Capítulo 5 5

—Fuera del trabajo ya no tienes excusas.

Rowan cerró la puerta de The Lyric detrás de nosotros.

—Tú tampoco.

Eran las ocho.

Habíamos pasado cinco horas revisando presupuestos, iluminación y proveedores.

No había funcionado.

—La regla era nada físico mientras trabajemos —dije.

—Ya no estamos trabajando.

—Técnicamente seguimos hablando del trabajo.

—Podemos dejar de hacerlo.

Lo miré.

—Qué conveniente.

—Me adapto rápido.

La lluvia había parado y Camden brillaba.

Rowan metió las manos en los bolsillos.

—¿Cenas?

—Eso vuelve a parecer una cita.

—Podemos comer de pie junto a un contenedor si te tranquiliza.

—Romántico.

—Intento ajustarme a tus estándares.

—Mis estándares incluyen sillas.

—Ambiciosa.

Terminamos en un pub pequeño con mesas de madera, música demasiado baja para obligarnos a acercarnos y cerveza cara para justificar su existencia.

Pedí vino.

Rowan pidió whisky.

—Eso explica muchas cosas —dije.

—¿Qué cosas?

—La cara de hombre que juzga decisiones ajenas.

—Creí que era genética.

—También.

Me observó por encima del vaso.

—¿Estás nerviosa?

—No.

—Mientes peor cuando respondes rápido.

—Y tú analizas demasiado.

—Es parte de mi trabajo.

—Estamos fuera del trabajo.

—Cierto.

Su mirada bajó a mi boca.

—Entonces puedo dejar de fingir que miro otra cosa.

Tomé vino.

Demasiado rápido.

Rowan sonrió.

—Cobarde.

—Tengo sed.

—Claro.

—¿Siempre provocas hasta que alguien te golpea?

—Hasta ahora nadie lo ha hecho.

—Qué decepción.

—Puedes ser la primera.

—No voy a alimentar tus fantasías.

—No sabes cuáles son.

Silencio.

Mi cerebro, traidor, intentó imaginarlas.

No debía.

Lo hizo igual.

—No pongas esa cara —dijo Rowan.

—¿Qué cara?

—La que acabas de poner cuando pensaste en algo que no vas a decir.

—Te odio un poco.

—Eso parece avanzar.

—¿Hacia dónde?

—Todavía no lo sé.

La camarera dejó nuestras hamburguesas.

Comimos hablando de mi hermana, de Elliot y de que Rowan cocinaba bastante bien.

—Eso lo dicen todos los hombres que saben hacer pasta.

—Sé cocinar más que pasta.

—¿Huevos?

—Clara.

—Solo pregunto.

—Risotto, curry, pescado, pan.

—¿Pan?

—Sí.

—Ahora estás inventando.

—Puedo demostrarlo.

—¿Invitación?

—Observación.

—Aprendes mis trucos.

—Algunos.

El tono volvió a cambiar.

Me concentré en las patatas.

—¿Por qué no tienes pareja?

Rowan dejó el vaso.

—Ya hablamos de eso.

—Hablamos de tu ex.

—Es la respuesta.

—No exactamente.

Me sostuvo la mirada.

—No me interesa volver a construir una vida alrededor de alguien y descubrir que fui el último en saber que ya se estaba cayendo.

Ahí estaba.

Sin sarcasmo.

Sin juego.

—Eso no significa que vaya a repetirse.

—Tampoco significa que no.

—Entonces tu solución es no querer a nadie.

—Mi solución es no prometer lo que no necesito prometer.

—Suena agotador.

—Funciona.

—¿Seguro?

—Hasta ayer.

La respuesta me dejó inmóvil.

Rowan se dio cuenta de lo que había dicho.

También yo.

—Eso ha sido rápido —murmuré.

—No dije que estuviera enamorado de ti.

—Menos mal. Tendría que cambiarme de pub.

—Dije que me atraes.

—Eso ya lo sabía.

—Arrogante.

—Tú empezaste.

Su pie rozó el mío bajo la mesa.

No lo apartó.

Yo tampoco.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué terminó antes de Londres?

—Una relación de tres años.

—¿Te engañó?

—No.

—¿Lo engañaste?

—Tampoco.

—Entonces.

Jugué con la servilleta.

—Queríamos vidas diferentes y tardamos demasiado en admitirlo.

—¿Él quería quedarse?

—En Valencia. Trabajo estable, piso comprado, domingos con sus padres.

—Y tú querías Londres.

—Yo quería sentir que todavía podía elegir algo sin pedir permiso.

Rowan no dijo nada durante unos segundos.

—¿Te pedía permiso?

—No literalmente.

—Pero.

—Pero cada decisión mía tenía que encajar en una vida que ya estaba diseñada.

—Eso sí suena agotador.

—Lo era.

Tomé otro sorbo.

