
DESEO EN XL, LUCHANDO POR SER FELIZ
Nelpin Autora · Completado · 100.9k Palabras
Introducción
“No me importa lo que opinen de mí, siempre y cuando el amor de mis padres sea incondicional. No entiendo por qué, si me consideran curvilínea y poco atractiva, me tienen envidia. Fui una estudiante destacada, me gradué con honores, cocino bien y me dedico a las tareas del hogar. Salir a pasear no es parte de mi rutina; prefiero que nadie me vea y rara vez salgo de casa. Aunque la tragedia siempre ha estado presente en mi vida, no comprendo qué he hecho para enfrentar tantos momentos amargos. Hasta que, por cosas del destino, conocí a un hombre que me hizo sentir hermosa, amada y deseada. Fue una ilusión efímera que terminó rompiéndome en mil pedazos. ¿Acaso la felicidad no está destinada para mí?”
Capítulo 1
SARA
—Toma un poco más, mi niña —escucho a mi madre murmurar con una sonrisa cálida mientras me desliza otro plato rebosante de natilla, su aroma dulce llenando el aire—. Un poquito de azúcar no le hace daño a nadie —añade, guiñándome un ojo y recordándome aquellos días de infancia en los que la cocina se llenaba de risas y aromas reconfortantes.
El dulce empalagoso me reconforta el alma, pero el eco de los pediatras sigue flotando en la casa, advirtiendo sobre las consecuencias de mi sobrepeso. A mis padres les sangra el corazón negarme algo; prefieren complacerme antes que verme llorar. Crezco envuelta en esa burbuja de amor ciego donde me convencen de que soy hermosa y perfecta, la pieza que completó su felicidad tras quince años de un matrimonio marcado por la esterilidad de mi madre.
Sin embargo, fuera de mi hogar, el mundo es cruel.
—¡Ahí viene la bastarda! —chilla la voz destemplada de mi prima Eliana al verme cruzar el patio de la herrería—. ¡Mírenla, gorda y fea!
Agacho la cabeza. Las risas de mis tías resuenan como latigazos. No entienden por qué me odian tanto, pero cada insulto va minando la poca confianza que me queda. No siempre están mis padres cerca para protegerme de su veneno.
—Amor, no creo que sea buena idea que te llenes de deudas —escucho a mi madre decirle a mi padre en la cocina, su voz cargada de preocupación y un toque de desesperación, mientras yo, desde detrás de la puerta, contengo la respiración para no ser descubierto.
—Sabes que la herrería es una herencia que comparto con mis hermanas —responde él con pesadez, como si cada palabra le pesara en el alma—. Ellas no mueven un dedo, pero están primeras en la fila para cobrar. Sus ojos, aunque no los veo, probablemente reflejan una mezcla de frustración y resignación, conscientes del peso que lleva sobre sus hombros.
—Pero ahí están, exprimiéndote.
—No te calientes la cabeza. Tú solo cuida de la niña y de ti.
—Oliver… la niña ya casi cumple seis años. Es mejor decirle la verdad. Que la adoptamos.
Mi corazón da un vuelco violento. ¿Adoptada?
—No es necesario —zanja mi padre de golpe—. Ella es nuestra hija y punto. Mis hermanas dependen de mí; no se atreverán a arruinar su lealtad revelando nada.
Mi padre consigue el dinero con un prestamista misterioso, firmando un contrato a ciegas con tal de blindar mi futuro. Remodela el taller, trabaja hasta el cansancio y busca dejarme un patrimonio que me proteja de su familia cuando él ya no esté.
Los años pasan y mi cuerpo no cambia. A los diez años, la tragedia nos golpea de lleno: mi madre cae en cama, consumida por una enfermedad terminal. Despedimos a la cocinera y me entrego en cuerpo y alma a cuidarla.
—Hija, ven, siéntate —me pide una tarde con la voz débil.
—Ya te traigo tu sopa, mamá. Yo puedo con todo, no te preocupes.
—No quiero que descuides tus estudios por mi culpa.
—Voy sobresaliente, te lo prometo. Seré la mejor.
Ella me toma la mano con debilidad. Su piel está helada.
—Eres tan linda… Pero hay algo que debo decirte antes de que sea tarde. Sabes cuánto te amamos, ¿verdad? Nunca lo dudes.
—Lo sé, mamá. ¿Qué pasa?
