Capítulo 4 4
—Si me pusieras contra una pared, primero tendría que decidir si quiero romperte la nariz.
Rowan sonrió.
—Eso no responde.
—Es lo bastante claro.
—No para mí.
Seguía demasiado cerca.
Yo podía oler su colonia, el café y algo cálido que no ayudaba en absoluto.
—Apártate.
Lo hizo.
Inmediatamente.
Otra vez esa costumbre suya de obedecer justo cuando yo esperaba que discutiera.
—Ves —dijo—. No era difícil.
—No pongas esa cara.
—¿Cuál?
—La de hombre orgulloso porque entiende consentimiento básico.
—Los estándares están bajos.
—En Londres, aparentemente sí.
Me puse el abrigo.
—¿Comemos o vas a seguir interrogándome sobre paredes?
—Comemos.
—Y no es una cita.
—Tú lo dijiste.
—Quiero que quede registrado.
—Podemos pedir testigos.
Salimos de The Lyric.
El restaurante estaba a dos calles, pequeño, lleno de mesas apretadas y camareros que parecían conocer a Rowan.
Eso me molestó por razones que no quise examinar.
—Vienes mucho —dije.
—A veces.
—Eso significa sí.
—Trabajo cerca.
Nos sentamos frente a frente.
El camarero dejó dos menús.
—¿Lo de siempre, Rowan?
—Hoy no.
Miró hacia mí.
—Ella elige.
—Qué confianza.
—Te gustan las decisiones.
—Me gustan las mías.
Pedimos comida.
Mientras esperábamos, apoyé los codos sobre la mesa.
—Entonces, arquitecto, ¿por qué The Lyric?
—¿Por qué qué?
—Podrías restaurar oficinas caras para gente insoportable.
—También lo hago.
—Eso explica la ropa.
Sonrió.
—Mi padre me llevaba allí cuando era niño.
La respuesta cambió el tono.
—¿Al teatro?
—Sí. Murió hace seis años.
—Lo siento.
—No hace falta.
—No era obligación. Era educación.
Rowan bajó la mirada al vaso.
—Quiero que el edificio siga siendo reconocible cuando termine.
—Por eso odias mis cojines imaginarios.
—Entre otras cosas.
—Puedo respetar eso.
Levantó la vista.
—¿Tú por qué aceptaste venir a Londres?
La pregunta me dejó quieta.
—Porque quería empezar de nuevo.
—Eso suele significar que algo terminó.
—Una relación.
—¿Mala?
—Larga.
—No es lo mismo.
—A veces sí.
Rowan no insistió.
Eso me gustó.
Mucho.
—¿Y tú? —pregunté.
—¿Yo qué?
—¿Relaciones largas?
Su expresión se cerró apenas.
—Una.
—¿Terminó mal?
—Bastante.
—¿Quieres hablar?
—No.
—Perfecto.
—¿No vas a insistir?
—Odio que insistan conmigo.
Algo en su cara se relajó.
La comida llegó.
Durante media hora hablamos de cualquier cosa menos de nosotros.
Londres.
Madrid.
Arquitectura horrible.
Películas malas.
Descubrí que Rowan odiaba los musicales.
Yo consideré eso una falla moral.
—No puedes trabajar restaurando un teatro y odiar musicales.
—Puedo.
—Es ilegal.
—Denúnciame.
—Después de comer.
Cuando salimos, estaba lloviendo.
Por supuesto.
Rowan abrió un paraguas.
—Ven.
—Tengo capucha.
—Y yo paraguas.
—Puedo caminar sola.
—Nunca dudé de eso.
Me metí debajo.
El espacio era pequeño.
Nuestros brazos se rozaban cada pocos pasos.
—Esto sí parece cita —murmuré.
—Estás obsesionada con la palabra.
—Tú eres quien eligió restaurante con velas.
—Era mediodía.
—Velas diurnas. Más sospechoso.
Rowan soltó una risa.
Cruzamos una calle.
Un taxi pasó demasiado cerca y Rowan puso una mano en mi espalda para apartarme.
La retiró enseguida.
—Gracias.
—De nada.
—Me avisaste sin avisar.
—Reflejo.
—Aceptable.
Seguimos.
—Clara.
—¿Qué?
—Antes, cuando preguntaste por mi relación...
Esperé.
—No terminó solo mal.
—No tienes que contarme.
—Lo sé.
Eso hizo que lo mirara.
—Entonces cuenta si quieres.
Rowan siguió caminando.
—Estaba comprometido.
—Vaya.
—Mi prometida se acostaba con mi socio.
Me detuve.
Él también.
La lluvia golpeaba el paraguas.
—Eso sí es bastante.
—Te dije.
—¿Hace mucho?
—Cuatro años.
—¿Y sigues trabajando con el socio?
—No.
—Bien.
—Qué juicio tan rápido.
—No necesito un máster para ese caso.
Su boca se curvó.
—Desde entonces no hago promesas que no pueda controlar.
—El amor no funciona así.
—Precisamente.
