Capítulo 3 3
—Entonces deja de mirarme la boca.
Rowan apoyó una mano en el borde del escenario.
—No.
—Qué capacidad tan impresionante para negociar.
—No estoy negociando.
—Eso también es un problema.
—Para ti, quizá.
Lo odié un poco.
No demasiado.
Ese era exactamente el inconveniente.
Me bajé del escenario con cuidado y caminé hacia la platea.
—Necesito revisar accesos.
—Yo te acompaño.
—Puedo hacerlo sola.
—Hay cables abiertos.
—¿Siempre tienes una excusa?
—Solo cuando funciona.
Lo seguí por un corredor lateral que todavía olía a pintura fresca.
—Maisie tenía razón.
—¿Sobre qué?
—Sobre que eres insoportable.
—Maisie dice muchas cosas.
—La mayoría parecen ciertas.
—Eso demuestra que aún no la conoces bien.
Llegamos a una puerta metálica.
Rowan abrió.
Detrás había una escalera estrecha que subía hacia los antiguos palcos.
—Después de ti.
—Qué caballero.
—Quiero tenerte delante por si tropiezas.
Me giré.
—Eso sonó mucho peor de lo que crees.
Su mirada bajó lentamente por mi espalda.
—No estoy seguro.
Calor.
Ridículo.
Subí.
—Deja de hacerlo.
—¿Qué?
—Eso.
—No veo nada.
—Precisamente.
—Clara.
—Rowan.
—Si quieres que deje de mirarte, tendrás que dejar de provocar respuestas.
—¿Yo?
—Sí.
—Tú empezaste con el café.
—Tú bebiste de mi vaso.
—Accidentalmente.
—Y luego me miraste como si compartirlo significara algo.
Me detuve en mitad de la escalera.
Él quedó dos peldaños abajo.
Mala altura.
Peor distancia.
—¿Significaba algo?
—No.
—Entonces deja de recordarlo.
—No dije que no me gustara.
Mi estómago hizo una cosa bastante poco profesional.
Seguí subiendo.
—Eres peligroso cuando crees que estás siendo encantador.
—No intento ser encantador.
—Eso es peor.
Arriba, el palco estaba cubierto de polvo.
Me acerqué al borde y miré el teatro desde allí.
—Esto podría funcionar para una experiencia privada.
—¿Qué tipo?
—Recepciones pequeñas. Invitados especiales. Quizá catas.
—No.
—¿Ni siquiera escuchaste?
—Sí.
—Entonces argumenta.
Rowan se apoyó en la barandilla.
—Ese palco se conserva como archivo histórico.
—Podemos conservarlo y usarlo.
—No todo tiene que monetizarse.
—No todo uso es dinero.
—Tu cliente quiere rentabilidad.
—Y yo quiero que la gente recuerde el lugar.
Eso lo hizo callar.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez.
—Esa vez fue buena.
—¿La idea?
—Tú.
Silencio.
Mi corazón dio un salto traidor.
—Eso fue innecesario.
—Fue verdad.
—No te pongas sincero ahora. Rompes el personaje.
Rowan sonrió.
—Pensaba que me considerabas antipático.
—Lo eres.
—¿Y atractivo?
Abrí la boca.
La cerré.
Él sonrió más.
—Eso pensé.
—No he dicho nada.
—Exacto.
—Arrogante.
—Evasiva.
Me alejé del borde.
—Voy a revisar el backstage.
—Por ahí no.
—¿Ves? Otra orden.
—Otra pared sin terminar.
—Necesitas hobbies.
—Tengo.
—¿Como cuáles?
—Restaurar edificios. Cocinar. Correr.
—Aburridísimo.
—Sexo.
Casi tropecé.
Rowan alzó una ceja.
—Eso sí te interesó.
—No esperaba que lo dijeras así.
—Preguntaste.
—Podías haber dicho lectura.
—También leo.
—Gracias por completar el currículum.
Bajamos otra escalera.
Yo intenté no pensar en sexo.
Fracaso monumental.
En el backstage, un técnico nos explicó algunos cambios.
Mientras hablaba, Rowan se colocó detrás de mí para ver un plano.
No me tocó.
Pero estaba cerca.
Demasiado.
Su respiración rozó mi pelo.
Mi cuerpo lo notó todo.
—¿Estás escuchando? —murmuró.
—Sí.
—Mentirosa.
—Cállate.
El técnico levantó la vista.
—¿Perdón?
—Nada —dijimos ambos.
Cuando se fue, me giré.
—Esto es culpa tuya.
—¿Qué parte?
—La parte donde ya no puedo pensar cuando estás a cinco centímetros.
La frase salió sola.
Silencio.
Perfecto.
Maravilloso.
Podía mudarme de país otra vez.
Rowan no sonrió.
—¿Eso es una queja?
—Es una observación.
—Curioso.
—¿Qué?
Se acercó un paso.
—Yo pensaba lo mismo.
El aire cambió.
Ahora no había bromas.
No había técnicos.
