Capítulo 2 2
—Dime que no eres tú.
Rowan levantó la vista desde el extremo de la mesa de reuniones.
—Buenos días, ladrona.
Me quedé en la puerta con el portátil bajo el brazo y una dignidad bastante frágil.
—Esto tiene que ser una broma.
—Londres es grande, decías.
—Empiezo a sospechar que mentiste.
Una mujer pelirroja, sentada junto a él, miró de uno a otro.
—¿Ya se conocen?
—Me robó un café —dijo Rowan.
—Me prestó un cargador —corregí.
—Después del robo.
—Antes de saber que era tuyo.
La mujer sonrió.
—Perfecto. Soy Maisie Cole, socia de Rowan. Tú debes ser Clara Benavente.
—Sí.
—Y acabas de mejorar considerablemente mi mañana.
Rowan le lanzó una mirada.
—No la animes.
—Demasiado tarde.
Tomé asiento.
The Lyric parecía diferente bajo luz de mañana. Seguía cubierto de polvo y andamios, pero ahora podía imaginarlo terminado: terciopelo restaurado, lámparas encendidas, gente entrando con copas, música detrás de puertas antiguas.
También podía imaginarme estrangulando a Rowan con uno de los cables de obra.
—Empecemos —dijo Maisie.
La agencia me había contratado para diseñar la experiencia de reapertura: recorridos, identidad de eventos, programación inaugural y coordinación entre productores, artistas y el equipo de arquitectura.
Era exactamente el tipo de proyecto que quería.
Solo tenía un inconveniente de metro ochenta y muchos centímetros sentado frente a mí.
Rowan abrió unos planos.
—La estructura original del vestíbulo se conserva.
—Bien.
—La barra propuesta por el cliente no.
—Mal.
Él alzó una ceja.
—¿Perdón?
—La barra permite que el vestíbulo funcione después de los espectáculos.
—También tapa una columna de mil ochocientos noventa y cuatro.
—La columna sobrevivirá al trauma.
Maisie carraspeó.
—Creo que voy a disfrutar esto.
Rowan me sostuvo la mirada.
—No estamos diseñando un club nocturno.
—Y yo no estoy proponiendo una bola de espejos.
—Todavía.
—Dame tiempo.
Su boca se curvó.
La misma sonrisa del día anterior.
Mi cuerpo la recordó antes de que yo pudiera impedírselo.
Molesto.
Muy molesto.
Durante una hora discutimos sobre iluminación, circulación y una sala secundaria que Rowan quería mantener casi intacta.
Yo defendía que debía tener un uso flexible.
Él defendía que no todo edificio histórico necesitaba convertirse en un espacio “multifuncional con cojines”.
—Nunca dije cojines.
—Lo pensaste.
—No puedes saber qué pienso.
Sus ojos bajaron un instante a mi boca.
—A veces sí.
Se me secó la garganta.
Maisie revisó su teléfono con una sonrisa sospechosa.
—Voy por café.
—No hace falta —dijimos Rowan y yo al mismo tiempo.
Ella se levantó.
—Definitivamente voy por café.
La puerta se cerró.
Silencio.
—Tu socia es sutil.
—Cuando quiere.
—No quiere.
—Nunca.
Me incliné sobre los planos.
Rowan hizo lo mismo.
Nuestros hombros quedaron demasiado cerca.
—¿Dormiste? —preguntó.
—Algo.
—¿Encontraste habitación?
—El hotel que recomendaste.
—¿Y?
—No había cadáveres visibles.
—Excelente reseña.
—La cama parecía diseñada durante una guerra, pero tenía techo.
—Estándares bajos.
—Ayer bajaron rápido.
Su expresión perdió humor.
—¿Recuperaste la maleta?
—Todavía no.
—¿Y el cliente?
—Muerto para mí.
—Eso parece saludable.
—Muchísimo.
Se quedó mirándome.
No con lástima.
Agradecí eso.
—¿Siempre reaccionas así cuando todo sale mal?
—¿Así cómo?
—Haciendo bromas hasta que nadie puede preguntar si estás bien.
La frase encontró un lugar demasiado exacto.
—Nos conocemos desde ayer.
—No responde.
—Tú preguntas demasiado.
—También me lo dicen.
—¿Y haces caso?
—Nunca.
Me incorporé.
—Entonces vamos a llevarnos fatal.
Rowan se levantó también.
—Eso ya lo sabía.
Quedamos frente a frente.
Demasiado cerca otra vez.
Su mirada pasó por mi cara con una lentitud que ya no podía llamar casual.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez esa palabra.
—Ayer dijiste que siempre significa algo.
—Y tenía razón.
Rowan dio un paso mínimo.
—Estaba pensando que hoy estás seca.