—Eso suena triste.
—Suena eficiente.
—No todo tiene que ser eficiente.
—Tú intentas convertir un palco histórico en sala de catas.
—Eso es distinto.
—Conveniente.
Reanudamos el camino.
—Entonces no quieres pareja.
—No.
—¿Nunca?
—No dije nunca.
—Solo ahora.
—Exacto.
—¿Y sexo?
Rowan giró la cabeza.
—Eso fue directo.
—Tú dijiste sexo ayer como si fuera una afición.
—Lo recuerdo.
—Pues pregunto.
Sus ojos bajaron hacia mi boca.
—Sí.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi dignidad.
—Bien.
—¿Bien?
—Información.
—Muy profesional.
—Estoy aprendiendo de ti.
Llegamos a The Lyric.
Me refugié bajo el toldo.
Rowan cerró el paraguas.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—Sexo.
—También.
—Directa.
—Me provocaste.
—No todavía.
Otra vez ese tono.
—Vas a conseguir que te empuje.
—Hoy ya lo intentaste.
Me acerqué.
—Y tú me agarraste la muñeca.
—Y la solté cuando lo pediste.
—Sí.
—¿Te gustó?
La pregunta me golpeó bajo el estómago.
—¿Qué parte?
—Que te soltara.
Lo miré.
—Sí.
—Bien.
Silencio.
—¿Y antes?
Mi garganta se secó.
—Eso no es asunto tuyo.
—Todavía.
—Deja de decir todavía.
—Haz que deje de tener sentido.
No entré.
El problema con Rowan era que cada vez que la conversación se acercaba a algo incómodo, una parte pedía distancia y otra quería empujarlo hasta ver qué ocurría.
—Tengo una pregunta mejor —dije.
—Empiezo a temer tus preguntas.
—¿Sales con alguien?
—No.
—¿Te acuestas con alguien?
Alzó una ceja.
—Eso sí es asunto mío.
—Cobarde.
—Selectivo.
—Entonces hay alguien.
—No actualmente.
La respuesta me alivió.
Odié el alivio.
Rowan lo notó.
—Eso te gustó.
—No inventes.
—Acabas de relajar los hombros.
—Tengo frío.
—Estamos bajo techo.
—Metafóricamente.
Se rio.
—¿Y Hugo?
—Otra vez Hugo.
—Pregunté una vez.
—Dos.
—Llevas la cuenta.
—Porque eres pésimo ocultando celos.
—No estoy celoso.
—Y yo soy la reina.
—No te pega la corona.
—¿Qué me pega?
Su mirada recorrió mi cara y bajó despacio.
—No voy a responder eso aquí.
Mi piel se calentó.
—Ahora sí estás provocando.
—Puede ser.
—Pensé que eras eficiente.
—Contigo estoy descubriendo defectos nuevos.
—Qué tragedia.
—Bastante.
La puerta del teatro se abrió detrás y Maisie asomó la cabeza.
—¿Van a entrar o necesito cobrar alquiler por ese metro cuadrado?
Me aparté de Rowan.
—Ya vamos.
Maisie nos miró.
—Eso espero. Tengo planos y cero paciencia sexual ajena.
—Maisie —gruñó Rowan.
—Qué sensible.
Entró otra vez.
Yo me tapé la cara.
—Tu socia es un peligro.
—No tienes idea.
—Me cae excelente.
—Eso me preocupa.
El aire entre nosotros se tensó otra vez.
—Rowan.
—Clara.
—No voy a besarte en la puerta de mi trabajo.
—Nuestro trabajo.
—Peor.
—Entonces no me beses.
—No pensaba.
—Mentira.
—Eres insoportable.
—Y sigues aquí.
Quise responder.
No pude.
Porque tenía razón.
Rowan se acercó un paso.
No me tocó.
—Una pregunta.
—Otra.
—Si no estuviéramos trabajando juntos, ¿me besarías?
Mi pulso se disparó.
—Quizá.
—Eso no me sirve.
—No trabajo para servirte.
—Entonces responde para ti.
Miré su boca.
Error.
O quizá no.
—Sí.
La palabra salió baja.
Rowan no sonrió.
Solo me miró distinto.
Más serio.
Más hambriento.
—Bien.
—¿Bien?
—Ahora sé que el problema no soy solo yo.
—Nunca dije que lo fueras.
—Tampoco dijiste que querías besarme.
—Acabo de hacerlo.
—No. Dijiste que lo harías si no trabajáramos juntos.
—Diferencia importante.
—Muchísima.
Se inclinó apenas.
Yo no retrocedí.
—Entonces vamos a poner otra regla.
—¿Cuál?
—Nada físico mientras trabajemos en The Lyric.
La propuesta me sorprendió.
—¿Eso incluye besos?
—Especialmente.
—Muy responsable.
—No te acostumbres.
—¿Y fuera del trabajo?
Su mirada bajó a mi boca.
—Fuera del trabajo tendrás que decidir si realmente quieres saber qué pasa cuando dejo de ser responsable.
