Capítulo 1 1
—Dime que no acabas de alquilarme una habitación que no existe.
El hombre del teléfono colgó.
Me quedé mirando la pantalla como si insultarla pudiera devolverme los ochocientos euros de depósito.
Londres me recibió con lluvia, una maleta perdida y una estafa inmobiliaria.
Muy elegante.
Volví a llamar.
Buzón de voz.
Otra vez.
Nada.
—Perfecto.
Una pareja pasó a mi lado bajo un paraguas compartido.
Yo tenía uno.
Estaba dentro de la maleta que British Airways había decidido mandar de vacaciones sin mí.
Me refugié bajo el toldo de una cafetería cerrada y revisé la dirección por quinta vez.
El edificio existía.
El piso también.
La mujer que abrió veinte minutos antes me había informado, con una amabilidad mortal, que nunca había alquilado ninguna habitación.
Así que oficialmente estaba sola en Camden, con una mochila, treinta y cuatro por ciento de batería y una necesidad creciente de gritar.
Mi móvil vibró.
Correo nuevo.
“Reestructuración del proyecto.”
Abrí.
Leí.
Volví a leer.
El cliente por el que había aceptado mudarme a Londres cancelaba el contrato.
Me reí.
No porque fuera gracioso.
Porque si empezaba a llorar probablemente terminaría inundando otra ciudad europea.
—¿Siempre te ríes cuando estás a punto de asesinar a alguien?
La voz masculina llegó desde mi derecha.
Me giré.
Un hombre alto estaba bajo el borde del toldo, sosteniendo dos cafés y observándome con una ceja levantada.
Cabello oscuro.
Abrigo gris.
Barba corta.
Ojos claros.
Y esa clase de boca que una mujer sensata debería ignorar cuando acaba de quedarse sin casa.
Yo nunca había presumido de sensata.
—Solo cuando el asesinato parece administrativamente complicado.
Él miró mi teléfono.
—¿Mal día?
—No.
—Claro.
—Estoy disfrutando muchísimo de mi llegada.
—Se nota.
Levantó uno de los vasos.
—¿Café?
—¿Le ofreces bebidas a desconocidas enfadadas habitualmente?
—Solo cuando están bloqueando la entrada.
Miré detrás.
Yo estaba literalmente delante de una puerta lateral.
Me aparté.
—Podías haber empezado por eso.
—Parecías ocupada amenazando al teléfono.
—Se lo merecía.
El hombre abrió la puerta.
Un cartel oxidado decía THE LYRIC.
—¿Qué es esto?
—Un antiguo teatro.
—Parece cerrado.
—Lo está.
—Entonces tu estrategia comercial es extraña.
Me miró.
—Trabajo aquí.
—Eso tampoco mejora la imagen.
Sonrió.
Error.
Tenía una sonrisa mucho mejor de lo permitido.
Entró.
La lluvia aumentó.
Yo seguí bajo el toldo durante cinco segundos.
Luego otros cinco.
La puerta volvió a abrirse.
—¿Vas a quedarte ahí toda la tarde?
—Estoy considerando convertirme en parte de la fachada.
—Entra.
—¿Eso es una invitación seria?
—No. Me preocupa que mueras de hipotermia y compliques la licencia de obras.
—Romántico.
—Muchísimo.
Entré.
El vestíbulo era enorme, oscuro y precioso incluso cubierto de polvo.
Molduras antiguas.
Carteles rotos.
Una lámpara sin bombillas.
El hombre dejó uno de los cafés sobre una mesa de trabajo.
—Puedes esperar aquí hasta que pare.
—¿Y si no para?
—Es Londres.
—Buen punto.
Me quité el abrigo mojado.
Él me miró un segundo.
No demasiado.
Lo suficiente.
—¿Qué?
—Nada.
—Eso siempre significa algo.
—Estás empapada.
—Observador.
—Es una cualidad profesional.
—¿Detectar agua?
—Detectar problemas.
—Entonces hoy tienes material.
Mi móvil pitó.
Veinte por ciento.
—Mierda.
Él señaló una regleta.
—Cargador.
—No tengo adaptador británico.
Sacó uno de una caja y me lo tendió.
—¿También rescatas extranjeras tecnológicamente inútiles?
—Solo a las que insultan rápido.
—Soy española.
—Eso explica bastante.
—¿Qué exactamente?
—La velocidad.
Le quité el adaptador.
Nuestros dedos se rozaron.
Nada especial.
Solo piel.
Calor.
Mi cuerpo, traidor y oportunista, lo registró con demasiada atención.
Él también miró nuestras manos.
Después mi cara.