—Antes de que nacieras, yo no podía tener hijos —suspira, sofocando una tos áspera que le rasga la garganta—. Una joven que trabajaba para nosotros quedó embarazada, sola y desamparada. Tu padre y yo la apoyamos. Dio a luz una tarde lluviosa… pero no sobrevivió.
Siento que el aire se me escapa del pecho.
—Madre… ¿Qué intentas decirme?
—Esa joven murió, pero la bebé sobrevivió. Cuando me la entregaron en brazos, me enamoré al instante. Experimenté la verdadera felicidad de ser madre.
—¿Esa niña… soy yo?
—Sí, mi amor. Te adoptamos y fuiste nuestra mayor alegría. Que eso jamás te haga sentir menos.
Las piezas encajan con dolor.
—Ahora entiendo por qué mis tías y primas me llaman bastarda…
—Son unas insensatas. No saben la joya que eres. Cuida a tu padre, ¿sí? Él te ama a su manera, aunque no sepa expresarlo.
Esa noche me acuesto a su lado, pegando mi cabeza a su pecho. Siento sus dedos acariciándome el cabello con dulzura, un vaivén suave que me va meciendo… hasta que la caricia se detiene de golpe. El silencio en la habitación se vuelve ensordecedor.
—¿Mamá? —susurro, moviéndola suavemente—. Mamá, despierta… Voy a prepararte el desayuno. Abre los ojos, por favor.
Pego mi oído a su pecho. Nada. Sin latidos. Sin aire. Un nudo aplastante me cierra la garganta y rompo a llorar en silencio, ahogándome en mi propia agonía. Mi padre entra corriendo, alertado por mis sollozos convulsivos.
—Papá… mi madre no responde —logro articular, arrojándome a sus brazos.
Él se queda rígido. No hay lágrimas en sus ojos, solo una mirada perdida, devastada.
—Ha partido de este mundo, cariño —murmura, besando mi cabeza—. Dios la ha acogido.
—¡No! ¡No me puede dejar! ¡Haz algo, papá!
El velorio es un martirio. Me mantengo pegada al féretro, aislándome de los murmullos de los parientes que me señalan como a una arrimada. El dolor por la muerte de mi madre es tan vasto que sus venenos apenas me rozan… hasta que mi prima Eliana se me planta enfrente.
—Hola, gorda horrible.
—No molestes ahora —respondo sin mirarla—. No quiero escuchar tus estupideces.
—A ver cuándo te largas de la familia. Ni te queda hacerte la mártir, si ni siquiera era tu madre biológica.
—¿De qué hablas, Eliana?
—Ya sabemos que eres adoptada —se burla con desprecio—. Eres una vergüenza para todos. Solo mírate, fea y marrana.
Trago saliva, sosteniéndole la mirada con los ojos ardiendo en lágrimas.
—Respeta. Estamos enterrando a mi madre. Tus palabras no me ofenden; yo sé perfectamente quién soy.
—Esa mujer nunca fue tu madre —escupe con rabia.
—Deja a esa piojosa, Eliana —interviene Tory, su hermana, jalándola del brazo—. No se te vaya a pegar lo mugrosa.
—Tienes razón. No vaya a ser que se me peguen los kilos de más.
Se alejan riendo como hienas hacia donde sus padres discuten con el mío por la herencia, con la tierra de la tumba aún fresca. Me quedo sola frente a la tumba, arrodillada en el barro, llorando por la impotencia y por la aterradora incertidumbre de no saber qué será de mí de ahora en adelante.
Últimos capítulos
#91 Capítulo 91 EPILOGO
Última actualización: 8/21/2026#90 Capítulo 90 EL IMPERIO CRECE, PERO A QUE PRECIO
Última actualización: 8/21/2026#89 Capítulo 89 AL ENEMIGO ES MEJOR QUE ESTE CERCA
Última actualización: 8/21/2026#88 Capítulo 88 PONIENDOLOS EN SU SITIO
Última actualización: 8/21/2026#87 Capítulo 87 DESCUBIERTOS
Última actualización: 8/21/2026#86 Capítulo 86 SUSURROS
Última actualización: 8/21/2026#85 Capítulo 85 IRSE A LO LEGAL
Última actualización: 8/21/2026#84 Capítulo 84 ASUSTADO
Última actualización: 8/21/2026#83 Capítulo 83 HACER LAS COSAS BIEN
Última actualización: 8/20/2026#82 Capítulo 82 HARTO DE LAS FALSAS, SARAS
Última actualización: 8/20/2026
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