—Por eso no estoy buscando relación.

—Bien.

La rapidez con que contestó me irritó.

—No parezcas tan aliviado.

—Estoy siendo coherente.

—Aburrido.

—Seguro.

—Peor.

Pagamos y salimos.

La noche enfrió.

Caminamos sin rumbo durante varias calles.

—¿Tu hotel queda lejos? —preguntó.

—Quince minutos.

—Te acompaño.

—Puedo ir sola.

—Lo sé.

—Entonces.

—Quiero seguir caminando contigo.

No tuve respuesta.

Llegamos al hotel demasiado rápido.

Me detuve bajo el toldo.

—Bueno.

—Bueno.

—Esta parte es incómoda.

—Solo si la haces incómoda.

—Gracias por la ayuda.

—De nada.

Ninguno se movió.

La regla de The Lyric había desaparecido.

Aquí solo estábamos nosotros.

—Rowan.

—Sí.

—Estás mirando mi boca.

—Lo sé.

—Pensé que preguntarías.

—Voy a hacerlo.

Se acercó apenas.

—¿Puedo besarte?

El pulso se me disparó.

Podía decir que no.

Él esperó.

Sin tocarme.

Sin decidir por mí.

—Sí.

Rowan me besó.

No fue suave.

Tampoco apresurado.

Su mano llegó a mi cintura y se quedó allí, firme, mientras su boca encontraba la mía con una seguridad que me dejó sin una sola frase inteligente.

Lo agarré del abrigo.

Él profundizó el beso.

Mi espalda tocó la pared junto a la entrada.

La pregunta del día anterior volvió entera.

Más cerca.

Su mano subió por mi costado.

Se detuvo antes de llegar demasiado lejos.

Yo respiré contra su boca.

—No pares.

Algo cambió en sus ojos.

Me besó otra vez.

Más lento.

Peor.

Porque ahora podía sentir cada movimiento.

El roce de su pulgar en mi cintura.

Su cuerpo sin aplastarme.

Mi propia mano entrando debajo de su abrigo y encontrando músculo caliente bajo la camisa.

Rowan soltó un sonido bajo.

Eso casi acabó conmigo.

—Clara.

—¿Qué?

—Si sigues tocándome así, necesito saber qué quieres.

La pregunta me devolvió suficiente cerebro para respirar.

—Besarte.

—Eso estamos haciendo.

—Entonces vas bien.

Sonrió contra mi boca.

—Evasiva.

—Exigente.

—Mucho.

Volvió a besarme.

Un coche tocó el claxon en la calle.

Me reí contra sus labios.

—Cinematográfico.

—Lo odio.

—Mentiroso.

—Solo cuando conviene.

Separé mi boca de la suya.

La mano de Rowan seguía en mi cintura.

—Tengo que subir.

—Lo sé.

No me soltó.

Yo tampoco lo hice.

—Esto complica la regla.

—La regla sigue intacta.

—¿Y mañana?

—Mañana trabajamos.

—¿Y después?

Sus ojos bajaron otra vez a mi boca.

—Después veremos.

Mi teléfono vibró.

Mensaje de la aerolínea.

Mi maleta había aparecido.

Solté una carcajada.

—¿Qué?

—Mi equipaje decidió regresar de entre los muertos.

—Excelente.

—Tengo que recogerlo mañana.

—Te llevo.

—No hace falta.

—No dije que hiciera falta.

Lo miré.

Ese hombre empezaba a responder cosas que yo no sabía pedir.

—Buenas noches, Rowan.

—Buenas noches, Clara.

Entré al hotel.

Di tres pasos.

Me giré.

Seguía allí.

—¿Qué?

—Nada.

—Otra vez esa palabra.

Rowan sonrió.

—Estaba pensando que tu regla de nada físico en The Lyric no dice absolutamente nada sobre hoteles.

Mi cuerpo volvió a calentarse.

—No intentes aprovechar vacíos legales.

—Soy arquitecto. Vivo de aprovechar espacios.

—Qué frase tan terrible.

—Y aun así no has entrado.

Tenía razón.

Seguía en la puerta.

—Rowan.

—Clara.

—Vete.

—¿Quieres que me vaya?

Abrí la boca.

La cerré.

Su sonrisa desapareció.

Ahora estaba completamente serio.

—Pregunto de verdad.

Miré el ascensor detrás de mí.

Luego a él.

Pensé en su boca.

En su mano en mi cintura.

En que lo conocía desde hacía dos días.

Y en que nunca me había sentido tan poco interesada en ser prudente.

—Todavía sí —dije.

Rowan asintió.

Sin presión.

Sin decepción teatral.

Eso me hizo desearlo más.

—Entonces me voy.

Dio un paso atrás.

—Pero Clara, la próxima vez que me invites a cruzar esa puerta, no voy a fingir que solo quiero darte las buenas noches.

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