué lloras, Isabella.

—No es asunto tuyo.

—Todo lo que te pasa dentro de esta casa es asunto mío. El contrato lo dice. Tu cuerpo lo grita. Y esas lágrimas… esas lágrimas me pertenecen tanto como el resto.

La rabia me subió a la garganta. Empujé su pecho con ambas manos. Él no se movió. Era como empujar una pared de carne y voluntad. Sus ojos bajaron a mi boca. Luego a mi cuello. Luego volvieron a mis ojos.

Y entonces me empujó.

No con violencia. Con precisión. Con esa fuerza controlada que me dejó sin aire. La espalda golpeó el muro de piedra. La humedad fría se me metió entre los omóplatos. Adrián pegó su cuerpo al mío por completo. Una de sus manos subió y se cerró alrededor de mi garganta. No apretó. Solo sostuvo. El pulgar justo sobre el pulso. El calor de su palma contrastando con el frío de la lluvia.

Sentí el latido de mi propia sangre contra sus dedos.

Sentí cómo se aceleraba.

—Dime que me odias —susurró contra mi boca, sin besarla—. Dímelo ahora. Mientras te mojas por mí.

El aire se me atascó en los pulmones.

Quise negarlo. Quise gritarle que estaba loco. Pero el cuerpo me traicionó de la forma más cruel. El calor entre mis piernas era real. Húmedo. Vergonzoso. Inevitable. Sus caderas estaban pegadas a las mías y él lo sentía. Supe que lo sentía porque su respiración se volvió más profunda, más irregular, y sus dedos se tensaron apenas alrededor de mi cuello.

—Dilo —repitió. La voz era un roce oscuro—. Dime que me odias mientras tu cuerpo me pide que te folle contra esta pared.

Las lágrimas se me mezclaron con la lluvia. Cerré los ojos. Él apretó un poco más. No lo suficiente para hacer daño. Solo lo suficiente para recordarme quién controlaba el aire que yo respiraba en ese momento.

—Te odio —logré decir. La voz me salió rota, húmeda, llena de todo lo que no quería admitir.

—Otra vez.

—Te odio.

—Más alto.

—Te odio —repetí, y esta vez el sonido se quebró en el aire frío.

Adrián exhaló contra mi boca. Un sonido bajo, casi un gemido contenido. Su frente se apoyó en la mía. La mano de mi garganta no se movió. La otra bajó hasta mi cintura y me sujetó contra el muro con fuerza suficiente para que no pudiera escapar ni un milímetro.

—Lo sé —murmuró—. Y aun así estás empapada. Aun así estás temblando. Aun así, si te metiera la mano entre las piernas ahora mismo, te correrías en mis dedos gritando que me odias.

El mundo se redujo a su voz, a su mano en mi cuello, al calor brutal de su cuerpo y al frío de la piedra. Me temblaban las piernas. El orgullo se me deshacía. Quise morderlo. Quise besarlo. Quise las dos cosas al mismo tiempo y odié cada una de ellas.

Él se quedó así un segundo más. Dos. Tres.

El pulgar acarició una sola vez la línea de mi mandíbula. Un gesto casi tierno. Casi cruel.

Y entonces se apartó.

De golpe.

Como si se hubiera quemado.

Retrocedió tres pasos. La lluvia le corría por la cara. El pecho le subía y bajaba con violencia. Sus ojos me miraban como si yo fuera la única cosa que había deseado y odiado en toda su vida.

—No —dijo. La voz le temblaba apenas, aunque intentara ocultarlo—. No así. No todavía.

Me quedé pegada al muro, sin aire, sin orgullo, con el cuello todavía caliente de su mano y el cuerpo gritando lo que la boca acababa de negar.

Adrián pasó una mano por el pelo empapado. Miró el jardín. Miró las rosas destrozadas. Luego volvió a mirarme.

—La próxima vez que llores por mí —dijo con voz baja, peligrosa—, vas a hacerlo con mi nombre en la boca y mis dedos dentro de ti. Y vas a odiarme todavía más por hacerlo sentir tan bien.

Se dio la vuelta.

Caminó hacia la casa sin mirar atrás.

Me quedé sola contra el muro de piedra, la lluvia cayéndome en la cara, las piernas temblando, el eco de su mano todavía marcado en mi garganta y la certeza terrible de que Catalina había tenido razón.

El odio era solo el principio.

Y yo acababa de cruzar el umbral de algo mucho más oscuro.

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