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Danna, tengamos un hijo

Danna, tengamos un hijo

Alexandra Figueroa · En curso · 30.1k Palabras

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Introducción

"Danna, tengamos un hijo"

solo esa frase bastó para que la vida de Danna cambiará de manera inesperada.

Cansada de su antigua vida, Danna decide dejar todo atrás y empezar de nuevo, jamás pensó que su vida pasaría de ser explotación laboral a confesiones amorosas por parte de Dante Maxwell, su jefe.

Capítulo 1

—¿Diga? –murmuro con la voz adormilada, apenas consiente de estar hablando.

El cuarto está en penumbra. La luz de la luna aún entra por la ventana, mostrando sombras largas por la pared.

Mi cuerpo sigue envuelto en la sábana.

—Señorita Berry.

Parpadeo confundida.

—Mhm, ¿Quién habla? –pregunto aún con los ojos cerrados.

Hay un breve silencio del otro lado de la línea, uno que se siente extraño.

—Soy...Dante.

Frunzo el ceño sin dejar de abrazar mi almohada.

—¿Qué Dante?

—El señor Maxwell.

El sueño se me cae de golpe.

Me incorporo tan rápido que termino enredandome en la sábana. El corazón empieza a latirme con fuerza mientras busco mi teléfono en la oscuridad.

—¡Señor Maxwell! Lo siento, creo que me quedé dormida y...

Alzo la vista hacia la ventana, miro la hora 2:37 am

—Señorita Berry, ¿sigue ahí? –su voz suena distinta, más baja, desordenada.

Algo no está bien.

—Señor, ¿se equivocó de número?

—No. –responde y su respiración se cuela por la llamada logrando ponerme los pelos de punta–. Necesito que me hagas un favor.

Me levanto de la cama, ya más despierta. Siento el frío del suelo subir por mis pies.

—¿Un favor? –cuestiono y me aparece tan extraño porque él jamás pide favores a nadie.

—Estoy en un bar y, –se ríe por lo bajo–, algo pasó entre mi frente y una botella.

Me quedo quieta sintiendo miedo repentinamente.

—¿Está herido?

—Un poquito. –responde riéndose como si hubiese cometido una travesura.

Cierro los ojos y suspiro, ¿Por qué justo a mí?

—Envíeme la ubicación, voy por usted.

—Si porfis. –murmura y la llamada se corta.

Me quedo mirando la pantalla por unos segundos, como si eso fuera a darme una explicación de lo que acaba de suceder.

El teléfono vibra, abro el mensaje y hago una mueca.

—Esto definitivamente amerita un aumento. –murmuro mientras me pongo la bata a toda prisa.


Voy atenta al camino mientras por mi mente pasan un montón de preguntas, ¿Por qué de pronto me pide un favor a mi? Nunca lo hace, además está ebrio, eso sí no lo esperaba.

Siempre con esa postura intachable, reservada y sería, ahora quien sabe que está haciendo en ese lugar.

Estaciono el coche y bajo, entro al bar y el golpe de musica termina por despertarme. Demasiado ruido, demasiada gente, él no tolera esos lugares.

Me quedo quieta en la entrada, buscándolo pero sin éxito.

Varias miradas se clavan en mi, recorriendome de arriba abajo sin disimulo, bajo la vista incómoda.

—Concéntrate Danna. –murmuro para mí misma.

Avanzo entre la gente, esquivando cuerpos, risas y vasos dereamados. El olor a alcohol es tan fuerte que marea.

Mis ojos recorren el sitio, entonces lo veo, no está donde esperaba, no está en una mesa, no está solo.

Está sobre una tarima improvisada con una botella en la mano, rodeado de gente que ríe y lo anima como si estuviese dando un espectáculo.

Mi jefe, el impecable, el intocable, el hombre que jamás pierde el control, está completamente deshecho.

Mis ojos tardan más de lo necesario viendolo, no parece solo ebrio sino más bien libre.

—Genial.

Me acerco hasta donde esta.

—Señor Maxwell. –intento llamarlo.

