Capítulo 4 4

POV Ginevra:

La última noche antes de irme, Fabio vino a mi cuarto. Tocó la puerta con esos golpecitos tímidos que hacía desde niño, dos rápidos y uno lento, nuestro código secreto de siempre.

—Pasa —le dije, guardando la carpeta de los Valenti debajo de la almohada.

Entró con las manos en los bolsillos de sus jeans de diseñador, con el pelo castaño despeinado como siempre, y con esa sonrisa de niño bueno que usaba para conseguir todo lo que quería. Aunque ya de niño le quedaba bien poco, había cumplido veintiuno. No tenía ni idea de lo que había hecho. No tenía ni idea de que su estupidez me estaba costando la vida.

—Oye, me dijo papá que te vas mañana —me comentó—. ¿Un viaje de negocios? ¿A dónde exactamente?

—Sí —mentí, y me sorprendió lo fácil que me salió la mentira—. A Los Ángeles, cosas de contabilidad, ya sabes.

—¿Por cuánto tiempo? —me preguntó.

—No lo sé. Unos meses, o tal vez más.

—¿Meses? O sea que... ¿básicamente te estás mudando?

Respiré profundo antes de responderle.

—Algo así, pero no será permanente.

O sí, mi vida sí que iba a estar destruida permanentemente cuando pusiera un pie en esa maldita casa. Pero él no podía saberlo, ¿cierto?

Fabio se sentó en el borde de mi cama, justo donde yo había permanecido por horas sin poder dormir tres noches seguidas después de que mi padre me diera la noticia. Pero eso él no lo sabía, no sabía nada de cómo se pagaría la deuda, ni del matrimonio, ni de que yo estaba a punto de convertirme en la esposa de un hombre que probablemente me odiaba con todo su ser.

—Te voy a extrañar, Gine —me dijo con esa voz suave que usaba cuando era sincero.

Gine, así me llamaba cuando era pequeño porque no podía pronunciar Ginevra. Se me hizo un nudo en la garganta tan grande que pensé que me iba a ahogar.

—Yo también te voy a extrañar, tonto —le respondí.

—¿Me dejarás ir de visita a donde te estés quedando? —me pidió—. Los Ángeles tiene lugares increíbles para salir de noche, o eso dicen.

Quise gritarle. Quise preguntarle cómo diablos había perdido ochocientos mil dólares en apuestas, cómo podía ser tan irresponsable, tan egoísta, tan malditamente estúpido. Quise decirle que por su culpa me iban a casar con un monstruo, que por su culpa nunca más iba a ser libre, que por su culpa estaba perdiendo todo.

Pero en vez de eso me levanté y lo abracé fuerte, con la cara enterrada en su hombro para que no viera que estaba llorando.

—Te quiero, Fabio —le susurré—. Pase lo que pase, ¿okey? Te quiero.

—Oye, oye, ¿qué pasa? —me preguntó, apartándose un poco para mirarme. Estaba confundido, claro, porque para él esto era solo una despedida normal—. Es solo un viaje de negocios, Gine. Vas a volver en algún momento, ¿no?

—Sí —le dije, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano—. Claro que voy a volver.

No estaba segura de si era verdad.

Fabio se quedó un rato más, hablando de tonterías, de una chica que había conocido en un bar la semana anterior, de un auto nuevo que quería comprarse, de planes para el verano que probablemente nunca se cumplirían. Yo lo oía sin escuchar de verdad, asintiendo y fingiendo que todo estaba bien cuando por dentro me estaba desmoronando.

Cuando finalmente se fue, me quedé sentada en la cama mirando la puerta cerrada durante un largo rato.

Tres días antes, la noche en que mi padre me había dado la noticia, bajé a la bodega de mi madre. Era el único lugar de la casa donde podía estar sola y existir sin que nadie me viera, el único lugar que todavía olía a ella, a corcho y a roble y a los vinos que tanto amaba. Abrí una botella de Barolo del 96, la que mamá me había hecho prometer que no abriría hasta el día de mi boda, y me la bebí entera mientras le hablaba a la oscuridad.

Le conté todo. Que me iban a casar con un Valenti. Que mi padre me había vendido como si fuera ganado. Que Fabio había apostado mi vida en una mesa de póker y ni siquiera lo sabía... Lloré hasta que no me quedaron lágrimas, hasta que me dolía la garganta de tanto sollozar, hasta que el vino se me subió a la cabeza y todo se volvió borroso.

Pero eso había sido hacía tres días. Y me había prometido a mí misma que esa sería la última vez que lloraría por esto. Que no iba a darle a nadie la satisfacción de verme rota. Que iba a entrar a esa mansión con la cabeza en alto y la espalda recta, y que iba a sobrevivir, costara lo que costara.

«Los Montero no nos quebramos», eso me decía mi madre cuando era niña. Y aunque ella ya no estaba, aunque mi padre me había traicionado y mi hermano me había condenado sin saberlo, yo seguía siendo una Montero. Y no me iba a quebrar.

