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Tentación Compartida

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w.j.ralde · En curso · 64.8k Palabras

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Introducción

Lucía Ferreyra nunca entra a un lugar sin cambiar las reglas, y cuando cruza la puerta de una reunión aburrida, lo último que espera es encontrar a dos hombres que no solo captan su atención, sino que la desafían a quedarse. Tomás, directo y magnético, y Mateo, preciso e intenso, funcionan como un equilibrio perfecto que despierta en ella algo más que curiosidad.
Lo que empieza como un juego de miradas y control se transforma en una conexión donde nadie cede del todo, pero todos avanzan. Entre tensión, deseo y decisiones que no siguen lo convencional, los tres construyen un vínculo donde el poder se comparte, la atracción crece y cada encuentro empuja los límites un poco más.
Porque Lucía no se deja conquistar… ella elige, y esta vez, elige a dos.

Capítulo 1

Entro tarde, como siempre, y las miradas empiezan a seguirme apenas cruzo la puerta del auditorio principal de Ferreyra Group, porque en esta empresa todo el mundo observa todo el tiempo y cualquier movimiento fuera de lugar termina convirtiéndose en conversación de pasillo antes de que termine el día.

Camino entre mesas llenas de laptops abiertas, vasos de café frío y gente demasiado correcta para resultar interesante, mientras varias personas levantan la vista al verme pasar, algunas por curiosidad, otras por respeto y unas cuantas porque todavía no entienden qué lugar voy a ocupar realmente dentro de la empresa de mi padre.

Soy Lucía Ferreyra, la hija del CEO.

Desde hace meses también soy el centro de una pregunta que nadie se anima a hacer en voz alta: quién va a quedarse con Ferreyra Group cuando Santiago Ferreyra decida soltar el control.

Hoy llevo un tapado negro largo, un vestido gris ajustado y botas altas. Mi pelo cae suelto sobre los hombros y siento varias miradas recorrerme de arriba abajo antes de apartarse rápido, como si mirarme demasiado pudiera convertirse en un error político.

Mi padre construyó un imperio haciendo que todos le tengan un poco de miedo.

Me siento en una silla cerca del fondo, cruzo las piernas con calma y apoyo los codos sobre la mesa, inclinándome hacia adelante, y ahí los veo, a los dos.

Juntos, claro.

Porque incluso sin saber quiénes son, se nota que funcionan como un sistema, como esos dúos que no necesitan hablar para entenderse, que ocupan espacio sin pedir permiso y que parecen relajados hasta que alguien se acerca demasiado y entonces algo cambia en el aire.

El de la izquierda es alto, ancho de hombros, con camisa blanca arremangada que deja ver antebrazos marcados y una sonrisa tranquila que parece diseñada para desarmar gente sin esfuerzo. Tiene el pelo castaño claro, apenas desordenado, y esa seguridad natural de los hombres que saben perfectamente el efecto que generan cuando entran a un lugar.

El otro es distinto, más silencioso, elegante.

Lleva traje oscuro y el pelo algo más largo, cayéndole apenas sobre la frente, y aunque aparenta estar escuchando la presentación del frente, noto enseguida que no le presta verdadera atención a nada de eso, porque me está mirando, directo, sin disimulo.

El primero lo nota un segundo después, gira la cabeza hacia mí como si hubiera seguido una señal invisible y su sonrisa cambia apenas cuando nuestras miradas se cruzan.

Levanto una ceja y él sonríe un poco más, como si acabara de confirmar algo que le gusta.

Me inclino sobre la mesa, dejo que mi pelo caiga hacia un lado despejándome el cuello y empiezo a girar una lapicera entre los dedos con movimientos distraídos, aunque sé perfectamente que los dos están mirando.

Claro que reaccionan.

El moreno apoya el codo sobre la mesa y acerca el cuerpo, lo suficiente para marcar interés sin romper la distancia, mientras el otro se reclina hacia atrás con tranquilidad, ocupando más espacio, como si quisiera mostrarme que tiene tiempo y paciencia para este juego.

—Llegaste tarde —dice una voz a mi lado.

Giro la cabeza y encuentro a Sofía acomodándose en la silla junto a mí con esa sonrisa divertida que siempre aparece justo antes de meterse en problemas ajenos.

—Llegué cuando tenía ganas —le respondo sin bajar la voz.

Ella sigue mi mirada hasta ellos y su expresión cambia enseguida.

—Ya entendí por qué elegiste sentarte aquí.

—Entonces explícame tu también quiénes son.

Sofía se inclina apenas hacia mí, encantada de tener información útil.