—¿Nombre?
—Clara.
—Rowan.
—Muy británico.
—Mis padres se esforzaron.
Conecté el teléfono.
—Gracias.
—¿Por el cargador o por no dejarte morir?
—Todavía no he decidido.
Bebí distraídamente el café que estaba sobre la mesa.
Rowan me miró.
—Ese era mío.
Me congelé.
—¿Qué?
—Mi café.
Miré el vaso.
Luego el otro, intacto.
—Has dicho café.
—No dije cuál.
—Podías marcarlo.
—No sabía que iba a ser víctima de robo.
—Te compro otro.
—Ya bebiste de ese.
—No tengo enfermedades interesantes.
—Qué tranquilizador.
Dejé el vaso.
Él lo tomó.
Y bebió exactamente por el mismo borde.
Mi mirada se quedó ahí más tiempo del correcto.
Rowan lo notó.
Por supuesto.
—¿Problema?
—Ninguno.
—Parecía que ibas a decir algo.
—Pensaba que los británicos tenían más miedo a los gérmenes.
—Pensaba que las españolas preguntaban antes de robar bebidas.
—Empate.
Su sonrisa volvió.
Esta vez no aparté los ojos.
El vestíbulo quedó extraño.
Demasiado silencioso.
Demasiado consciente de que él estaba cerca.
Rowan apoyó una cadera contra la mesa.
—Entonces, Clara, ¿qué te trajo a Londres además del deseo de delinquir con café?
—Trabajo.
El correo cancelado seguía abierto en mi pantalla.
—O me trajo.
Su mirada bajó al mensaje.
—¿Te cancelaron?
—Hace seis minutos.
—Vaya.
—Y mi alojamiento era una estafa.
—Eso mejora el día.
—Y mi maleta está desaparecida.
—¿Algo más?
—No me provoques.
Se rio.
—¿Tienes dónde dormir?
—Estoy trabajando en ello.
—Eso significa no.
—Eso significa que no necesito que un extraño me solucione la vida.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
—Aunque conozco un hotel barato a tres calles.
Lo miré.
—¿Barato londinense o barato humano?
—Dolorosamente londinense, pero limpio.
—Acepto el dato.
Me escribió la dirección en una hoja.
Su letra era irritantemente buena.
—No es elegante.
—Hoy mi estándar es “tiene techo”.
—Entonces encaja.
Mi teléfono volvió a encenderse.
Cuarenta y dos por ciento.
La lluvia aflojó.
Me puse el abrigo.
—Supongo que esta es la parte donde desaparecemos para siempre.
Rowan ladeó la cabeza.
—Londres es bastante grande.
—Exacto.
—Así que probablemente sí.
No sé por qué esa respuesta me molestó un poco.
Ridículo.
Lo conocía desde hacía media hora.
—Gracias por el cargador.
—Y el café.
—Ese me lo quedo.
—Ladrona.
—Arquitecto antipático.
Sus ojos se afilaron.
—No te dije que fuera arquitecto.
Miré los planos sobre la mesa.
—Detecto problemas.
—Eso me suena familiar.
Abrí la puerta.
—Adiós, Rowan.
—Adiós, Clara.
Caminé tres calles hasta el hotel que me recomendó.
Tenía techo.
Victoria.
Mientras rellenaba el registro, mi móvil vibró.
Mensaje de una agencia con la que había trabajado meses atrás.
“Tenemos un proyecto urgente en Londres. Reapertura cultural. Necesitamos productora creativa. ¿Disponible mañana para reunión?”
Miré la pantalla.
Después el nombre del proyecto.
THE LYRIC.
Me quedé inmóvil.
Abrí el mensaje completo. La reunión era a las nueve, en una oficina temporal dentro del teatro. Mi contrato cancelado acababa de morir hacía menos de una hora y ya había otro proyecto llamando.
Contesté que sí.
Luego me quedé mirando el nombre de Rowan en mi memoria con una claridad absurda.
No sabía su apellido.
No sabía si volvería a verlo.
Y definitivamente no sabía por qué seguía recordando la forma en que había bebido del mismo borde del vaso después de mí.
—Patético —murmuré.
Guardé el teléfono.
Había venido a Londres para empezar, no para obsesionarme con un desconocido que tenía café, mejores manos y facilidad para hacerme olvidar que mi día era un desastre absoluto.
La recepcionista levantó la vista.
—¿Todo bien?
Pensé en Rowan.
En su café.
En su sonrisa.
En Londres y sus casi nueve millones de habitantes.
Solté una risa.
—Sí. Solo acabo de descubrir que esta ciudad no es tan grande como presume.