No me escucha.

Alguien choca conmigo y casi pierdo el equilibrio, cuando lo vuelvo a mirar, él está riendo e inclinándose hacia alguien más.

Demasiado cerca, demasiado distinto.

Frunzo el ceño, ¿Por qué carajos eso me molesta?

—¡Dante Maxwell! –esta vez lo digo más fuerte, su cabeza gira, tarda en enfocarme un segundo, achica los ojos, luego sonríe.

Pero no es su sonrisa habitual, es más lenta, más...peligrosa.

—Danna. –dice mi nombre como si lo estuviese saboreando–, viniste.

Camina hacia mí, con pasos torpes pero seguros al mismo tiempo. La gente se aparta sin que él tenga que pedirlo.

Y entonces lo noto, la sangre.

—¡Está herido! –señalo mientras me acerco hasta él–, tenemos que ir a...

—No es mía. –responde como si nada.

—¿Qué?

—Eso creo.

Lo miro incrédula.

—Esto no es gracioso.

—No estoy bromeando.

Está vez su voz baja, algo en su mirada cambia, es más clara, más fija...demasiado.

—Te llamé a ti.

Mi estómago da un vuelco.

—Por que soy su asistente. –respondo rápido.

—No. –niega suavemente–, por eso no.

El ruido del bar desaparece por un segundo, o tal vez soy yo la que deja de escucharlo. Trago saliva.

—Nos vamos. –lo tomo del brazo antes de que pueda decir otra cosa.

Está vez no se resiste pero tampoco deja de mirarme y eso... Eso es peor

—¿Sabes que es lo peor, Danna?

—¿Qué?

—Que incluso borracho, sé exactamente quien eres.

No digo nada, solo sigo caminando pero por alguna extraña razón, mi corazón salta en mi garganta.

—Camine. –murmuro ajustando su brazo sobre mis hombros.

—Estoy caminando. –responde aunque claramente no lo está haciendo solo.

Llegamos al coche como podemos, busco las llaves dentro de mi bata, torpe, nerviosa, consciente no solo de su peso sino de su cercanía.

Y entonces su cuerpo se inclina, demasiado. Mi espalda choca contra la puerta del coche, el aire se me atora.

—Señor Maxwell.

No responde.

Su rostro queda peligrosamente cerca del mío. Puedo sentir su respiración, cálida e irregular. Huele a alcohol, pero también a ese perfume que siempre usa.

Ese que no había notando tanto.

—¿Qué perfume usa, señorita Berry? –murmura apenas.

Trago saliva.

—¿Podría...dejar de aplastarme y subir al coche?

Pero no sé mueve, inclina un poco más la cabeza como si analizara algo.

—No es perfume, –dice más para si mismo–, es tu cabello. O tal vez eres tú.

—Señor, está ebrio. No sabe lo que dice.

Sus labios se curvan apenas.

—Eso es lo peligroso, por qué sí lo sé.

Mi respiración se corta. Hay silencio y el mundo se reduce a ese espacio mínimo entre los dos.

Sus ojos van a mis labios, luego vuelven a mis ojos, demasiado lento.

Por un segundo pienso que va a besarme, y odio que una parte de mi no se aleje de él.

—¿Siempre me hablas así?

—¿Así como?

—Como si te importará quien soy.

Parpadeo confundida.

—Usted es mi jefe.

—Exacto, y aún así no te importa.

No sé si delira o por primera vez está diciendo algo real.

—Danna...

Mi nombre suena distinto en su voz, más bajo, más personal.

—Suba al coche. –repito separando ligeramente el rostro.

Está vez si obedece, se aparta lo suficiente para abrir la puerta pero antes de entrar se detiene.

—Deberias tener cuidado conmigo. –dice sin mirarme.

—¿Por qué?

Se gira apenas lo suficiente para que vea su perfil.

—Porque no siempre voy a detenerme. –señala y sube.

Me quedo quieta, aún con el corazón acelerado. Sin saber si eso fue una advertencia o una promesa.

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