Capítulo 6 6
—No vuelvas a ofrecerte a ayudarme si vas a burlarte de mi maleta.
Rowan cerró el maletero del coche y miró el enorme bulto rojo que acabábamos de recuperar.
—Tiene una cinta rosa atada al asa.
—Para reconocerla.
—Podías reconocerla desde Escocia.
—Funcionó.
—Eso es indiscutible.
Le quité el comprobante de equipaje.
—Gracias por traerme.
—De nada.
—Y por levantarte temprano.
—Son las ocho y cuarto.
—Para mí eso cuenta como sacrificio.
Rowan abrió la puerta del copiloto.
—Sube, princesa.
—Retira eso.
—Sube, ladrona.
—Mejor.
Entré intentando ignorar que el coche olía a él.
Error inútil.
Desde el beso de anoche mi cerebro había desarrollado una capacidad absurda para registrar detalles: sus manos sobre el volante, las mangas remangadas, la forma en que se mordía por dentro la mejilla cuando otro conductor hacía una estupidez.
—Estás callada —dijo.
—Estoy protegiendo nuestra relación profesional.
—Duró siete segundos.
—Nuevo récord.
Su boca se movió apenas.
—¿Te arrepientes?
La pregunta cayó limpia.
Giré hacia él.
—¿Del beso?
—Sí.
—No.
Sus dedos apretaron el volante una vez.
—Bien.
—¿Tú?
—Clara.
—Eso no responde.
Se detuvo en un semáforo y me miró.
—Dormí mal.
—¿Pesadillas?
—Tú.
Me quedé callada.
Rowan volvió la vista al frente.
—Ahora puedes sentirte satisfecha.
—Estoy intentando decidir cuánto.
—Muchísimo, por tu cara.
—No puedes verla.
—Puedo imaginarla.
Le di un golpe leve en el brazo.
Él atrapó mi mano antes de que la retirara.
Esta vez no fue reflejo.
Miró nuestros dedos.
Luego a mí.
—Estamos fuera de The Lyric.
El semáforo seguía en rojo.
—Lo sé.
Su pulgar pasó una vez por el centro de mi palma.
Un movimiento pequeño.
Mi respiración cambió.
—También estamos en un coche.
—Excelente capacidad espacial.
—Y tú conduces.
—Ahora mismo estoy parado.
La luz cambió.
Me soltó.
—Odio los semáforos verdes —murmuré.
Rowan se rio.
Llegamos al teatro veinte minutos después.
La regla entró en vigor en cuanto cruzamos la puerta.
Eso debería haber facilitado las cosas.
Las empeoró.
Pasamos la mañana revisando una propuesta de señalética con Maisie. Rowan se sentó frente a mí y mantuvo una distancia impecable.
Ni un roce.
Ni una mirada demasiado larga.
Ni una sola provocación física.
A las once quería estrangularlo.
Maisie dejó el lápiz.
—¿Qué demonios pasa con ustedes?
—Nada —dije.
—Están siendo educados. Me preocupa.
Rowan siguió leyendo.
—Tenemos trabajo.
—Ayer también y Clara amenazó con romperte la nariz.
—Fue una conversación privada.
—Fue en la entrada.
Me incliné sobre la mesa.
—Estamos probando profesionalidad.
Maisie hizo una mueca.
—Qué aburrido.
—Gracias.
—No era un cumplido.
Rowan levantó los ojos hacia mí.
Solo un segundo.
Suficiente.
—Sigamos —dijo.
A la una, Maisie salió a reunirse con un proveedor.
Yo abrí una botella de agua y caminé hacia la ventana.
Rowan cerró la puerta.
—¿Qué haces?
—Evito que nos interrumpan.
—Eso suena poco profesional.
—La reunión terminó.
—Seguimos dentro de The Lyric.
Se acercó hasta quedarse a un metro.
—Lo sé.
—Entonces nada físico.
—Tu regla.
—Nuestra regla.
—La propuse yo.
—Y yo acepté.
—Te está molestando.
—Muchísimo.
Su sonrisa apareció lenta.
—Pensé que querías profesionalidad.
—Quiero que dejes de disfrutar tanto.
—Eso no estaba en las condiciones.
Bebí agua.
—Anoche dijiste que dormiste mal por mí.
—Esta mañana.
—Peor. Estabas sobrio.
—También anoche.
Lo miré.
—¿Y qué exactamente te quitó el sueño?
Rowan metió las manos en los bolsillos.
—Tu mano debajo de mi abrigo.
El agua casi se fue por otro camino.
