Capítulo 2 2
POV Massimo:
El saco de boxeo llevaba mi nombre escrito en algún lugar, estoy seguro, porque lo estaba destrozando como si me hubiera insultado personalmente. Llevaba cuarenta minutos golpeándolo sin parar, ya tenía los nudillos en carne viva debajo de las vendas y el sudor cayéndome por la cara, y todavía no era suficiente. Nada era suficiente últimamente.
Derecha. Izquierda. Gancho. Uppercut.
El gimnasio de la mansión olía a cuero viejo y a sudor, ese olor que me recordaba a cuando mi padre me había traído aquí por primera vez a los doce años y me dijo que un Valenti tenía que saber pelear. «No siempre vas a tener una pistola a la mano», me explicó mientras me enseñaba a cerrar el puño correctamente. «A veces vas a tener que usar esto». Y me golpeó el pecho con dos dedos, justo sobre el corazón.
Derecha. Izquierda. Derecha. Derecha. Derecha.
El problema era que ya no sentía nada ahí. El pecho, digo, donde se supone que debería estar el corazón. Desde hacía diez años era solo un hueco, un agujero negro que se tragaba todo lo bueno y escupía rabia, rabia y más rabia.
—Vas a romper el saco si sigues así —escuché a mis espaldas.
No me di la vuelta. Reconocí la voz de Nico antes de que terminara la frase, ese tono burlón que usaba para todo, hasta para dar malas noticias. Mi primo entró al gimnasio con las manos en los bolsillos de su pantalón de vestir, con su pelo castaño perfectamente peinado, y con esa sonrisa de mierda que lo hacía parecer inofensivo cuando en realidad había matado a casi más hombres que yo.
—Entonces tráeme otro saco —le dije, y di un golpe tan fuerte que la cadena tembló.
—Vengo del despacho de tu padre —me informó.
Seguí golpeando. Derecha. Izquierda. Gancho.
—¿Y? —solté sin mirarlo.
—Está cerrado. El matrimonio, digo. Los Montero aceptaron.
Paré en seco. El saco se balanceó frente a mí como un péndulo mientras yo trataba de procesar lo que acababa de escuchar. Sabía que mi padre estaba negociando, claro, llevaba semanas hablando de paz y de estrategia y de otras mierdas que me importaban un carajo. Pero una parte de mí, una parte estúpida y optimista que creía muerta, pensaba que no iba a pasar. Que los Montero dirían que no. Que Alberto Montero tendría aunque sea un gramo de dignidad y no vendería a su propia hija como si fuera ganado.
—En tres días la traen aquí —continuó Nico, apoyándose contra la pared—. La boda es en dos semanas.
—No quiero una esposa —le dije.
—Ya lo sé —me respondió.
—No quiero una maldita Montero en mi casa, Nico. No quiero tener que verle la cara todos los días a alguien que lleva la sangre de los bastardos que mataron a Giulia.
Nico no dijo nada. Solo me miró con esos ojos marrones que veían demasiado, que siempre habían visto demasiado. Era el único que podía hacerme eso, mirarme sin miedo y sin bajar la vista. Todos los demás, hasta los capos más veteranos, evitaban mis ojos como si tuvieran miedo de lo que pudieran encontrar ahí.
Me quité las vendas de las manos con movimientos bruscos. Los nudillos me sangraban, tenía la piel abierta en tres lugares distintos, pero no sentía dolor. Hacía años que no sentía dolor físico, o bueno, hacía años que el dolor físico no me importaba. Era el otro dolor el que me estaba matando, el que me estaba comiendo por dentro como un maldito cáncer.
—Sabes lo que pienso sobre esto —dijo Nico.
—No me importa lo que piensas —le respondí.
—Te lo voy a decir de todas formas. —Se separó de la pared y caminó hacia mí, parándose a un metro de distancia—. La venganza puede volverse en tu contra, Massimo. He visto a hombres más fuertes que tú destruirse tratando de destruir a otros.
—No me voy a destruir —le aseguré.
—¿Ah, no? —me cuestionó—. Porque llevas diez años viviendo como si ya estuvieras muerto. No comes, no duermes, no follas, no haces nada que no sea trabajar y entrenar y pensar en Giulia. Eso no es vida, primo. Eso es una condena.
Agarré la toalla del banco y me sequé la cara para no tener que mirarlo. Nico tenía razón, por supuesto. Siempre tenía razón, el muy hijo de puta. Pero tener razón no cambiaba nada. No traía a Giulia de vuelta. No borraba la imagen de su cuerpo en ese callejón, con los ojos abiertos mirando al cielo, los dos agujeros en el pecho, la sangre, tanta sangre que parecía imposible que hubiera cabido toda dentro de una persona tan pequeña.
—Voy a casarme con esa mujer —le dije, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba—. Pero no porque mi padre me lo ordene, y no para hacer las paces con los Montero. Voy a casarme con ella porque quiero venganza, Nico. Quiero que esa familia sienta aunque sea una fracción del dolor que me causaron. Y la mejor manera de hacerlo es destrozando a su princesita, pedazo a pedazo, día a día, hasta que no quede nada de ella.
Nico me miró en silencio durante unos segundos que se sintieron más largos.
—¿Y si ella no tuvo nada que ver con lo de Giulia? —me preguntó—. Cuando eso pasó tenía, ¿qué? ¿Catorce años?
—Tiene la sangre Montero. Eso es suficiente —le respondí.
—Massimo... —empezó a decir.
—No me vengas con sermones —lo interrumpí.
Tiré la toalla al piso y caminé hacia la puerta.
—Alberto Montero mató a mi hermana. No tengo pruebas, pero lo sé. Lo sé aquí —volví a decir y me golpeé el pecho con el puño, justo donde mi padre me había golpeado hacía veinte años—. Y si no puedo matarlo a él sin empezar una guerra que nos destruiría a todos, entonces voy a destruir lo que más quiere. Voy a tomar a su hija y la voy a romper de todas las formas posibles, exactamente como ellos rompieron a Giulia.
—Giulia no querría esto —murmuró Nico.
Me detuve en la puerta. Sentí que algo se retorcía en mi pecho, algo feo y caliente que se parecía mucho a la culpa. Pero la aplasté antes de que pudiera crecer, como había aprendido a hacer con todas las emociones que no fueran rabia.
—Giulia está muerta —le dije sin voltearme—. Gracias a esos malditos, ella ya no quiere nada.
Y salí del gimnasio antes de que Nico pudiera responder.
