Capítulo 5 5

POV Massimo:

La vi bajar del auto y supe inmediatamente que había cometido un error.

Llevaba días imaginando este momento: la hija de Alberto Montero llegando a mi puerta con los ojos hinchados de tanto llorar, temblando de miedo, suplicando clemencia. Una princesa mimada que se derrumbaría ante mí como un castillo de naipes, que me daría la satisfacción de verla rota antes siquiera de empezar...

Pero la mujer que salió de ese Mercedes negro no estaba llorando. No estaba temblando. Y definitivamente no estaba suplicando un carajo.

Caminó hacia nosotros con la espalda recta y la barbilla en alto, como si la mansión Valenti le perteneciera, como si ella fuera la dueña y nosotros los invitados. Llevaba el pelo rojo recogido en un moño que dejaba su cuello expuesto, un cuello largo y pálido que me hizo pensar en cosas que no tenía derecho a pensar. Vestía de negro de pies a cabeza, como si viniera a un funeral en vez de a conocer a su futuro esposo.

Y entonces me miró.

Me miró directamente a los ojos, sin bajar la vista, sin pestañear, sin mostrar ni un gramo del miedo que debería estar sintiendo. Sus ojos eran verdes, de un verde intenso que me recordó al vidrio de las botellas de vino que mi madre coleccionaba, y me miraban con algo que se parecía demasiado al desafío.

«¿Quién diablos te crees que eres? —pensé mientras ella se detenía frente a nosotros—. ¿Acaso no sabes quién soy yo? ¿No sabes lo que puedo hacerte?»

Mi padre le dio la bienvenida con esa cortesía fría que usaba para los negocios, y ella le respondió con el mismo tono, sin temblar, sin tartamudear, sin apartar esos malditos ojos verdes de los míos ni por un segundo.

La odié de inmediato.

No porque fuera una Montero ni porque su familia hubiera matado a Giulia. La odié porque no me estaba dando lo que quería. La odié porque me estaba mirando como si yo fuera el que debería tener miedo. La odié porque algo en mi pecho se retorció cuando la vi caminar hacia mí, algo que no tenía nada que ver con el odio y todo que ver con otras cosas que me negaba a sentir.

—Mi hijo Massimo te mostrará tu habitación —le dijo mi padre.

No respondí. No confiaba en mi voz en ese momento. Solo me di la vuelta y empecé a caminar hacia la mansión, esperando escuchar sus tacones detrás de mí.

Los escuché. Firmes, constantes y sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Como si esto fuera un paseo por el parque y no el inicio de su condena.

La guie por el pasillo principal sin decir una palabra, pasando junto a los retratos de mis ancestros, junto a las puertas cerradas que escondían los secretos de generaciones de Valenti. Podía sentirla detrás de mí, y podía oler su perfume, un olor a jazmín que me recordaba... no, no iba a pensar en eso.

—Tu habitación está aquí en el ala este —le dije finalmente, sin voltearme—. La mía está en el ala oeste. De momento.

—Entendido —me respondió ella, y su voz sonaba tan fría como la mía.

Me detuve frente a una puerta de roble y la abrí. La habitación era grande y lujosa, con una cama enorme y ventanas que daban al jardín. Mi madre la había decorado muchos años atrás para huéspedes importantes. Ahora iba a ser la celda de mi futura esposa.

—La cena formal es a las ocho —le informé mientras ella daba un par de pasos dentro—. Se espera que asistas.

Me di la vuelta para marcharme, pero sus palabras me detuvieron:

—¿Se espera? —me preguntó, y había algo en su tono que me hizo voltearme a mirarla.

Estaba parada en el umbral de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirándome con esos ojos verdes intensos.

—¿O me lo estás ordenando? —añadió.

Di un paso hacia ella. Luego otro. Vi cómo su cuerpo se tensaba de un modo casi imperceptible, pero no retrocedió. No bajó la mirada. Se quedó exactamente donde estaba, desafiándome con cada centímetro de su cuerpo.

—Voy a dejarte algo muy claro, Ginevra —le dije, y su nombre se sintió extraño en mi boca, demasiado íntimo, demasiado... algo—. Estás aquí porque tu padre te vendió para salvar a tu hermano. Estás aquí porque tu familia nos debe sangre. Y mientras estés bajo mi techo, harás lo que yo diga, cuando yo lo diga, como yo lo diga. ¿Entendido?

Esperaba que se encogiera. Que asintiera sumisamente. Que finalmente mostrara el miedo que debería estar sintiendo desde el momento en que puso un pie en mi propiedad.

Pero en vez de eso, ella ladeó la cabeza y me miró como si yo fuera un niño haciendo un berrinche.

—Entendido —me dijo con una calma que me enfureció—. La cena formal es a las ocho. Ahí estaré.

Y entonces hizo algo que nadie, absolutamente nadie, me había hecho en toda mi vida.

Me cerró la puerta en la cara.

Me quedé mirando la madera de roble durante varios segundos, con el puño apretado y la mandíbula tan tensa que me dolían los dientes. Quería derribar esa puerta. Quería entrar y hacerle entender exactamente quién mandaba aquí. Quería...

Quería muchas cosas que no tenía derecho a querer.

Me di la vuelta y caminé hacia mi estudio, furioso, confundido, y con el recuerdo de esos ojos verdes grabado en la mente como una marca de hierro.

Maldita Ginevra Montero. Sí que ibas a arrepentirte de todo eso.

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