—Muy maduro.
—Preguntaste.
—Podías mentir.
—Contigo está resultando difícil.
Se acercó otro paso.
Seguía sin tocarme.
—¿Y tú?
—Dormí perfecto.
—Mentirosa.
—Ocho horas.
—Te creo las ocho horas. No lo otro.
—Pensé un poco en el beso.
—¿Un poco?
—Lo razonable.
—Clara.
—Bastante.
—Mejor.
La puerta se abrió.
Maisie entró con una carpeta.
Nos miró.
Miró la distancia exacta entre ambos.
—Voy a fingir que no interrumpí una conversación sobre presupuestos.
—Gracias —dijo Rowan.
—No te agradecí nada.
Por la tarde trabajamos separados.
Fue una decisión inteligente.
La odié.
A las siete cerré el portátil y encontré un mensaje de Hugo preguntando si quería cenar el viernes.
Contesté que sí.
—¿Hugo? —preguntó Rowan desde la puerta.
Levanté la vista.
—Tienes una obsesión poco elegante.
—Reconocí la sonrisa.
—Cena el viernes.
Su mandíbula cambió apenas.
—Bien.
—Eso ha sonado fatal.
—Dije bien.
—Con cara de auditoría fiscal.
Rowan tomó mi abrigo del respaldo y me lo tendió.
—Fuera.
—¿Me estás echando?
—Estamos dejando de trabajar.
Entendí antes de que terminara.
El pulso se me aceleró.
—Qué tramposo.
—Aprendo rápido.
Me quedé mirándolo.
—¿Eso significa que llevas toda la tarde esperando que sean las siete?
—Desde las once y doce.
—Qué precisión tan inquietante.
—Miré el reloj cuando te bebiste media botella de agua de golpe.
—Fue culpa tuya.
—Acepto esa responsabilidad.
Guardé el teléfono en el bolso.
—¿Y qué pensabas hacer a las siete y uno?
Rowan abrió la puerta para que pasara.
—Esperaba que dejaras de hacer preguntas y me besaras.
—Qué seguridad.
—Tenía esperanzas. La seguridad llegó cuando te levantaste sin despedirte de mí.
Salimos por la puerta lateral.
Apenas se cerró detrás de nosotros, Rowan me miró.
Yo agarré su abrigo y lo besé.
Esta vez fui yo.
Él tardó medio segundo en reaccionar.
Después su mano rodeó mi cintura y me llevó contra la pared de ladrillo, con espacio suficiente para que pudiera moverme si quería.
No quería.
Le mordí el labio inferior.
Rowan soltó aire contra mi boca.
—Eso fue intencional.
—Detectas problemas.
—Y tú los buscas.
Volvió a besarme.
Su mano subió por mi espalda debajo del abrigo.
La otra se quedó en mi cadera.
Mis dedos encontraron su nuca.
El beso perdió cualquier rastro de paciencia.
Sentí su cuerpo contra el mío y se me escapó un sonido que habría preferido conservar en privado.
Rowan se detuvo.
—¿Bien?
—Si vuelves a parar para preguntar cada cinco segundos, voy a matarte.
—Necesitaba saberlo.
—Estoy bien.
—¿Quieres que siga?
Tiré de su cuello.
—Sí.
Su boca bajó a mi mandíbula.
Después al cuello.
Cerré los ojos.
—Mierda.
—Eso también lo tomaré como sí.
—No te pongas arrogante ahora.
—Demasiado tarde.
Mis manos bajaron por su pecho.
Rowan me besó otra vez y luego separó la boca apenas.
—Clara.
—¿Qué?
—Puedo acompañarte al hotel.
Sabía qué estaba preguntando.
También sabía qué había dicho anoche.
Todavía sí.
Hoy la palabra se sentía distinta.
—Mi maleta está en tu coche.
—Puedo devolvértela.
—Eso sería útil.
—Muy romántico.
Me reí, todavía pegada a él.
—No quiero romance.
La expresión de Rowan cambió.
—¿Qué quieres?
Lo miré.
Quería deseo sin planes. Quería decidir algo sin convertirlo en futuro. Y Rowan, con todas sus reglas rotas antes de empezar, parecía entender exactamente ese idioma.
Le solté el abrigo.
—Llévame al hotel.
Sus ojos se oscurecieron.
—¿Para dejar tu maleta?
Abrí la puerta lateral del coche.
—Para dejar la maleta arriba.
Rowan no se movió.
—Clara, dímelo claro.
Lo hice.
—Quiero que subas conmigo.
