Capítulo 6 El Olor del Invierno
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POV AURORA
La habitación que me habían asignado era un refugio engañoso, cálida como un abrazo traicionero, iluminada solo por una lámpara amarillenta que proyectaba sombras danzantes sobre las paredes de madera oscura. Olían a resina antigua y a secretos enterrados, como si esa casa hubiera presenciado inviernos interminables, pérdidas que aún sangraban en el aire. Jake me depositó allí con un “descansa” que retumbó como una orden irrevocable, su voz grave cargada de algo no dicho, antes de desaparecer por la puerta, dejándome sola con mi caos interno.
Intenté obedecer. Lo juro por la luna que brillaba fría allá afuera. Pero mi cuerpo era un traidor implacable.
El calor me devoraba desde dentro, un incendio que lamía mi piel, haciendo que cada roce de la tela contra mis pechos endurecidos fuera una tortura exquisita. Me arranqué el abrigo, la bufanda, la camisa de franela empapada, quedando solo en ropa interior que se pegaba a mi humedad traicionera. Nada bastaba. Me derrumbé en la cama, respiración entrecortada, garganta seca como arena ardiente, cabeza palpitando con un ritmo primitivo que no podía ignorar.
El pre-celo. El maldito pre-celo que me convertía en una bestia enjaulada.
El diario de mi madre advertía: toma analgésicos, duchas frías, respiraciones controladas. Probé todo en vano. Mi olor se escapaba de mí como un susurro pecaminoso, dulce y espeso, una mezcla de miel derretida y nieve virgen, impregnando el aire con una promesa erótica que me avergonzaba y excitaba al mismo tiempo. Jamás había olido así. Jamás había sentido este vacío palpitante entre mis piernas, este anhelo que me hacía apretar los muslos en un intento inútil de contención.
Mi cuerpo sabía verdades que mi mente rechazaba. Y eso me aterrorizaba hasta el alma.
Toqué mi vientre con manos temblorosas. Un pulso suave respondió, un eco profundo que no era embarazo, sino un despertar salvaje. Mi loba interna gruñó, voz ronca en mi mente: “Ellos vienen. Tres. Tu Tríada. Toca y siente, déjate llevar. Si te resistes mueres.”
El aire se espesó de golpe, cargado de electricidad. No estaba sola.
Levanté la vista justo cuando Ben irrumpió en la puerta, sosteniendo una caja de medicinas como un escudo precario.
—Solo traigo esto —murmuró, pero su voz era un ronroneo tenso, contenida, como si cada sílaba le costara control.
Se congeló en el umbral. Mi olor lo golpeó como un puñetazo, dilatando sus pupilas hasta que sus ojos se volvieron pozos negros de deseo reprimido. Su respiración se alteró, su pecho subiendo y bajando en un ritmo que sincronizaba con el mío. Su postura cambió: hombros tensos, puños apretados, como si luchara contra cadenas invisibles.
Alfa. No cualquiera. Uno protector, fuerte, que se contenía por no abalanzarse y devorarme.
—Jake dijo que tu fiebre... —empezó, avanzando un paso vacilante.
Retrocedí sobre la cama, con las sábanas arrugadas bajo mí, pero mi cuerpo traicionaba: un calor líquido se derramó entre mis piernas al oler su esencia cálida, protectora.
—No... no te acerques —supliqué, con la voz ronca, pero mi loba susurró: “Tócalo. Siente el placer compartido.”
Tragó saliva, su mandíbula tensa, sus venas hinchadas en el cuello. No herido, sino atormentado, su lobo rugiendo.
—No te tocaré —prometió, con voz grave como trueno lejano—. Solo dame tu mano para medir...
—No —gemí, apretando mis piernas, con los pezones endurecidos rozando el aire frío, enviando chispas de placer doloroso.
Mi olor surgió en una ola cálida, envolviéndolo. Ben inhaló profundo, su mano temblando no por debilidad, sino por la batalla contra su instinto.
—Aurora... —mi nombre en sus labios fue un gemido torturado—. Tu fiebre sube. Déjame ayudar.
Negué, pero mi cuerpo ardía por él. Mi loba rugió: “Peligro. Solo necesitas un toque para sentir un orgasmo. Si no hay unión habrá muerte antes de la Bendición.”
El aire entre nosotros se volvió íntimo, espeso, casi erótico. Pero sin contacto. Solo proximidad que me hacía jadear.
Se acercó despacio, dejando una caja en la mesa. Sus dedos rozaron mi rodilla. Apenas un roce.
Y el mundo explotó.
Un placer violento me atravesó, un mini-orgasmo que me arqueó la espalda, gritando suave mientras oleadas me partían, mis caderas alzadas, sentí la humedad empapando las sábanas, mi cuerpo convulsionando en éxtasis incontrolable.
Ben rugió, doblándose de placer, endureciéndolo visiblemente.
La puerta se abrió de golpe. Jake y Alex irrumpieron, atraídos por el vínculo compartido.
Jake, se notaba torturado, con sus ojos dorados ardiendo: —¡Qué mierda...!
Alex, frío resquebrajado: —El vínculo... ya empezó.
Los tres lo sintieron un placer en sus cuerpos, sincronizados, sus lobos rugiendo al unísono.
Ben retrocedió, jadeando: —Su olor... llena todo. La manada...
Jake se acercó, conteniéndose: —Aurora, respira. Es la Tríada Lunar un rito antiguo. Si no nos completamos antes de Nochebuena... moriremos.
Alex, hablo con voz helada pero temblorosa: —O la matamos ahora, antes que nos destruya.
Mi loba gruñó: “Ellos. Tuyos, déjate marca o perece.”
Temblé, al límite, cuerpo exigiendo más, la fiebre empujándome al abismo.
Afuera, los murmullos crecieron en rabia: «Si se vinculan en un triple, estamos perdidos», «Podrían morir», «Es la tragedia repetida».