La mañana siguiente me vestí de negro, como si fuera a mi propio funeral. Me puse un pantalón de vestir, una blusa de seda y tacones bajos porque no sabía cuánto iba a tener que caminar. Me puse el collar de mamá debajo de la blusa, donde nadie podía verlo, el pequeño crucifijo de oro con la esmeralda que ella había heredado de su abuela irlandesa.

El auto que mi padre había enviado me estaba esperando en la entrada. Un Mercedes negro con vidrios polarizados, conducido por uno de sus hombres cuyo nombre nunca me había molestado en aprender. No me importaba. Ya nada me importaba.

Fabio bajó a despedirse en pijama, con los ojos todavía hinchados por el sueño. Me abrazó y me dijo que me cuidara, que no trabajara demasiado y que le mandara fotos de la playa. Asentí a todo sin escuchar realmente, grabándome su cara en la memoria porque no sabía cuándo volvería a verlo.

Mi padre no bajó. Por supuesto que no. El muy cobarde no tuvo ni las agallas de despedirse de la hija que estaba sacrificando por su precioso heredero.

Me subí al auto y cerré la puerta. El chofer arrancó y yo miré por la ventana mientras la mansión Montero se hacía cada vez más pequeña en el espejo retrovisor. Memoricé cada detalle: el roble del jardín donde Fabio y yo habíamos intentado construir una casa del árbol que nunca terminamos, la ventana de mi cuarto con las cortinas verdes que mamá había elegido, la reja de hierro forjado con el escudo de la familia.

El camino a Long Island tomó casi una hora con el tráfico. Una hora de mirar calles, edificios, puentes, gente normal haciendo cosas normales como ir al trabajo o pasear al perro o comprar café en Starbucks. Gente que no estaba a punto de ser entregada a su peor enemigo como si fuera un paquete.

Estudié la carpeta durante el viaje. Releí todo lo que ya me sabía de memoria: los nombres, las fechas, los territorios, las fotos. Massimo Valenti me miraba desde una foto recortada de un periódico de sociedad, con esos ojos azules que parecían capaces de congelar el infierno. «El heredero más temido de Nueva York», decía el pie de foto. «Se rumorea que mató a su primer hombre a los dieciséis años».

Genial. Mi futuro esposo era un asesino con cara de modelo. Exactamente lo que toda niña sueña.

Cuando el auto finalmente entró por las puertas de la propiedad Valenti, sentí que el estómago se me caía al piso.

La mansión era enorme. Ridículamente enorme. Más grande que la nuestra, más antigua y más imponente. Parecía sacada de una película sobre la mafia italiana, con sus columnas de piedra y sus jardines perfectos y esa sensación de riqueza vieja, de poder heredado de generación en generación.

El auto se detuvo frente a la entrada principal. El chofer bajó a abrirme la puerta, pero antes de que pudiera hacerlo, las puertas de la mansión se abrieron y salieron tres hombres.

El de la izquierda era mayor, tal vez de sesenta años, con el pelo canoso y la postura de alguien que está acostumbrado a que le obedezcan. Stefano Valenti, el Don, lo reconocí de las fotos.

El de la derecha era más joven, treinta y algo, con una sonrisa que parecía casi amable y ojos que me estudiaban con curiosidad. Debía ser Roman Ferraro, el consigliere, la mano derecha de Stefano.

Y en el centro...

En el centro estaba Massimo Valenti.

La foto no le hacía justicia. Era más alto de lo que había imaginado, más ancho de hombros, más... todo. Llevaba un traje gris oscuro sin corbata, con el cuello de la camisa desabrochado y las manos en los bolsillos. Y me estaba mirando con esos ojos azules como si yo fuera un insecto que había tenido la audacia de aterrizar en su zapato.

El chofer me abrió la puerta. Respiré hondo, una vez, dos veces, y salí del auto.

Mi padre me había enseñado muchas cosas inútiles a lo largo de mi vida, pero una de las pocas útiles era esta: cuando entras a territorio enemigo, nunca bajes la mirada. Nunca muestres miedo. Aunque te estés muriendo por dentro, aunque quieras vomitar o llorar o salir corriendo, miras al frente y caminas como si el mundo te perteneciera.

Así que eso hice. Caminé hacia ellos con la espalda recta y la barbilla en alto, y cuando llegué frente a Massimo Valenti, no bajé la mirada. Lo miré directamente a los ojos, esos ojos que parecían prometer destrucción, y no temblé.

Algo cruzó por su expresión. Sorpresa, tal vez. O rabia porque no le estaba dando lo que quería.

—Bienvenida a tu nuevo hogar, señorita Montero —me dijo Stefano con una cortesía fría que no le llegaba a los ojos—. Confío en que el viaje haya sido cómodo.

—Muy cómodo, gracias —le respondí con el mismo tono.

—Mi hijo Massimo te mostrará tu habitación —añadió.

Massimo, sin embargo, no dijo nada. Solo me miró un segundo más, con esa intensidad que se sentía casi como un golpe físico, y luego se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la mansión sin esperarme.

Supuse que debía seguirlo.

Y así, sin grandes recibimientos ni ceremonias, entré a mi nueva prisión.

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