
Vendida al enemigo
Lola Orozco · En curso · 91.3k Palabras
Introducción
—¿Y qué más? —me preguntó Massimo y se acercó lentamente.
—Intenso... elegante... —le respondí y tragué saliva cuando su cuerpo quedó a centímetros del mío.
—¿Elegante? —Me quitó la copa y la dejó a un lado—. Como tú.
Sus manos me levantaron de repente hasta sentarme en la mesa de catas y las botellas temblaron cuando se colocó entre mis piernas.
—Llevo semanas queriendo saber a qué sabes tú, Ginevra —gruñó contra mi cuello—. Y algo me dice que eres mucho más embriagante que cualquier maldito vino.
**
Ginevra Montero fue vendida por su padre al peor enemigo de su familia para salvar la vida de su hermano por una deuda de juego. Massimo Valenti no quiere una esposa: quiere venganza por la hermana que los Montero le arrebataron.
Ginevra jura que no se quebrará. Massimo jura que la destruirá.
Pero lo que empieza como venganza se convierte en deseo, y lo que era odio termina siendo una obsesión que ninguno puede controlar.
Cuando los secretos enterrados durante diez años empiecen a salir a la luz, ¿podrán sobrevivir juntos, o morirán odiándose por un crimen que ninguno cometió?
Capítulo 1
POV Ginevra:
Mi padre me citó a las seis de la tarde en su despacho, y supe que algo estaba mal porque Alberto Montero jamás me citaba a ningún lado. Para él yo era como los muebles del pasillo: útiles, silenciosos y fáciles de ignorar.
Llegué tres minutos antes porque así me habían criado, o bueno, más bien así me habían obligado a ser siempre. Toqué dos veces la puerta de roble y esperé. El olor a tabaco se colaba por debajo, ese olor que siempre me daba náuseas pero que había aprendido a asociar con el poder, con el miedo y con las decisiones que destrozaban vidas ajenas.
—Pasa.
Entré. Mi padre estaba detrás del escritorio con un vaso de whisky en la mano, el tercero del día si juzgaba por el nivel de la botella de Macallan. Tenía ojeras muy marcadas y la corbata aflojada, cosa rara en él. Alberto Montero era de esos hombres que preferían morirse con el traje puesto antes de mostrar debilidad.
—Siéntate, Ginevra —me dijo.
Me senté en la silla frente a él, la misma silla donde me había sentado a los veinte años después de que él le volara los sesos a Esteban en el sótano. Esteban, el primer y único hombre del que me había enamorado, el que había resultado ser un espía que solo quería información sobre los negocios de mi padre. Alberto me obligó a mirar cómo lo mataba. «Para que aprendas», me dijo. Y sí que aprendí: nunca más podría confiar en nadie.
—Tengo que decirte algo y no quiero interrupciones —me dijo sin mirarme—. Fabio les debe ochocientos mil dólares a los Ferraro.
¿Ochocientos mil dólares? La cifra me cerró la garganta. Fabio, el idiota de mi hermano, el niño mimado que nunca había trabajado un día en su vida, le debía ochocientos mil dólares a una de las familias más peligrosas de Nueva York.
—¿Cómo...?
—Dije sin interrupciones —soltó él con rudeza.
Me callé. Apreté las manos sobre las rodillas y clavé las uñas en la tela del pantalón negro que llevaba puesto, de esos baratos que se compran en cualquier tienda porque, a diferencia de Fabio, yo no tenía acceso ilimitado a las cuentas familiares.
—La deuda es impagable —continuó—. No tenemos esa cantidad líquida y, aunque la tuviéramos, no se la daría a esos bastardos. Los Ferraro son los perros falderos de los Valenti, así que fui directo a Stefano Valenti. Y llegamos a un acuerdo.
Sentí el frío metiéndoseme en el cuerpo. Los Valenti llevaban diez años en guerra con nosotros, juraban que habíamos matado a su hija, a su princesita, y su heredero, Massimo, era conocido en todo Nueva York como el hombre al que no mirabas a los ojos si querías seguir vivo.
—El acuerdo es simple. —Mi padre por fin me miró, y había algo en sus ojos que podría haber sido culpa si él fuera capaz de sentirla—. Te casarás con Massimo Valenti, la boda será en dos semanas. Te irás a vivir con ellos en tres días como garantía de que cumpliremos nuestra parte del acuerdo.
Me quedé inmóvil un segundo al oírlo.
Sabía que mi padre siempre había sido un maldito hijo de puta, pero jamás había pensado que iba a confirmarlo de ese modo...
Sin embargo, no lloré ni grité ni supliqué. Esas cosas no servían de nada en mi familia, lo había aprendido a los quince años después de rogarle a Dios que salvara a mi mamá y de que ella hubiera muerto de todas formas, con la mano fría entre las mías y el rosario enredado en sus dedos.
—¿Por qué yo? —le pregunté después de un momento, y mi voz sonó tan plana que por un segundo no la reconocí.
—Porque eres mi hija y porque Fabio es mi heredero —me explicó como si fuera lo más lógico del mundo—. No voy a perder a mi único hijo varón por una deuda de juego, ¿entiendes? Tú... tú puedes servir para esto.
Servir... Como un plato, como una bandeja, o como un maldito cenicero.
—¿Y si me niego? —me atreví a preguntar.
Mi padre se rio, pero no era una risa de verdad, sino ese sonido horrible que hacía cuando alguien decía algo particularmente estúpido.
—No te lo estoy preguntando, Ginevra. Te lo estoy informando —dijo y cerró la carpeta que tenía en las manos de un golpe seco—. En tres días estarás en la mansión Valenti y en dos semanas serás la esposa de Massimo. Lo que hagas con eso ya es problema tuyo.
Quise decirle tantas cosas. Que era un cobarde, que mamá se revolcaría en su tumba si supiera lo que estaba haciendo, que Fabio era un inmaduro y que no valía ni la mitad de lo que me estaba pidiendo sacrificar... Pero no dije nada, porque conocía a mi padre y sabía que sus decisiones eran imposibles de revertir.
—¿Puedo despedirme de Fabio? —le pregunté.
—Puedes despedirte, pero él no sabe nada del pago de la deuda ni del matrimonio. Para él te vas a un viaje largo de negocios, ¿entendido? No quiero que se sienta culpable, le dije que yo me encargaría.
Que no se sintiera culpable. Mi hermano, el que había apostado mi vida entera en una mesa de póker, no debía sentirse culpable. Claro que no, tenía todo el sentido del mundo.
—Entendido —le dije y me levanté, porque si me quedaba un segundo más iba a romper algo, probablemente la cara de mi padre—. ¿Algo más?
—Sí —respondió. Abrió un cajón del escritorio y sacó otra carpeta—. Aquí está todo lo que necesitas saber sobre los Valenti. Estúdialo. Massimo no es un hombre paciente y no tolera la estupidez.
Tomé la carpeta sin decir gracias, porque no había nada que agradecer. Caminé hacia la puerta con las piernas firmes, porque no pensaba desmoronarme frente a un bastardo como mi padre.
—Ginevra.
Me detuve con la mano en el picaporte.
—Esto es lo mejor para la familia —me dijo.
No me di la vuelta al escucharlo. Solo salí del despacho y cerré la puerta con cuidado, sin azotarla, porque eso hubiera sido darle la satisfacción de saber que me había roto.
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#69 Capítulo 69 69
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Última actualización: 7/15/2026
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