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La curvy obsesión del Alfa

La curvy obsesión del Alfa

Sergio Rocha · En curso · 55.8k Palabras

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Introducción

Cansada de ser humillada por su peso por quien debía de ser su Alfa destinado y su propia hermana gemela, Charlotte Dupont ha decidido tomar las riendas de su destino, y luego de rechazar a Sebastián Black el día de su ceremonia de vínculo, Charlotte ha captado la atención del poderoso Alfa Raphael Tudor, quien, cautivado de su fuerza y belleza, desea tomarla como su compañera destinada. Sin embargo, harta de ser tratada como moneda de cambio y de recibir humillaciones por su cuerpo, decide negarse al amor por completo, Charlotte no quiere ser la luna del Alfa Raphael, a quien no ama. Raphael, sin embargo, encuentra a Charlotte tan hermosa como la luna de sus sueños, y está decidido a conquistar el corazón de la luna curvy a la que ha elegido.
Un año, Raphael le ha propuesto a Charlotte conocerse y vivir juntos durante un año sin ser marcada como su luna por él, prometiendo a la hermosa loba curvy liberarla sin marca de rechazo alguna si ella se niega a pertenecerle. ¿Podrá Raphael conquistar el corazón de la loba curvy? ¿O los celos de Juliette y Sebastián vencerán?

Capítulo 1

Narra Charlotte:

La mansión Dupont siempre me ha parecido un mausoleo de mármol y secretos…secretos de los que irremediablemente no puedo escapar, pues mi destino ya está pactado. Sin embargo, me siento tan asfixiada como nunca antes, y mi deseo de salir corriendo es mucho mayor al deber impuesto con el que me han criado.

Esa noche, el aire pesaba tanto que mis pulmones se negaban a expandirse. Mañana, frente al altar, me convertiré en la esposa de Sebastián Black. El hombre que me mira y solo ve el reflejo defectuoso de mi hermana gemela por tener unos kilos de más. El hombre que me desprecia con la misma intensidad con la que desea a la mujer que comparte mi rostro, pero no mi cuerpo ni mi espíritu.

—No soy ella, Sebastián. — susurré hacia la oscuridad de mi alcoba, aunque él no estuviera allí para oírme. — Y nunca lo seré. —

Con el corazón martilleando contra mis costillas, me envolví en mi capa de viaje más oscura; escapar por la puerta de servicio fue ridículamente fácil; los guardias estaban demasiado ocupados preparando los festejos de una unión que para mí no era más que un funeral de gala. Corrí por el bosque, sintiendo cómo las ramas arañaban mi piel, hasta que el resplandor de las luces de la aldea humana apareció ante mí. Necesitaba ruido...necesitaba escapar de mi misma, de ese deber que no quería cumplir, de todo lo que me estaba lentamente matando por dentro…y al menos por esa noche, no quería ser la gorda que todos trataban con desprecio, o la hija obediente de la familia Dupont…quise ser libre, al menos por una vez.

Entré en el bar "La Espuela de Plata" buscando el anonimato que solo el alcohol y el humo pueden ofrecer. Pedí el licor más fuerte que tenían, ignorando las miradas lascivas de los hombres que allí se congregaban. Una copa. Dos. Para la quinta, el nudo en mi garganta comenzó a aflojarse, y las ganas de llorar desaparecieron siendo reemplazadas por un calor líquido que me hacía sentir invencible…que me hacia sentir hermosa.

Fue entonces cuando lo sentí.

Era una presión en la nuca, una vibración en el aire que me erizó el vello de los brazos. Al fondo del local, en una mesa bañada por las sombras, un hombre me observaba. No era un humano común; su presencia era tan vasta que parecía ocupar todo el espacio del lugar. Tenía unos ojos de cielo nocturno, azul profundo, como zafiros, hipnóticos y peligrosos, que recorrían mi cuerpo con la autoridad de un dueño reclamando lo que es suyo.

—¿Te gusta lo que ves? —solté, acercándome a él con un paso que el alcohol había vuelto sinuoso.

Aquel hombre, un lobo como yo, me dio una mirada cargada de ¿Deseo?, sonreí ante aquel pensamiento, pues lo normal era que todos me mirasen con asco por ser gorda.

Sin embargo, ante aquella mirada no sentí miedo; al contrario, el rechazo de Sebastián y su preferencia sobre mi hermana gemela, Juliette, me había dejado un vacío tan amargo que, por una vez, estaba dispuesta a llenarlo con fuego.

Aquel hombre se puso de pie, y su estatura me obligó a inclinar la cabeza hacia atrás. Su aroma me golpeó como una ola: madera, lluvia y algo salvaje que hizo que mi interior se estremeciera de una forma que Sebastián jamás había logrado. Era hermoso, y portaba el aroma de un Alfa conocido…el aroma del Alfa Raphael Tudor…, aunque en ese momento yo solo veía a mi salvador o a mi perdición.

—Veo a una mujer que busca una razón para no volver a casa. —dijo él, y su voz fue un gruñido bajo que me vibró en los huesos.