Miré mi ropa.
—¿Perdón?
Su sonrisa apareció.
—Ayer estabas empapada por la lluvia.
—Eres idiota.
—Te asustaste.
—Porque has elegido una frase criminal.
—Tu cara valió la pena.
Lo empujé suavemente por el hombro.
Error.
Su mano cerró alrededor de mi muñeca por reflejo.
No fuerte.
Solo suficiente para detener el movimiento.
El contacto me subió por el brazo.
Rowan también se quedó quieto.
—¿Vas a arrestarme por agresión a arquitecto?
—Estoy valorándolo.
—Suéltame.
Lo hizo inmediatamente.
Eso me gustó más de lo conveniente.
—Bien —murmuré.
—¿Qué?
—Nada.
—Ahora entiendo por qué te irrita.
Maisie regresó con tres cafés.
Miró nuestras caras.
—¿Me perdí algo?
—Una amenaza laboral —dije.
—Una agresión —dijo Rowan.
—Lo empujé.
—Violencia.
Maisie me entregó un vaso.
—Clara, si necesitas abogado, conozco uno.
—Trabajas conmigo —dijo Rowan.
—Y contigo necesito varios.
Me reí.
La reunión terminó al mediodía.
La agencia me había reservado una oficina temporal durante dos semanas, pero el resto del proyecto aún dependía de aprobación.
Mientras guardaba mis cosas, llegó un correo.
Abrí.
Contrato confirmado.
Seis meses.
Me quedé mirando la pantalla.
—¿Buenas noticias? —preguntó Maisie.
—Seis meses.
—Entonces bienvenida oficialmente al desastre.
Rowan levantó la vista.
Por algún motivo, parecía satisfecho.
—¿Problema? —pregunté.
—Ninguno.
—Otra vez.
—Esta vez es verdad.
Maisie recibió una llamada y salió.
Yo cerré el portátil.
—Bueno. Parece que Londres insiste.
—Parece.
—Seis meses son demasiadas oportunidades para robarte café.
—Voy a etiquetarlos.
—Cobarde.
Rowan tomó su chaqueta.
—¿Dónde vas?
—A enseñarte el edificio.
—¿Ahora?
—Necesitas conocer cada zona antes de diseñar experiencias.
—Puedo recorrerlo sola.
—No.
—¿Eso fue una orden?
—Fue sentido común. Hay zonas en obra.
—Qué poco sexy.
Sus ojos se clavaron en mí.
—¿Necesitas que lo diga de otra forma?
Mi estómago hizo una pirueta.
—No.
—Qué pena.
Caminamos por pasillos estrechos, escaleras sin terminar y salas cubiertas de tela protectora.
En el antiguo escenario, Rowan encendió una lámpara de trabajo.
El espacio se abrió delante de nosotros.
Palcos dorados.
Butacas retiradas.
Techo pintado.
Hermoso incluso herido.
—Vaya.
—Eso sí fue sincero.
—No te acostumbres.
Subí al escenario.
Una tabla crujió.
Rowan me agarró por la cintura antes de que diera otro paso.
Me atrajo hacia él.
Mi espalda chocó contra su pecho.
Todo mi cuerpo se quedó quieto.
—No ahí —dijo junto a mi oído.
Su voz me rozó la piel.
—Podías avisar antes de agarrarme.
—Podías escuchar cuando dije que hay zonas inseguras.
Su mano seguía en mi cintura.
—Rowan.
—¿Sí?
—Ya no me voy a caer.
—Lo sé.
—Entonces puedes soltarme.
Hubo una pausa.
Breve.
Demasiado larga.
Me soltó.
Giré.
Estábamos otra vez demasiado cerca.
—Tienes un problema con las distancias.
—Tú sigues entrando en ellas.
—Esto va a ser insoportable durante seis meses.
—Probablemente.
Quise responder algo inteligente, pero el teatro parecía haberse quedado demasiado silencioso. Desde la platea llegaba el eco de unos golpes lejanos y el olor a madera vieja se mezclaba con su colonia. Rowan se apoyó en el borde del escenario, observándome con esa calma irritante que parecía disfrutar cada vez que yo perdía una discusión. Lo peor era que no estaba segura de querer ganarla. Había algo peligrosamente fácil en discutir con él, como si cada provocación nos permitiera acercarnos sin admitir que eso era exactamente lo que estábamos haciendo desde el día anterior sin permiso.
—¿Podemos establecer una regla?
—Depende.
—Nada de agarrarme sin avisar.
Su expresión cambió.
Seria.
—Hecho.
—Y nada de mirarme la boca mientras hablamos.
Rowan bajó los ojos deliberadamente hacia mis labios.
Luego volvió a mirarme.
—Esa no pienso prometerla.