—El de blanco es Tomás Rivas, ventas corporativas. Tu padre prácticamente lo idolatra porque convierte cualquier reunión en contratos millonarios.

Muevo la mirada hacia el otro.

—¿Y él?

La sonrisa de Sofía se vuelve cauta.

—Mateo Ledesma. Estrategia. Es el tipo que aparece en todas las reuniones importantes aunque nadie entienda bien cómo terminó teniendo tanto acceso.

Eso me interesa enseguida.

—¿Mi padre confía en él?

Ella tarda apenas un segundo antes de responder.

—Demasiado.

Hay algo en la forma en que lo dice que me deja pensando, pero antes de que pueda seguir preguntando, Sofía vuelve a inclinarse hacia mí.

—Igual últimamente todos están paranoicos acá adentro.

—¿Por qué?

Ella baja todavía más la voz.

—Hay rumores de que alguien está filtrando información de la empresa.

Mi atención vuelve automáticamente hacia ellos.

Tomás sigue relajado, sonriendo mientras escucha algo que le dice una mujer del otro lado de la mesa, pero Mateo permanece quieto, observando el frente con una concentración demasiado exacta.

Interesante, muy interesante.

—¿Y creen que es alguien del directorio? —pregunto.

Sofía se encoge de hombros.

—Nadie sabe nada, pero tu padre está obsesionado con eso desde hace semanas.

Eso explica varias cosas: Las reuniones privadas, las discusiones que escuché hace unos días desde el despacho de mi padre, y la llamada de anoche donde mencionó mi incorporación a la empresa como si estuviera armando una estrategia de guerra.

Antes de que pueda seguir pensando en eso, Tomás se levanta.

No viene directo hacia mí enseguida, y justamente por eso me gusta más.

Primero saluda a dos personas, hace un comentario que provoca risas y recién después empieza a caminar hacia mi mesa con esa tranquilidad de gente que sabe cómo llamar la atención sin parecer desesperada por tenerla.

Mateo tarda un poco más en levantarse, y cuando lo hace, noto algo distinto en él.

Mientras Tomás avanza relajado, Mateo parece medir cada movimiento antes de darlo, como si estuviera acostumbrado a pensar demasiado incluso en situaciones simples.

Los dos terminan llegando al mismo tiempo.

Tomás se apoya contra mi mesa con naturalidad, invadiendo apenas mi espacio.

Mateo queda del otro lado, lo suficientemente cerca como para que pueda sentir el olor de su perfume, y de repente tengo a los dos alrededor. Distintos, pero sincronizados.

—Lucía Ferreyra —dice Tomás con una sonrisa tranquila—. Pensé que ibas a sentarte adelante.

—Me gusta mirar desde lejos primero —le respondo sin apartar la mirada—. Me da mejor perspectiva.

Él asiente lentamente, como si esa respuesta encajara demasiado bien conmigo.

—Tomás —dice, aunque claramente sabe que ya sé quién es.

—Lo sé.

Mateo me observa unos segundos antes de hablar.

—Mateo.

Su voz es más baja que la de Tomás.

Más tranquila, y por alguna razón eso me llama todavía más la atención.

—También lo sé —respondo.

Se miran entre ellos y ahí entiendo algo enseguida: esto ya lo hicieron antes. Muchas veces, y les sale demasiado bien.

—¿Siempre trabajan así juntos? —pregunto, apoyando el mentón sobre la mano.

Tomás sonríe, y Mateo inclina la cabeza antes de responder.

—Siempre hacemos las cosas mejor cuando trabajamos juntos.

La frase suena simple, pero hay algo raro debajo, algo demasiado medido.

Sofía contiene una sonrisa incómoda y se levanta enseguida con una excusa absurda sobre una llamada pendiente, dejándonos solos porque entiende cuándo una escena necesita espacio para crecer.

—¿Y qué hacen cuando encuentran algo que les interesa?

Tomás se inclina más cerca de mí y su mano roza la mesa junto a la mía, sin tocarme todavía.

—Nos gusta explorar primero.

Mateo baja la mirada hacia mis labios apenas un segundo antes de volver a mis ojos.

—Sin apurarnos.

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**************Ava es secuestrada y se ve obligada a darse cuenta de que su tío la ha vendido a la familia Velky para saldar sus deudas de juego. Zane es el jefe del cártel de la familia Velky. Es duro, brutal, peligroso y mortal. En su vida no hay espacio para el amor o las relaciones, pero tiene necesidades como cualquier hombre de sangre caliente.

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