Sin decir nada más, me tomó de la cintura y me arrastró hacia la pequeña pista. Su mano era enorme y caliente contra mi espalda descubierta, pues había decidido usar un vestido pequeño que dejaba ver mucho de mí misma. Bailamos de forma lenta, casi obscena. Mis curvas se amoldaban a la dureza de su cuerpo mientras yo enterraba mi rostro en su cuello, inhalando su virilidad y sensualidad. En ese momento, sentí como sus manos bajaron, apretando mis caderas con una posesión que me hizo soltar un jadeo entrecortado.

—Sácame de aquí. —le rogué al oído, mordisqueando el lóbulo de su oreja. — Llévame afuera antes de que recupere el juicio. — le supliqué sintiendo como mi propia feminidad comenzaba a humedecerse en un ardor y deseo que jamás antes había conocido.

Salimos al callejón lateral, donde el frío de la noche chocó contra mi piel ardiente, y Raphael me empujó contra el muro de piedra y me besó sin que yo lo esperara o pudiera prevenirlo. Fue casi como un asalto; una explosión de necesidad. Sus labios que me sabían a tormenta y su lengua ardiente, reclamaban los míos con una ferocidad que me dejó sin aliento y me hizo palpitar mi intimidad virgen. Mis manos se perdieron bajo su chaqueta, buscando el contacto con su piel, mientras él alzaba mi vestido, acariciando mis muslos con una urgencia que me hizo suplicar.

Esa era la primera vez en toda mi vida, que alguien me tocaba con tal deseo…con semejante hambre, y durante ese instante en que sentía recorrer las enormes manos de aqueo caliente Alfa sobre mi cuerpo casi expuesto ante él, me sentí hermosa…me sentí…deseada. Ante aquel lobo no era una gorda asquerosa, si no una deliciosa presa que se entregaba voluntariamente a su toque.

—Sálvame. —gemí contra sus labios ya sintiéndome demasiado mareada por el alcohol, y aquel rostro frente a mí se volvía cada vez más borroso. — Sálvame de ese maldito que me desprecia. — volví a decir con las lágrimas de frustración por fin brotando. — Mañana me casan con Sebastián Black...él no me ama, me odia. ¡Sácame de ese destino! — supliqué.

Raphael se separó apenas unos milímetros, y vi sus ojos brillando con una luz sobrenatural en la oscuridad del callejón.

—Te lo juro por mi honor y por mi sangre. — el sentenció con su voz cargada de una promesa ancestral. — No permitiré que ese hombre te ponga una mano encima, pues desde este momento, eres mía, Charlotte. Te rescataré y te haré mía. Nadie toca lo que me pertenece. —

Me besó de nuevo, una promesa sellada en carne y deseo, llevándome al borde del éxtasis antes de detenerse. En ese momento me sentía protegida, escuchada…deseada, y era lo más parecido a la felicidad que había sentido en años.

Sin embargo, aquel hermoso rostro varonil de cabellos rubios y ojos azules…poco a poco se fue desvaneciendo ante el alcohol en mis venas, y no supe nada mas de mí.

El dolor de cabeza me despertó antes que la luz. Un martilleo incesante detrás de mis ojos me recordó que la realidad siempre vuelve para cobrar sus deudas.

—¡Al fin! —la voz de Martha, mi doncella, me hizo encogerme bajo las sábanas. — Mírate, Charlotte. Llegaste anoche como una desequilibrada, oliendo a alcohol y con el cabello enredado en ramas. ¡Hoy es el día de tu boda con el Alfa Black! — me gritó como si de verdad yo deseara que me recordaran que aquel, era el día de mi funeral.

Me senté en la cama, sintiendo que el mundo daba vueltas. Mi memoria era un desierto. Recordaba haber escapado, recordaba el bar... pero después de la quinta copa, todo era una neblina de sensaciones borrosas.

—¿Quién me trajo? —pregunté, frotándome las sienes.

—Llegaste sola, tropezando con tus propios pies. — bufó Martha, poniéndome una taza de un brebaje amargo frente a la nariz. — Bebe esto. Si tu padre o el señor Black te ven así, pensarán que te has vuelto loca antes de dar el "sí". —

Bebí el líquido, intentando desesperadamente reconstruir la noche anterior. Un eco de calor cruzó mi piel. La sensación de unas manos grandes, una voz ronca jurándome protección...pero nada tenía sentido. ¿Había sido un sueño? ¿Una alucinación etílica nacida de mi soledad?

—Date prisa. —insistió Martha, señalando el rincón de la alcoba.

Mis ojos se posaron en él y el corazón se me hundió en el estómago. El vestido de novia negro, lo único que me dejaron escoger para aquel terrible día, colgaba del maniquí como una sombra espectral lista para devorarme. Encaje negro, seda negra...el atuendo perfecto para una mujer que va a ser entregada a un hombre que ama a otra.

Me puse de pie, tambaleándome un poco, y toqué la tela fría del vestido. En mi mente, muy vagamente, sentí la presión de unos labios feroces contra los míos. Un extraño. Un hombre de ojos de cielo nocturno que me prometió rescatarme.

—Solo fue un sueño, Charlotte. — me susurré a mí misma, mientras las lágrimas comenzaban a resbalar por mis mejillas. — Nadie va a venir a salvarte de Sebastián. —

Miré el vestido negro y sentí que estaba viendo mi propio ataúd. El día de mi boda había llegado, y el extraño de mi borrachera no era más que un fantasma que se desvanecía con la luz del sol. O eso era lo que yo quería creer.

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