No había nadie.
Solo él.
Yo.
Y un espacio muy pequeño entre los dos.
—Rowan.
—¿Sí?
—No.
—No qué.
—No hagas esa cara.
—¿Cuál?
—La de que estás a punto de hacer algo.
—Estoy pensando.
—Peor.
Se acercó otro poco.
No me tocó.
—Si quisiera besarte, te preguntaría.
Mi garganta se secó.
—Qué formal.
—No es formalidad.
—¿Entonces?
—Quiero saber si tú también quieres.
Lo miré.
Su boca.
Sus ojos.
Otra vez su boca.
—No te voy a responder eso en medio de una obra.
—Entonces no respondas.
—¿Y ya?
—Ya.
Se apartó.
Eso me molestó mucho más de lo razonable.
—Qué fácil.
—¿Qué esperabas?
—Nada.
—Mentira.
—Deja de llamarme mentirosa.
—Deja de mentir.
Lo miré mal.
Él se rio.
—Ven. Falta la sala de ensayo.
Caminamos en silencio durante dos minutos.
Dos minutos demasiado largos.
Mi teléfono vibró.
Hugo.
“¿Ya sobreviviste a Londres?”
Sonreí.
Rowan lo vio.
—¿Quién?
—Un amigo.
—Sonreíste mucho.
—¿Ahora controlas mis expresiones?
—No.
—Parecía.
—Solo pregunté.
—Se llama Hugo.
—¿Novio?
—No.
—¿Ex?
—Tampoco.
—Entonces.
—Amigo.
—Muy sonriente.
Me detuve.
—¿Estás celoso?
Rowan soltó una risa.
—No.
—Respondías más convincente ayer.
—Ayer no sabía que existía Hugo.
—Eso suena peor.
—Suena a curiosidad.
—Claro.
Entramos en la sala de ensayo.
Había un piano viejo cubierto con una tela.
Yo levanté una esquina.
—Esto sí que no lo tocas.
—¿Yo?
—Tú y tus experiencias creativas.
—No pensaba tocarlo.
—Bien.
—Aunque ahora quiero.
—Clara.
—Rowan.
Sonrió.
—Eres agotadora.
—Y sigues aquí.
—Ese es el problema.
La frase me atravesó.
No respondí.
El teléfono volvió a vibrar antes de que pudiera guardarlo.
Hugo mandó una fotografía de un cartel torcido en una calle cercana.
“Londres te da la bienvenida.”
Solté una risa.
—¿Otra vez él? —preguntó Rowan.
—Sí.
—Debe ser muy divertido.
—Lo es.
—Qué bien.
—Eso sonó doloroso.
—Estoy emocionado por tu amistad.
—Pareces a punto de demandarla.
Rowan se acercó al piano y levantó la tapa sin tocar las teclas.
—¿Cuánto tiempo hace que lo conoces?
—Seis años.
—Mucho.
—¿Vas a interrogarme?
—No.
—Ya lo haces.
—Solo intento entender por qué sonríes distinto cuando escribe.
Me quedé quieta.
—¿Distinto cómo?
—Más fácil.
La respuesta me sorprendió.
—Hugo me conoce desde antes de que mi vida decidiera incendiarse en Londres.
—Eso explica la confianza.
—¿Te molesta?
Rowan cerró la tapa del piano.
—No debería.
—No pregunté eso.
Su mirada volvió a mí.
—Entonces quizá sí.
Por primera vez no tenía una broma preparada.
El silencio se volvió espeso.
—Nos conocemos desde ayer —dije.
—Lo sé.
—No puedes estar celoso.
—Tampoco dije que lo estuviera.
—Acabas de decir que te molesta.
—No es exactamente lo mismo.
—Explícalo.
Rowan dio un paso hacia mí.
—No puedo todavía.
—Conveniente.
—Muchísimo.
No supe qué responder a eso.
Y odié que esa respuesta me gustara porque parecía sincera, incluso comparada con sus bromas.
Terminamos el recorrido al mediodía.
Maisie ya se había ido a otra reunión.
Yo guardé el portátil.
—Me voy al hotel.
—¿Comiste?
—No eres mi madre.
—Eso espero.
—Qué asco.
—Fue tu frase.
Me reí.
Rowan tomó su abrigo.
—Hay un sitio cerca.
—¿Me estás invitando a comer?
—Estoy evitando que sobrevivas a base de café robado.
—Eso suena peligrosamente parecido a una cita.
—No lo es.
—Qué decepción.
Él se quedó mirándome.
—¿Lo sería?
—¿Qué?
—Una decepción si no fuera una cita.
Maldición.
—Te gusta demasiado ponerme contra la pared.
Rowan dio un paso.
—Todavía no lo he hecho.
Mi respiración se detuvo.
Su mirada bajó a mi boca.
—Pero ahora que lo mencionas, Clara, tengo una pregunta mucho mejor.
—¿Cuál?
—Si te pusiera contra una pared, ¿me pedirías que me apartara… o que me acercara más?
